3 diciembre 2020

A la maldición de no ver más aquellos ojos claros

Lo
primero que hizo Lolita Santana cuando se llevaron a su nieto la
noche del 14 de agosto del 36 fue ir a la casa del conocido dirigente
fascista apodado el “Cojo Acosta” a primera hora de la mañana,
el jefe falangista salió como siempre arrastrando la pierna afectada
desde niño por la polio:
-Don
Manuel se llevaron a mi niño anoche, varios hombres vestidos de azul
lo metieron en un camión y me golpearon cuando salí a preguntar
donde lo llevaban-
Acosta
se la quedo mirando un buen rato sin omitir palabra mientras por su
puerta salían dos jóvenes menores de edad que la mujer no pudo
identificar, luego recordó que era muy conocida la afición del
fascista por tener sexo con menores:
-Lolita
yo no puedo hacer nada, si se llevaron a su nieto es porque algo
haría, esté tranquila que está en manos de los que defienden
nuestra patria del terror marxista- dijo el falangista todavía en
calzoncillos, recién salido de la cama redonda con aquellos casi
niños, todo era normal ya que los vecinos estaban acostumbrados a la
entradas y salidas de menores de su casa.
La
mujer agachó la cabeza porque sabía que esa respuesta no salvaría
la vida de su nieto Juanito Tejera, se arrodilló ante el fascista y
le pidió clemencia, una llamada, un papel firmado que pudiera
mostrar en el centro de detención del barrio de Arenales en Las
Palmas de Gran Canaria, lugar al que se estaban llevando a los de
Tamaraceite en esas noches terribles, ya que al parecer la comisaría
clandestina de la calle Luis Antúnez estaba saturada.
El
cojo le puso la mano en la cabeza y le dijo que rezara dos
padrenuestros y varios ave Marías porque no podía hacer nada:
-Esto
no es pa mi señora-
Lolita
bajó la carretera general cabizbaja y la calle estaba vacía a las
ocho de la mañana, solo varios hombres entraban al bar del Manolito
“El Mago” a tomar el ron mañanero, ninguno la miró, todos
bajaron la cabeza, posiblemente por miedo a que los relacionaran con
la familiar de un comunista detenido.
Siguió
andando, atravesó el puente del barranco y no paró hasta llegar al
centro de detención, afuera sentadas en la acera había varias
mujeres que parecían demandar lo mismo que ella quería exigir: la
libertad de su querido nieto.
Dentro
se escuchaban gritos estremecedores de mujeres y hombres, golpes,
detonaciones de pistolas y fusiles, la calle vacía, las ventanas y
puertas de las casas cerradas al cal y canto, solo varios guardias de
asalto custodiaban la entrada al centro de tortura, varios tipos
aburridos, como acostumbrados a repetir cada noche, cada madrugada lo
mismo:
-Aquí
no está su familiar, anoche lo soltaron y lo vi caminar calle abajo
hacia la playa de Triana, seguro que ya está en su casa.
Ni
Lolita ni sus compañeras de sufrimiento se lo creían, por eso se
quedaron allí y en cada grito, en cada alarido, parecían
identificar el sonido de cada ser querido sometido a las aberraciones
de aquellos criminales fascistas.
Desde
que llegó la noche comenzaron a llegar camiones y coches cargados de
hombres, alguna mujer, a las que separaban y llevaban a otras
dependencias, según decían para violarlas si eran jóvenes y
guapas. Los bajaban de los vehículos a golpes, eran seres
destrozados todos con los ojos llenos de sangre, casi ciegos,
entraban tambaleándose a la casa donde iban a ser maltratados hasta
la muerte.
Lolita
sobre las doce de la noche muerta de hambre y sed se fue por detrás
del centro de detención buscando un lugar oscuro para orinar, cuando
se levantó la enagua y se agachó en cuclillas, entre varias piedras
y un acebuche, vio como se abrió la puerta trasera y sacaban a
varios hombres que parecían muertos, los metían en un camión de
los Betancores utilizado para el transporte de papas, tomates y
plátanos y en esos momentos como transporte de muertos, echaban los
cuerpos como si fueran racimos, cuerpos jóvenes y fuertes, muchachos
de Arucas, Telde, Agaete, Galdar, Guía, Agüimes, Ingenio, Tunte…,
hasta que lo llenaron y el vehículo salió a toda velocidad, dejando
un reguero de sangre, custodiado por un grupo de falangistas que
montaban guardia entre los muertos amontonados.
Allí
se quedó Lolita inmóvil unas tres horas esperando ver salir a su
niño amado, ya había perdido la esperanza, los gritos no cesaban,
alaridos de dolor que traspasaban el alma, hasta el momento en que
volvieron a abrir las puertas, sacando a varios jóvenes, esta vez
iban andando, tambaleándose, recibiendo golpes y empujones de los
falangistas y guardias civiles, entre los muchachos iba Juanito, con
la camisa blanca llena de sangre y la nariz rota, lo iban a meter en
unos coches negros de gente rica de la isla, cuando la mujer salió
de su escondite y corrió a abrazar al muchacho, se le aferró al
cuello, el chico no tenía fuerzas ni para recibir aquel arrebato de
cariño inmenso, los guardias la separaron a golpes, Lolita cayó al
suelo con la cabeza abierta de un golpe de máuser, su nieto le dijo
que la quería mucho cuando cerraron la puerta del auto para no verlo
nunca más.
La
anciana se puso el pañuelo en la herida, se levantó lentamente
mirando como los coches desaparecían camino del sur de la isla, uno
de los guardias se le acercó y le dijo que se marchara cuanto antes,
que corría peligro su vida.
Ella
no paraba de llorar y un guardia vecino de Tamaraceite, apellidado Bolaños, le susurró al oído:

-En
unos años cuando todo esto se tranquilice llévele unas flores a la
Sima de Jinámar y no llore más mi viejita, váyase tranquilita.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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