28 septiembre 2020

Corazones de cielo

El
recién nacido no paraba de llorar cuando el viejo falange Vitorino
Socas lo llevaba en brazos al coche de Acción Social de la
organización fascista, Carolina Sánchez reclamaba a gritos que le
devolvieran a su hijo, la custodiaban varios hombres de azul que
habían detenido a su marido Juan Acosta militante de la CNT, la
partera miraba anonadada, casi no le dieron tiempo de cortar el
cordón umbilical, ni siquiera que el chiquitín tuviera sus primeros
instantes de amor en la vida sobre el pecho, los brazos y los besos
de su madre.

El
teniente de la Guardia Civil Francisco Samsó ordenó que llevaran a
Carolina a la conocida como “Casa de mujeres” en los terrenos de
la Marquesa en las afueras del municipio de Moya, una vieja mansión
con una fuente seca a la entrada, utilizada como prostíbulo por los
mandos del alzamiento en la isla de Gran Canaria.

Retuvieron a la partera con intención también de detenerla hasta
que fue reconocida por uno de los falanges que dijo “que era mujer
de bien”, colaboradora del sacristán de la iglesia de El Pino en
Teror en los cuidados del manto y las joyas de la Virgen.

Al
momento le desataron las sogas que ya le tenían los brazos casi
paralizados por la interrupción de la circulación sanguinea.

El
vehículo donde llevaban al bebé no arrancaba, uno de los falanges
le daba a una manivela en la parte delantera, los llantos del niño
anulaban los gemidos del viejo motor ante los intentos de que pudiera
salir hacia la cercana mansión de Casablanca, el punto clave de la
venta masiva de las niñas y niños robados por los fascistas en cada
rincón del territorio insular.

Carolina
casi no podía caminar y la llevaron entre la partera y dos falanges
dejando gotitas de sangre que salían de su vientre a cada paso, la
muchacha seguía gritando, intentaba zafarse para ir al coche a
recuperar a su niño:

-Quiero
a mi niño, quiero a mi niño, ladrones, quiero a mi niño- decía
con la voz rota, hasta que por detrás el cacique Armando Rosales la
golpeó en la cabeza con la pinga de buey.

La
muchacha cayó al suelo fulminada con una brecha en la nuca por donde
manaba abundante sangre, la partera trató de cortar la hemorragia
con su delantal, pero uno de los requetés la agarró por el pelo y la
arrastró fuera de la columna de falangista que rodeaban la casa de
la joven pareja.

Dos hombres de azul sacaron a Carolina en volandas hacia uno
de los camiones donde había varios hombres detenidos, sangraba
copiosamente, los hombres con las manos atadas la miraban sin poder
hacer nada, el mínimo movimiento podía suponer un culatazo en la
cabeza, incluso un disparo de las pistolas Astra que brillaban en las
cinturas de los falanges.

Entre
los detenidos estaba el médico Santiago Jiménez Luján nacido en
Artenara, que sabía por el color de la piel de la mujer que ya
estaba muerta, no dijo nada, se mantuvo callado, era consciente que
de allí los llevarían a cualquiera de los centros de detención y
tortura, donde posiblemente a los dos o tres días de sesiones
diarias de maltrato brutal los asesinarían y desaparecerían.

El
bebé paró por un instante de llorar, se le veía su cabecita dentro
del coche negro, buscaba con su boca el pecho de su madre, el
falangista lo tenía agarrado como quien lleva en sus manos un
pequeño saco de tomates, no existía un mínimo de cariño, de
ternura, se incorporaba Santiago Cubas el viejo cura nacido en El
Palmar, cuando lograron arrancar el fotingo que salió a toda
velocidad dejando una estela de polvo y humo, las nubes formaban
pequeños corazones.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Imagen de la  mano atada de una mujer encontrada en la uruguaya Laguna de Rocha,
 con salida al mar, el 22 de abril de 1976, tenía pintadas las uñas del pie, presentaba
 lesiones de violación vaginal y anal, víctima de los asesinatos fascistas de la dictadura.
Fuente: Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
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