26 septiembre 2020

Aquel abrazo entre las tinieblas de la muerte

Por la ventana de la prisión de Barranco Seco se veía
correr ese invierno el agua por el barranco de Guinigüada, los canarios del
monte habían bajado de la cumbre unos meses antes, cantaban desesperadamente, el
frío inundaba aquella celda compartida, la número 347, la misma donde unos años
antes se produjo aquel intento de fuga de Manuel “El clavería”, que fue
asesinado por la guardia civil desde las almenas cuando ya llegaba a la
carretera del centro. Solo una ráfaga fue suficiente desde aquel viejo subfusil,
el peculiar ladrón de La Aldea se derrumbó acribillado a balazos, antes de
quedar acurrucado en la acequia con la esperanza de volver a escaparse de
nuevo, pero la sangre y la muerte le cegó la vista, quedó en posición fetal
como un niño recién nacido, los ojos abiertos mirando aquellas alas del
cernícalo de la libertad.

El anciano Juan del Toro ocupaba aquel espacio desde
hacía quince años, ya se había acostumbrado a un lugar tan reducido, donde todo
podía estar al alcance de la mano solo con estirar los brazos, hasta las
cucarachas que recorrían las paredes.

Antonio “El niño” acababa de llegar, lo detuvieron
en el estadio mientras lanzaba unos folletos al aire, lo llevaron directo a la
comisaría de la Plaza de la Feria para torturarlo salvajemente durante cinco
días, no dijo nada, solo que era del Partido Comunista, no delató a Julia
Valdivieso su compañera de célula, no dio ningún dato sobre el resto de camaradas,
escondidos en la casa del barrio pesquero de San Cristóbal desde hacía varios
días.

“El niño” era un joven de apenas 25 años, estudiante
de segundo de derecho en la Universidad de La Laguna, hasta que dejó los
estudios al pasar a la clandestinidad. Su cara lo delataba, aparentaba mucha
menos edad, se forjó en la acción directa en las calles de Las Palmas,
recorriendo cada barrio en todo tipo de reuniones prohibidas, salidas nocturnas
a escribir las paredes, aquellas tardes inundadas de ternura en la casa de
Julia, inolvidables conversaciones con la joven muchacha hija de Agustín el
viejo anarquista, uno de los participantes en el intento de atentado contra un
general fascista en La Laja, el superviviente que nadie conocía, al que todo el
mundo, incluso la policía del régimen, lo hacían ya en Venezuela, pero llevaba
ya veinte años metido en un zulo en la casa de San José, un agujero que nacía
en el palomar de una azotea casi inaccesible, que se adentraba en un risco
volcánico, un recinto de apenas dos metros cuadrados, forrado de mantas grises
de embalaje para protegerse de la humedad. Solo salía un par de horas al día,
la chiquilla le llevaba la comida, el agua de Agaete en botellas de cristal con
trocitos de hierro en el fondo, el momento que aprovechaba
  para charlar con las pocas personas que lo
visitaban, el camarada de su hija y Enrique Bossa, con los que tenía ese breve contacto
con el mundo, enterándose del afianzamiento de la dictadura, de los miles de
asesinatos de antifascistas por toda la geografía insular.

Del Toro miró la cara de Antonio, lo observó callado
cuando entró en la celda, solo de verle su barba y la melena por los hombros
supo que era un preso político, no le dijo nada, solo bajó la cabeza, una
especie de saludo de quien ya tiene impregnado en la piel el olor de la cárcel,
la claustrofobia desesperante de los primeros meses encerrado, los malos tratos
constantes de los “picoletos”, como les llamaba, personajes con tricornio que
ejercían cada día la tortura, que no establecían ninguna diferencia en pisotear
las conciencias, humillar, vejar, golpear el alma y destruir cualquier atisbo
de esperanza.

El muchacho se tumbó derrotado en el camastro, tenía
el cuerpo magullado de los golpes con las toallas mojadas, sus testículos destruidos
por los electrodos de la corriente eléctrica, los golpes y patadas durante
varias horas al día. Solo quería evadirse, pensar en Julia, repetir los
tratados de derecho en su mente en baja voz, como quien reza o busca ocultarse
de algo terrible que te persigue hasta destruirte. El viejo no dejaba de
mirarlo, prendió un cigarro de tabaco negro, invitó al joven, que no quiso, le
dijo que no fumaba: “Te me pareces mucho en tu mirada a un amigo que ya murió”
le dijo. “El niño” no contestó solo lo miró sin curiosidad: “¿Tu no serás
familia de Antonio Rodríguez de Carrizal de Ingenio? 
Antonio asintió
sorprendido, mientras aquel anciano le contaba que trabajaban juntos en la
factoría de Guanarteme, que salían los sábados por la noche a las verbenas y
taifas de los pueblos, que militaban en la Federación Obrera, que vio como lo detenían
los falangistas en el mismo trabajo, como lo sacaron a golpes junto a doce más,
como lo metieron en aquel famoso “camión de la carne” para llevarlo a la
Capitanía General de la calle Triana. Que no volvió a verlo, que supo que lo
habían tirado a la Sima de Jinámar, el lugar predilecto de Eufemiano y del hijo
del conde, para ajusticiar a los comunistas y anarquistas.

“Yo nunca he tenido ideología chiquillo, no sé leer
ni escribir, solo se bien quien defiende a los trabajadores y quien no, pero tu
padre fue un hombre grande, que dio todo por defender los derechos de los
pobres de esta tierra y qué pago con su vida por ello”.

El joven lo miraba alucinado, era como una especie
de encuentro mágico en medio de aquel inmenso terror, solo tuvo fuerzas para
llorar, para levantarse y fundirse en un abrazo con aquel hombre destruido, así
estuvieron apretados entre lagrimas un tiempo indefinido, quizá eterno, sintiendo
muy adentro una ternura desconocida, algo parecido a los tiempos de felicidad,
a una infancia lejana, cuando su padre lo bañaba y lo envolvía en aquella manta
de lana con olor a talco y amor.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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