28 septiembre 2020

Acoso moral contra ternura solidaria

Aquella noche llegó a mi casa un
policía local con una notificación con acuse de recibo, donde me
decían que desde el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria me
habían abierto un expediente disciplinario. El motivo resultaba
difícil de entender, simplemente alegaba la demanda que no había
creado tres turnos en un taller de la Universidad Popular de la que
era responsable, donde al no tener participantes suficientes me vi
obligado a crear dos grupos en lugar de tres, por supuesto respetando
estrictamente el horario establecido.

La surrealista acusación tenía
explicación y era por la lucha en contra del lucrativo negocio sucio
del Campo de Golf y los 500 chales de lujo en el espacio natural de
las Charcas de San Lorenzo. Se trataba de
amedrentarme, de que dejara de encabezar esa movilización en contra
de la especulación y la corrupción política. El instructor
designado para llevar a cabo el expediente se quedó a cuadros al ver
lo que se me imputaba, por lo que a los pocos meses quedó sobreseído
tras una buena campaña, donde recibí el apoyo incondicional y la
solidaridad de todos los sindicatos, partidos políticos de la
izquierda y numerosas organizaciones vecinales, ecologistas, etc.

Esta represalia por mis ideas traspasó
fronteras y llegó a muchas partes del planeta, de donde recibimos
multitud de correos y cartas solidarias.

Ahora varios años después ese buitre
negro de la represión laboral planea de nuevo sobre mi vida,
paradójicamente con los mismos que gobernaban en aquellos años del
vergonzoso pelotazo de las Charcas. El problema para estos represores
reside en que escribo en muchos sitios, que expreso mis ideas por un
mundo mejor y en contra de la depredación ambiental, de las
injusticias sociales, de las políticas neoliberales sobre las
personas más desfavorecidas.

Aquella persecución casi olvidada llegó hoy
sin esperarla a mi puesto de trabajo. Las amenazas encubiertas, la
prepotencia, las malas caras de personajes que se dedican a la
política y ganan miles de euros. Los intentos de humillarte y que
tengas que entrar por el aro de las ordenes injustas, sin sentido y
que solo tratan de degradarte como trabajador, como persona, para que
se te quiten las ganas de seguir luchando por lo justo.

Unas medidas que en el fondo evidencian mucho miedo a las personas que no tenemos miedo. En casi 30
años de profesión en el terreno social y cultural he pasado por
todo tipo de situaciones, he conocido políticos serios y otros que
avergüenzan en su gestión a las personas honradas.

Desde aquellos años 80 en Jinámar
trabajando con chiquill@s en
situación de alto riesgo a los años autogestionarios de la Casa de
la Juventud de Schamann, pasando por los hermosos tiempos en la UP,
donde fui creciendo como persona y como trabajador de la educación
popular.

Han sido más las satisfacciones que
los malos momentos. Aunque siempre ha aparecido algún sinvergüenza que ha tratado
de amargarme la vida, sobre todo desde una casta política que roza
el patetismo, que ha querido anular mis ganas de generar procesos
grupales transformadores, de invertir en esperanza y flores nuevas.

Ahora que vuelvo a vivir el sabor
amargo de la persecución ideológica miro hacia atrás y no me
arrepiento de casi nada, me acuerdo de cientos de personas, de
jóvenes amigos que se quedaron en el camino victimas de las drogas
en cualquiera de los barrios humildes donde he trabajado, de tantos
proyectos acompañado de estupendos profesionales, de miles de
caminatas por todas las islas descubriendo la belleza de nuestra
tierra y el misterio de la madre naturaleza.

Son tantos buenos momentos en tantos
años, tantos colegas que me escriben o me llaman para mostrarme su
solidaridad, que la verdad no hay hueco para la tristeza y el desánimo.

La maldad no podrá jamás con las
buenas intenciones.

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