28 septiembre 2020

Como animales sin rostro

La
gaviota volaba alborozada cuando lo veía salir de la cueva donde estaba
refugiado desde hacía tres años, allí en los acantilados del Andén Verde. El
ave no olvidaba aquel fatídico día en que le salvo la vida, liberándola de la
red que la sumergía implacable en el frío y profundo mar de la playa de El
Risco de La Aldea.

Se
le posaba en la mano emitiendo cantos de felicidad, lo miraba con ojos
burlones, su pico amarillo y afilado parecía sonreír de alegría. En el fondo de
la cueva guardaba las banderas rojinegras de la CNT y la FAI, la pistola con el
gatillo roto, los libros subrayados. Seguía esperando Ramón Acosta el momento
de salvar la vida de la persecución fascista, navegar hasta la inmensa libertad
de la adorada Venezuela.

Decidió
bajar a marisquear el ave lo acompañaba, volaba lenta, planeaba sobre el
inmenso abismo, el hombre trataba de meterse entre la vegetación de cardones y
tabaibas para no ser visto por nadie desde el mar, hacía meses que veía barcos
de guerra españoles y alemanes, barquillas pesqueras alumbradas por antorchas y
cargadas de hombres que eran arrojados al mar dentro de sacos de plátanos,
según le habían dicho atados de pies y manos, con piedras dentro para que jamás
salieran a la superficie.

Desde
su caverna casi infranqueable podía escuchar los gritos antes de arrojarlos a
las profundidades marinas, voces jóvenes, algunas de personas mayores, voces conocidas
comola de Carlos Fonte el maestro de escuela de Galdar, la de María “la de las
flores”, la muchacha comunista de Sardina del Norte, los alaridos de muchos
seres desconocidos, llantos que atravesaban el mar, que estaba seguro llegaban
más allá de las montañas que lo protegían, hasta los Altos de Tamadaba o al
propio y mágico Risco de Faneque, donde el tagoror aborigen aparecía desolado,
como un espacio gris de tristeza, desde que los castellanos masacraron al
pueblo indígena que habitaba la isla de Tamarán.

En
la costa abundaban los mejillones, las lapas, algún cangrejo que lograba
capturar junto a los pulpos, con eso le bastaba, casi ni comía, desecaba todo
en la entrada con la misma sal marina de los charcos, bebía el agua de un
pequeño manantial de agua fresca y pura que salía de las rocas, donde venían a
beber cada día las palomas bravías y los cernícalos, a veces las águilas cuando
bajaban de las cumbres en invierno.

Su
cuerpo moreno y flaco, casi piel y hueso. Había perdido el hambre desde la
misma noche que los falangistas asesinaron a toda su familia, a sus compañeros
de sindicato, a su mujer, la tinerfeña Candelaria Fumero, antigua Miss
Tacoronte, capturada en su misma casa, para luego sufrir todo tipo de torturas
y vejaciones sexuales de los hombres del cacique inglés dueño de las tierras
del norte, hasta el verdugo de Tenoya y la gente de la “Brigada del amanecer”
de Eufemiano participaron en la salvaje violación múltiple, la brutal carnicería
previa al brutal asesinato.

Todos
esos pensamientos desgastaban al pobre Ramón, una mezcla de odio y rabia, de
impotencia, de infinita desazón, más de una vez a punto de lanzarse al vacío,
pero algo lo aferraba a la vida, quizá la conciencia, las ideas
revolucionarias, anarquistas, libertarias, las ganas de cambiar el mundo a
pesar de ese inmenso dolor que le atravesaba el alma como una daga emponzoñada.

Aquella
misma tarde regresó a su particular agujero de la muerte, en el fondo lo
esperaba el camastro de piedra, las viejas mantas del abuelo Cho Pedro que
todavía olían a la fragancia del cálido hogar, a leña y flores de romero del
huerto de la tía Leonor.

Se
tumbó mirando hacia el techo, varios perenquenes parecían recrearse en el
frescor de los sueños más negros, la gaviota se quedó fuera acurrucada en el
filo del risco, viendo como varias barcazas de falangistas y guardias civiles
desembarcaban en la arena negra de la playa, Ramón dormía profundamente, los
sueños extraños habían vuelto, animales sin rostro que lo perseguían, voraces
monstruos que salían de la oscuridad, un tintineo veloz en lo más profundo de
la selva Doramas. 

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Risco del Andén Verde (Isla de Gran Canaria)
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