27 septiembre 2020

Ana María viajando en la puesta de sol

El
empresario tabaquero llegaba temprano al barrio de Las Meleguinas un día más
con su coche deportivo, todos sabían a lo que venía, ya era habitual su
presencia, nadie decía nada, se limitaban a observar desde lejos cuando tocaba
en la puerta de Ana María Morales la mujer de Sinfo Santana, el joven asesinado
por la Brigada del amanecer nueve años antes, cuando se lo llevaron sin que hubiera
salido el sol, directo a la Sima de Jinámar, para arrojarlo vivo a ese abismo
volcánico con el camión repleto de hombres con la manos atadas, todos vecinos
de zona centro de la isla de Tamarán.

Su
militancia anarquista en la CNT lo condenó nada más estallar el golpe de
estado, no tuvo tiempo de evadirse, la noche siguiente al alzamiento fascista lo
vinieron a buscar, en el grupo de facciosos estaban dos de los hijos del conde,
un sobrino de la marquesa, un grupo de empresarios, entre ellos el conocido y
millonario tabaquero. No le podían perdonar su activa acción sindical, la
convocatoria de varias huelgas, su constante presencia en las fincas de los
terratenientes, en cada empresa y latifundio. Por eso era tan odiado y jamás le
iban a perdonar su activismo, su compromiso en la lucha por la clase
trabajadora canaria.

El
poderoso tabaquero accedió a la vivienda de Ana María, sin decir nada se fue
directo a la cama bajándose los pantalones, mientras la mujer asqueada, como
siempre con ganas de vomitar tuvo que desnudarse, acceder a los caprichos
sexuales de aquel psicópata miembro de Falange, con cientos de asesinatos en su
siniestro currículum.

La
relación era fría, la mujer se limitaba a callar, a no hacer nada, solo abrirse
de piernas, ni siquiera sentía, era una especie de muñeca en manos de aquel
criminal, responsable directo del asesinato de su marido, de todo tipo de
aberraciones, torturas, pederastia, violaciones de mujeres con algún vinculo
con la legítima y derrocada República y sus víctimas.

Todo
comenzó semanas después de la muerte de Sinfo, cuando se presentó en la finca
de tomateros donde ella trabajaba para agarrarla por el brazo, sacarla del
invernadero y decirle que tuviera cuidado que podía mandar a detener y asesinar
a sus dos hermanos gemelos, que sabía que todos habían tenido relación con el
sindicato anarquista.

Ella
no pudo más que acatar aquellas amenazas, no reaccionar, guardar silencio,
hasta el día que se presentó en su casa pidiéndole que le preparara un buche de
café, tomando asiento en la cocina obligando a la muchacha a entablar una
conversación con alguien que odiaba a muerte. Al rato la abrazó, la besó en la
boca y cuando intentó resistirse la golpeó en la cara, violándola entre golpes
en la misma mesa del humilde comedor de forma salvaje.

Luego
ya según pasaron los meses se hizo habitual la presencia del empresario en su
casa, el barrio entero lo sabía, la gente la miraba mal, casi nadie le hablaba
cuando iba a comprar a la tienda de aceite y vinagre del puente de La
Angostura, la llamaban la “puta del amo” y las burlas eran generalizadas a la
salida de la misa en Santa Brígida, los hombres salían de los bares a su paso
con los vasos de ron en la mano, ebrios de odio, para hacerle bromas sexuales,
mientras ella agachaba la cabeza con su niña de la mano, huyendo como de un
temporal de humillación, avanzando entre un terremoto de miradas lascivas,
insultos y risas, que su niña por su corta edad no entendía, solo captaba que
se reían de su madre.

Aquella
tarde tomo la guagua hasta San Mateo, allí dejó a Noemí, su adorada hija, en
casa de la tía Laura, le comentó que tenía que estar varios días en una zafra
del tomate en el sur, que por favor se la cuidarán hasta que volviera. Anduvo
hacia la cumbre, subió por Las Lagunetas, siguió hasta Cueva Grande para llegar
hasta Los Llanos de la Pez y adentrarse en el legendario bosque de pinos
canarios, los que resisten el fuego de millones de años de volcanes. En una
cueva indígena de los pueblos originarios isleños se sentó a esperar la muerte,
no podía aguantar más los abusos de aquel criminal, el asco que la hacía
vomitar a todas horas, el olor de la boca sucia del tabaquero, el apestoso
sudor de aquel bastardo, que le impregnaba la piel aunque se bañara varias
veces al día.

Pasaron
las horas, llegó una maravillosa puesta de sol desde donde se avistaba el Roque
Nublo, el Bentayga, los tajinastes blancos florecidos y esplendorosos, detrás
el padre Teide, llegó una brisa cálida como de la nada y en ese momento se
cortó las venas con un cuchillo de cocina, el liquido rojo manaba, no sentía
dolor, un cierto placer desconocido, como si se vaciara por dentro de sangre y
angustia. En su mente su niña, la imagen de Sinfo, de su amor eterno, su
compañero en los días de lucha, de alegría, de fiestas, de libros maravillosos
entre copas de vino, libertad y amor incondicional.

Se
fue apagando lentamente, sonriendo, dejando atrás el infinito dolor, admirando
esa luz de un sol descarriado, salvaje, primitivo, inundando la tempestad de
rocas, de flores, de nubes rojas y negras, fulgurantes, libertarias, como rayos
de vida.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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