25 septiembre 2020

Afiliación de la sombra

Se
afilió a Falange en la calle Albareda de Las Palmas en pleno mes de
septiembre del 36, Ignacio Santana tenía miedo de que lo
relacionaran con sus cuatro amigos del barrio de Vegueta detenidos,
asesinados y desaparecidos la noche del 4 de agosto, no militaba en
ningún partido pero temía cualquier represalia por aquellas
amistadas perdidas en cualquier pozo o sima volcánica.

Una semana después lo fueron a buscar a su casa junto a la catedral
y la Plaza Santa Ana, eran cuatro hombres y un jefe de centuria
llamado Carlos
Benítez de Lugo, alguien de
la realeza pensó, muy conocido en los bares de Arenales y las casas
de putas por sus juergas y constantes peleas y abusos.

En
la puerta de su casa el jefe falangista le dijo a la madre de Ignacio
que no se preocupara, que su hijo era un soldado de la gloriosa Santa
Cruzada, que se lo llevaban para una honrosa misión patriótica.

Casi
entraba la noche y llegaron al centro de detención de la calle Luis
Antúnez junto a la playa de Las Alcaravaneras, desde que atravesaron
el umbral de la puerta se escuchaban gritos de hombres y mujeres,
alaridos terribles, hasta chillidos estremecedores de niños en una
de las habitaciones, a los que torturaban delante de sus padres para
obligarlos a hablar y delatar a otros compañeros.

-Ahora
vas a ver lo que hacemos con los putos rojos como tus amigos de
Vegueta- Dijo De Lugo ante la cara desencajada de Ignacio.

-Pero
no te preocupes a ti no te vamos a hacer nada, queremos que aprendas
para que esta misma noche salgas con nosotros a matar y desaparecer a
esta escoria marxista- Comentó con su especial acento de la
oligarquía isleña y rostro sonriente.

Abrieron
una de las dependencias y había un hombre colgado por los píes
desnudo, mientras dos guardias civiles le golpeaban en todo el cuerpo
con unas varas de acebuche, el muchacho de no más de 20 años ya no
gritaba, solo miraba a su alrededor, su cuerpo estaba desgajado y los
trozos de carne caían al suelo sobre un charco de sangre.


En
la sala de al lado un señor mayor, de unos 70 años, cuando Ignacio
le vio la cara observó que era Don Francisco el médico de San Juan,
entre dos uniformados lo levantaron en volandas y le metieron unos
ganchos por los ojos entre gritos y convulsiones, hasta que en unos
minutos dejó de moverse entre las risas de los guardias, en ese
preciso instante, con una milimétrica precisión que asustaba, un
niño vestido de azul con una boina roja limpiaba la sangre con una
especie de fregona gigante.

Ignacio
comenzó a vomitar entre las burlas de los requetés, quiso salir de
la habitación, pero no se lo permitieron, allí se quedó
apesadumbrado ante tanto terror esperando para salir en un camión
hacia el campo de concentración de Gando, con el objetivo de recoger
a unos presos republicanos que iban a arrojar a la chimenea volcánica
de la Sima de Jinámar.

-Tu
primera misión por la patria y por el generalisimo- le dijo De Lugo con una botella de ron
de caña en la mano.

-Por
la patria se sufre y se muere y también se mata- le susurró al oído
uno de los falangistas más mayores cuando el camión salía hacía
el campo de exterminio junto al aeropuerto.

El
muchacho no pudo más, iba a estallar de ansiedad, de tristeza y se
lanzó del camión a la altura de la playa de La Laja, el conductor
dio un frenazo muy brusco ante los gritos de los facciosos, Ignacio
corrió hacia el mar, pero una ráfaga de disparos le hizo caer sobre
una pequeña duna de arena.

Entre
dos falangistas lo arrastraron al camión y lo dejaron al fondo,
todavía estaba vivo en su agonía cuando tras un largo recorrido
escuchó el frenazo y vio entrar a golpes a varios hombres con las
manos atadas a la espalda, se sentaron junto a el y un muchacho, casi
un chiquillo, como de unos quince años, le acarició la frente y le
dijo en un susurro “tranquilo hermano, camarada, será rápido”.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Desfile falangista por la calle León y Castillo (Las Palmas 1937)
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