24 septiembre 2020

Algo así como los labios enredados

Se
miraron en la cuarta canción de Taburiente, Don Benito estaba a
tope, miles de personas enarbolaban banderas tricolores con las siete
estrellas verdes, Gabriela llevaba una camiseta con el Che, pantalón
vaquero manchado de la pintura de las pancartas, Eugenio una bufanda
roja en aquel noviembre lluvioso, Luis Morera cantaba Ach Guañac y
la gente saltaba puños en alto ansiosos de esa libertad perdida, la
que sembró de cuerpos asesinados la tierra canaria, el nuevo
genocidio después del holocausto de la invasión castellana.

Doramas
llevaba un ron en un vaso de plástico, “Guajiro” dijo, “yo no
bebo” musitó la muchacha, el se tocó la tupida barba negra,
“chiquilla creo que te había buscado siempre”, ella sonrió y
miró a sus amigas quinceañeras de la misma edad, disfrutando de los
acordes mágicos que venían del olor a rocío de La Palma.

Gabi
se quedó inmóvil cuando aquel loco barbudo le puso la bufanda en
sus hombros para protegerla del frío, sus ojos verdes emocionados
parecían dejar en silencio la plaza de los sueños, la gente silbaba
cuando aparecieron la bombonas de la policía, venían de nuevo a
enturbiar los escasos momentos felices, olía a mariguana y jarea y
el chiringo del Chote no dejaba de vender tropicales y rones.

-Yo
estudio en “el Pérez”- dijo el muchacho mientras parecía que
del escenario salía fuego en el tirininá de Valentina la de
Sabinosa entre los saltos de miles de corazones encendidos.

-Yo
en “el Alonso”- contestó tímida Gabi y parecía que la multitud
los separaba en un tumulto que desprendía fragancia rebelde.

Las
amigas sonreían curiosas ante aquel surgimiento del nuevo arco iris,
los amigos de Doramas eran toda la multitud, estaba solo y a la vez
repleto de luces que alumbraban algo eterno, como si la energía se
conjurara para que todo fuera de nuevo de colores, como en los días
de los abuelos asesinados y desaparecidos.

Se
tomaron de la mano, ella desprendía una ternura indescifrable, a el
le latían pegajosas del ron y la llovizna, parecían manos que no
querían separarse, que se conocían desde siempre, desde la
infranqueable realidad de las quebradas donde metralletas invencibles
luchaban por la libertad.

El
beso en los labios tan inesperado justo en el momento en que luis
cantaba “Silencio de siglos”, un beso leve, como si dos pétalos
desconocidos rozaran sus colores entre la bruma de las montañas de
Tejeda.

Pero
llegó el momento de separarse, llegó Diego el padre de Gabi, le dio
un cogotacillo al muchacho, “ya se verán otro día pibitos”, se
separaron entre la oleada
multitudinaria,
no dejaban de mirarse, Doramas alzó el puño, ella no hizo nada,
solo impregnarse de aquellos ojos marrones, de una sonrisa
indescifrable al
compás de “La Alpispa”.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

«El beso» de Gustav Klimt
Síguenos y comparte:
error9
Tweet 20
fb-share-icon20