25 septiembre 2020

Como un signo inevitable

Bajó
despacio las escalinatas del Risco de San Nicolás, en la calle Triana se
escuchaba el bullicio de la gente en Navidad, las compras y el olor a roscas,
manzanas de azúcar y jareas asadas. Emilia caminaba sin rumbo hacia los
contenedores de basura de la calle 1º de mayo, su niña la esperaba en casa
entretenida con la vieja muñeca de trapo, la que le regaló su madrina, la
señora de Vegueta que se encargaba Caritas Parroquial en el Cono Sur de Las
Palmas.

Sabía que a
esa hora no habría suficiente comida en la basura, los días clave eran el 25 y
el 1 de enero, cuando la gente tiraba lo que sobraba de las comilonas, el 23 de
enero solo podría encontrar algún producto caducado, yogures rotos, restos de
tortilla o papas compuestas, lo de siempre, que trataba de limpiar antes de
llevarlo a su humilde habitación alquilada por 100 euros en la parte más remota
del barrio, allí donde vivían los camellos, los narcos de poca monta, los
vecinos más viejos a los que había que sacar cuando morían en sus ataúdes por
el laberinto infinito hasta el coche funebre, un ritual repetido cada vez que
alguien fallecía en cualquier noche inoportuna. –La bajada de la muerte como en
la Sima de Jinámar, -decía Marcos Chirino con la boca vacía de dientes- sentado
en la puerta del bar de Vargas, familiar directo de cuatro personas asesinadas
en 1937 por los fascistas, ahora enganchado a la heroína desde que en los años
70 la guardia civil metió las drogas en todos los barrios y pueblos de la isla.

Emilia González,
seguía cabizbaja su ruta bajando por Buenos Aires, la calle de las guaguas que
venían de la cumbre, seguía revolviendo en los contenedores, tratando de que la
policía no la parara, los abusadores esbirros que más de una vez le habían
pegado, siempre siguiendo ordenes del alcalde del corrupto partido de la
derecha que gobernaba el municipio. La mujer ya tenía una ruta prefijada, calle
a calle, esquina a esquina siempre a la misma hora de la noche, antes de que
los camiones se llevaran todo, irrumpieran como monstruos infernales en la
cotidianeidad de una ciudad castigada por el hambre y la miseria.

Regresaba
silenciosa en la medianoche, subió lentamente las escaleras cargada de bolsas,
ropa usada y sucia, dejaba tras de si una estela de liquido pestilente, había
encontrado las sobras de un pulpo, su tinta mostraba su camino hasta montaña
rodeada por la muralla de los piratas, la que un día sirvió de refugio a los
sanguinarios conquistadores, el lugar exacto de la casita compartida, la
habitación con el camastro, el ropero de madera y la mesa de noche sin cajones.
Allí estaba Cathaisa, su niña de siete años ya dormida, llevó la comida a la
cocina compartida, el fregadero repleto de platos sin lavar, cucarachas andando
por las paredes. Encendió el fogón de gas mientras cortaba en trozos los restos
del octopus, calentando las papas recolectadas y las cáscaras de cebolla, colocó
todo en una fuente de cerámica y la llevó a la cama, despertó a la chiquilla y
las dos cenaron en silencio, Cathi, como la llamaba, le preguntó por las
actividades infantiles en el Parque San Telmo, si la madrina este año le
conseguiría algún boleto para subirse a los cochitos.

Las dos se
quedaron calladas, comiendo, pensando, sin esperanza, recorriendo el paraje de
la desolación, de una tristeza inigualable, desde que comenzó lo que en la
televisión llamaban “crisis”, “recortes sociales”, “medidas de austeridad”. Por
abajo, al final de la escalera Chirino sentado como cada madrugada veía pasar
el coche oficial del alcalde, venía del concierto de Navidad de Los Gofiones en
la Plaza de Santa Ana, de la comilona pagada con dinero municipal en el
restaurante vasco que hace esquina con la calle San Bernardo, allí estaba el
ministro, su jefe, constructores, toda la plana mayor de la corrupta “sociedad”.
Arriba Emilia ya dormía abrazada a su niña, un refugio de amor entre la implacable
realidad, la lluvia mojaba los barrotes de la prisión de los sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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