30 septiembre 2020

Bañadero de dolor y muerte

El
terrateniente apellidado Rosales llegó a Bañaderos en su coche
negro y los doce hombres ya estaban atados con las manos a la espalda
en la carretera principal, las muñecas cortadas por la soga de
pitera, varios falangistas del barrio de Arucas los custodiaban y
golpeaban salvajemente, bajo la jefatura del criminal fascista
firguense Manolo Guerra.

Los
muchachos de no más de 20 años estaban destrozados, la sangre
corría por la acera y se mezclaba con el barro de las lluvias de
agosto del 36, entre ellos Juan del Pino, Sabino Graña, Carlos José
Santana, Teodoro García, Camilo Ramírez, todos sindicalistas de la
Federación Obrera y militantes del Partido Comunista, luchadores por
los derechos de la clase trabajadora en los tomateros y plataneras de
los caciques que ahora ejercían su venganza, utilizando a sus
pistoleros de Falange para torturar, asesinar y desaparecer a quienes
no habían querido agachar la cabeza antes los brutales abusos de la
oligarquía.

La
marquesa pasó en su lujoso coche y pidió a su chófer que hiciera
una pequeña parada, los falanges se cuadraron brazo en alto, Rosales
y Guerra se acercaron marciales a la ventanilla:

-Sin
novedad excelencia, este es otro grupo de rojos de los que molestaron en
sus tierras-

Aquella
vieja de la corrupta realeza isleña sonrió con el gorrito estilo
inglés, moviendo la cabeza en señal de aprobación, mirando a los
hombres cautivos y bañados en sangre, entre los que conocía a los
lideres sindicales diciendo con una voz ronca que tenía un tono
masculino y acento peninsular:

-Así
se paga el ser revoltosos y tratar de humillar a los amos, se paga
con sangre asquerosos ¿o es que ya se habían olvidado de que somos
los dueños de esta tierra y vosotros nuestros esclavos?

El
lujoso auto arrancó y la marquesa cerró la ventana, los falanges
formados junto al cacique Rosales y el jefe requeté de apellido
Guerra haciendo una especie de reverencia, así pasaron unos segundos
antes de empezar de nuevo a golpear a los detenidos, los niños
salían del colegio y pasaban cerca de aquel sanguinario espectáculo,
eran jóvenes conocidos del pueblo, entre ellos varios futbolistas
destacados y dos miembros de equipos de lucha canaria de la zona.

Don
Ignacio Martel el cura se acercó para dar la bendición a los falangistas,
la sotana recogida hasta las rodillas para no mancharse con la
abundante sangre que seguía corriendo por la carretera hacia el
cercano mar. El sacerdote entonó una especie de rezo con los ojos
cerrados y las dos manos alzadas al cielo:

-Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo…-

Varios
falanges se arrodillaron sin quitarle ojo a los hombres atados y
destrozados por el maltrato, Rosales agradeció mucho el apoyo
divino, se persignó varias veces, besando la mano al sudoroso cura
que olía a mojo cochino porque acababa de almorzar.

En
unos instantes llegó el camión cedido por la millonaria familia
Betancor, utilizado normalmente para el transporte de los racimos de
plátanos, pero que serviría una vez más desde el golpe de estado
del 36 para trasladar al grupo de reos hasta la comisaría de Luis
Antúnez, donde serían torturados salvajemente durante varios días
con su noches, antes de arrojarlos vivos y de espaldas a la profunda
chimenea volcánica de la Sima de Jinámar.

Varias
mujeres apostadas a la salida del pueblo lloraban y pedían al cielo
por sus hijos y hermanos camino de la muerte, custodiadas por la
guardia civil al mando del sargento aruquense Demetrio Ruiz.

Se
escuchaban los gritos de ánimo:
-Adiós
mi niño querido, estoy contigo, no te olvidamos, te queremos, te queremos,
te queremos-

El
ruidoso camión se perdió entre el polvo del camino y el humo del
combustible del ruidoso motor, los muchachos tumbados boca abajo en
el suelo no se podían mover, ni siquiera abrir los ojos, porque
recibirían un fuerte culatazo en sus cabezas por parte de los
asesinos vestidos de azul.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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