1 octubre 2020

A cada noche y amanecer

Santiago
Ramírez le enseñó el pasaporte cubano a los guardias civiles que
vinieron a detenerlo, el sargento Rubiales miró detenidamente el
documento de identidad, se tocaba la barbilla, tras un silencio
interminable ordenó que lo ataran, la gente de Valsequillo estaba en
la calle a esa hora de la mañana y no entendían porque se llevaban
al panadero, un hombre que fiaba a sus clientes más necesitados, que
regalaba el pan a quien no tenía medios para pagarlo.
Lo
metieron en el asiento de atrás del coche negro de los Melianes, al
fondo iba una mujer con el vestido roto y el cuerpo repleto de
magulladuras, la cabeza agachada, ni siquiera levantó la vista, a su
lado un falangista, Antonio Martinón, vecino de La Herradura, que
parecía muy borracho, apuntándole con una pistola en el cuello y
acariciando el muslo derecho de la chica:
-Entra
maricón que vas a estar en buena compañía- dijo mientras golpeaba
a Ramírez con el arma en la boca.
La
sangre brotó y varios dientes rotos cayeron al suelo entre las risas
de Juaneco Morales, chófer de los caciques
del sureste, una risa frenética que no sabía parar, que sonaba a
psicopatía crónica, haciéndose el silencio en el momento en que se
adentraron por el camino de tierra hacia Telde, en el asiento
delantero miraba para atrás en todo momento muy sonriente un
teniente de la guardia civil, el sevillano Francisco Callejón, que
no se había quitado el tricornio dentro del auto, reflejándose el
sol en el oscuro gorro policial:
-¿Qué
mas van a hacerme hijos de puta cobardes?- dijo la muchacha sin
levantar la vista, recibiendo un golpe en la cabeza del falangista
con la pistola que le abrió una profunda brecha, Santiago la miraba
con los ojos hinchados en sangre y rabia.
Celia
Guzmán, maestra en San Mateo, comenzó a chillar y a revolverse
intentando soltarse las sogas de pitera de sus muñecas atadas a la
espalda, en ese instante, sin que nadie lo esperara, Santiago se
lanzó violentamente contra el chófer y le mordió en el cuello sin
soltarlo, los fascistas comenzaron a golpearlo y Juaneco gritaba de
dolor, el falangista Martinón intentó dispararle en el pecho y
recibió un fuerte rodillazo en la cara que le partió el tabique
nasal, el vehículo iba haciendo eses y el panadero apretó su presa
en la yugular del fascista que soltó el volante desesperado,
despeñándose el coche fuera de la carretera, volcando y dando
varias vueltas de campana a la altura de Caserones.
El
auto de los caciques quedó con las ruedas hacia el cielo entre el
humo y el olor a carburante, Santiago abrió los ojos y estaba sobre
los dos fascistas que iban delante, ambos estaban muertos sobre un
gran charco de sangre, la cabezas destrozadas, en el asiento de atrás
Martinón todavía respiraba, el panadero movió sus brazos y pudo
soltarse, clavando el cuchillo del teniente en el ojo del falangista.
La
chica estaba fuera del coche inconsciente, el muchacho le soltó las
cuerdas y le puso agua en la cara, dándole un leve masaje cardíaco
hasta que abrió sus ojos verdes:
-¿Dónde
estamos, dónde estamos, van a violarme de nuevo?- dijo.
-Maté
a estos perros fascistas camarada- dijo Santiago mientras la ayudaba
a levantarse.
-Tenemos
que salir rápido de aquí, desde que los extrañen en Telde vendrán
a buscarlos, corremos mucho peligro-
Los
dos se adentraron en el profundo bosque de acebuches del barranco de
Tecén, caminando sin parar hasta que llegó la noche, descansando en
un alpendre abandonado:
-Esto
será duro, nos van buscar por toda la isla, tenemos que estar
dispuestos a todo- dijo Celia, mientras se curaba las heridas de las
piernas con unas hierbas que había recogido junto a los troncos de
la subespecie canaria del olivo.
En
unas horas los dos dormían bajo un manto de estrellas incalculables,
el infinito parecía ampararles en aquella huida sin retorno, no se
escuchaba nada en el barranco más que los cantos de las lechuzas y
los búhos chicos, que parecían entonar una sonata por la libertad,
asustados de aquella extraña compañía en la tranquilidad de aquel
espacio mágico.
Celia
hablaba en sueños, despertó a Santiago, decía algo sobre la
importancia del álgebra, los pisos de
vegetación de la Macaronesia, la inteligencia de los delfines. El
panadero se quedó un instante oyendola maravillado, mirándola,
tenía voz de niña, un rostro tan dulce que no entendía como
cualquier ser humano podía ni siquiera plantearse hacerle daño.
Antes
de salir el sol la despertó y comenzaron de nuevo el interminable
periplo, bebieron agua muy fría en unas cascadas cerca del barranco
de Los Cernícalos, comieron manzanas, se asearon y no pararon de
avanzar entre la vegetación durante todo el día, trataban de borrar
sus huellas con ramas, a veces iban y venían por el mismo sendero
tratando de confundir a cualquier perseguidor, subían y bajaban
montañas, se apostaban sobre cualquier roque vigilando las
evoluciones de las brigadas de fascistas.
Así
estuvieron dos meses hasta lograr salir en barco hacia La Habana
desde la costa de Maspalomas, gracias a la amistad de Santiago con
los pescadores de Mogán, con quienes hacía tiempo hacía
intercambio de pan por pescado salado.

Vieron
perderse la isla de Gran Canaria en el horizonte del inmenso
Atlántico, Celia se tocaba la barriga, estaba embarazada por las
violaciones que sufrió la semana que estuvo retenida en una de las
haciendas del Conde de la Vega, no sabía
quién era el padre, podía ser cualquiera de los siete fascistas que
la vejaron y violaron, decidió tener el bebé, Santiago y ella nunca
se separaron, en Ciego de Ávila nació Secundino y el amor eterno.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Cascada en el barranco de Los Cernícalos (Telde)
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