21 octubre 2020

Con las mismas manos de acariciarte

Imagen: Grafiti en un muro de Sallent de Llobregat, rememorando a los maquis españoles.

«Recuerda la avenida de su lento paseo,
y recuerda la vuelta a la alcoba vacía…»
Marco Balesi

Luisa iba sola ese día al mercado de Vegueta, avanzaba lenta con su viejo carrito por una calle atestada de gente en un lunes de abril del 72, olía a churrería y pescado fresco que vendían las mujeres en la calle, un bullicio de sensaciones que ya conocía desde niña, Las Palmas era un laberinto en la ciudad colonial, los policías apostados en las esquinas con cara de aburrimiento ¿Ya nos les quedaba nadie a quien matar? Tipos vestidos de Falange, con ropa oscura, yugos y flechas en el pecho recorriendo despachos de abogados ¿Quién sabe para qué? Litigios eternos de propiedades ajenas quizá, algún niño robado que de alguna forma había que regularizar en el surrealismo administrativo del régimen. Fue llegando al Pilar Nuevo cuando lo vio, andaba con esa forma de caminar de los perseguidos, siempre encorvado por la altura, una boina negra, la mirada de los acostumbrados a vivir prisioneros en la oscuridad, lento, pero a la vez seguro, mirando al frente para predecir cualquier situación de huida entre disparos. Era Luis, Luis Pérez el de San Roque, el amigo de la infancia, el compañero de aventuras y amores prohibidos, camarada de la Federación Obrera. Pero si estaba muerto, los nazis lo habían acribillado a balazos en una calle remota de Montmartre en París una noche de Resistencia. Luis la miró fijamente y siguió andando, ella redujo la marcha, no miró hacia atrás, sabía que aparecería de nuevo en cualquier momento, en cualquier recodo de aquellas calles infectadas de tristeza, de la desolación de los años tras el genocidio, la tristeza de un pueblo silenciado donde sin guerra asesinaron a miles, víctima del terror que viene del desconcierto, del desamparo, de la desesperanza de no saber porqué hicieron algo tan terrible.Cerca del Guiniguada alguien le tocó el brazo, ella sintió aquel escalofrío de la clandestinidad, su calor de antes, sabía que era Luis, siguió andando junto a ella, ella lo veía de reojo, no se atrevía a mirar, percibió su mismo olor, la misma energía de cuando se perdieron dos semanas en aquella playa desierta cuando acaba Tiritaña. No entraron al mercado, siguieron hacia Triana, junto al teatro la empujó levemente hacia un portal, una casa abandonada con un patio interior. Allí se dieron un abrazo tan fuerte que parecieron fundirse, cuando se separaron le vio la cara, era Luis, los ojos ya no le brillaban como antes, era Luis Pérez, estuvieron unos minutos solo mirándose, tocándose, reconociéndose. Ella le dio un beso en los labios, el mismo sabor a romero de las caminatas interminables por las montañas de Tafira. En un instante que pareció un siglo se dijeron casi todo, no habían pasado más de quince minutos, se separaron sus manos, el volvió la vista subiendo hacia la catedral de Santa Ana incumpliendo aquella norma esencial, ella se quedó plantada en la calle mirando como se perdía entre la multitud, no se marchaba aquel aroma a incienso moruno y flores del fin del mundo.

Síguenos y comparte:
error13
Tweet 20
fb-share-icon20