1 octubre 2020

Aroma de siroco

Cantaba
Mercedes Sosa en la plaza de Teror, el Teresa de Bolívar
en su máximo esplendor cuando Pablo Cabral la vio acurrucada,
envuelta en una manta de lana, dos chicas jóvenes a cada lado que le
acariciaban de vez en cuando su pelo blanco, se notaba el cariño de
quienes posiblemente fueran sus nietas, la de la izquierda se parecía
a Candelaria Hernández en los años duros, igual de guapa, con esos
ojos tiernos con que lo miraba en la lucha clandestina, hasta el día negro en que no quedó casi nadie en la ciudad
de la muerte.
Aquella
noche de frío en que se desenamoraron un
poco al compás de la trinchera del recuerdo, al amanecer lloraron de
dolor abrazados en la cama del hostal de Albareda cuando pensaron que
ya no se volverían a ver.
Allí
estaba parecía más chiquita de lo que era, daba palmas ante el
“Dale tu mano al indio” de Daniel Viglietti entonado por la voz
de América, Mercedes tocaba su tambor y enmudecía la niebla que
bajaba de la montaña de Osorio, parecía que por unos instantes la
Quebrada de Humahuaca era Teror, que la Villa Mariana por instantes
podía ser Jujui, Salta, Tucumán o quizá el viento helado de
Bariloche.
La
observó desde lejos todo el tiempo, quiso acercarse a saludarla,
pero no se atrevió, no quería que lo viera tan débil, tan viejo y
en la fase terminal de aquella enfermedad que contrajo en el exilio
de París.
Ella
se reía, sus nietas bailaban cuando “La Negra” entonó “Desde
el Norte”, el público saltaba y Candelaria parecía feliz, eso le
alegró mucho, recordó cuando la encerraron varios días en la
comisaría de la Plaza de la Feria, las brutales torturas y
violaciones a las que fue sometida por aquellas bestias, los hombres
de gris, los somatenes, los falangistas funcionarios de la Dirección
General de Seguridad.
Se
acordó la triste noche en que la besó en el piso franco de la calle
Tomas Morales, destrozada, con todo tipo de cortes en sus pechos, los
labios rotos por las mordidas de aquellas fieras fascistas, la
belleza de aquella muchacha estudiante de filosofía que había que
sacar de la isla antes de que volvieran a detenerla, todos lo sabían,
estaba condenada, sentenciada a muerte por defender la libertad, por
ejercer la ternura y la alegría ante el terror y la oscuridad.
Varios
guardias civiles hacían su ronda entre el público del concierto, a
Pablo se le congeló la sangre, vio los tricornios brillar y como por
instinto agachó la cabeza, pareció fundirse entre los colores de la
multitud, enseguida recordó que eran los 2000, que aquella
pseudodemocracia decorada con la sangre de los asesinados en la
dictadura ya no lo podía detener de nuevo, al menos eso decían los
que habían traicionado la lucha, los que se habían vendido a un
régimen monárquico heredero del fascismo.
En
los bises de Mercedes la vio levantarse, casi no podía andar, las
muchachas la subieron en una silla de ruedas, Candelaria no dejaba de
dar palmas y bailar sentada, la vio demacrada, muy delgada, también
con secuelas de la grave enfermedad, desvió la vista y lo vio entre
la gente, se quedó estupefacta, se le quedó mirando fijamente a los
ojos, Pablo levantó el puño, ella sonreía cómplice, por un
momento dejó de escucharse la música, todo era silencio entre los
dos, se la llevaban hacia la salida de la plaza, el siguió andando a
lo lejos, no dejaban de mirarse y un halo clandestino los envolvió
por unos segundos, olía a la tinta de las multicopistas, a las
noches de amor en el viejo colchón de la casa de Lezcano entre
panfletos y besos interminables.
Pablo
se quedó en la esquina junto a la basílica,
la vio alejarse entre el cariño de las dos chiquillas, la más joven
llevaba una camiseta del Che bajo el abrigo:

-Sembramos
semillas- pensó, mientras desde el cielo caían unas gotas gordas de
tiempo del sur con tierra y aroma de siroco.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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