2 octubre 2020

Cuando el recuerdo huele a pólvora y barricada

De
la Casa Verde se iban a Santa Ana a fumarse los porros sentados en los bancos
junto a las Casas Consistoriales, un día Germán vio como un señor mayor lo
miraba, el muchacho de Zarate iba acompañado de Marina, la chica encargada de
las proyecciones de cine en la casa ocupada. El viejillo se les acercó
despacito, encorvado, con un bastón de madera corroído por el peso de los años.

–¿Sois
anarquistas compañeros?

Los
jóvenes se le quedaron mirando, la chica esbozó una sonrisa, el hombre dijo que
se llamaba Antonio Villalobos, de casi noventa años, que venía del exilio,
pasando más de cincuenta años entre Francia y la Argentina.

Los
tres sentados entre el vuelo mágico de las palomas que subían y bajaban de las
impresionantes torres de la catedral de Las Palmas, Antonio se interesó por la
lucha en la casa ocupada, por las asambleas, si hacían acciones directas, los jóvenes
contestaban pausadamente, se sentían atraídos por la paz que trasmitía el
anciano, la mirada penetrante, el encuentro de dos generaciones perdidas en la
nebulosa del tiempo, el recuerdo de tantos años, la distancia inconcebible,
inimaginable que iba de la guerrilla contra el franquismo a las manifestaciones
por la insumisión, contra el servicio militar de la falsa y corrupta democracia
española.

Marina
abrió la litrona de cerveza Tropical, Antonio no quiso, dijo que no bebía hacía
muchos años, desde que le detectaron el cáncer de próstata en el hospital de la
periferia de Tarragona, cuando vivía en la comunidad autogestionada de la
montaña perdida, donde intentaron organizar la resistencia contra el
franquismo, hasta la noche que los detuvieron a todos y mataron a Quico, a
Solange y a Jon el vasco, logrando escapar el resto a Francia por la parte más
oscura, abrupta y violenta de los Pirineos.

La
noche caía sobre la vieja plaza, la ciudad colonial se inundaba de sombras y
luces tenues, callejuelas inescrutables, la sombra de un pasado remoto,
represor, asesino, amenizaba un encuentro inesperado, cargado de la fragancia
del combate a muerte contra un sistema criminal.

Antonio
contaba la historia de cuando vivió en Tenerife en los años treinta, el
estallido del golpe de estado, la detención y fusilamiento de todos sus
compañeros de la CNT, de cómo estuvo evadido en los montes de Anaga, entre
Taganana y Tegueste, sobreviviendo en los insondables bosques de laurisilva,
alimentándose de los frutos del bosque, de la leche de las cabras salvajes, de
la carne de algún conejo que lograba capturar con las trampas construidas con
troncos y cuerdas viejas.

El
momento de la evasión en el barco ruso, polizón durante semanas bajo las
enormes cajas vacías con olor a trigo y avena, los duros años del exilio, su
integración en los grupos libertarios de la Patagonia, la lucha armada contra
las empresas inglesas que pretendían explotar y masacrar a los escasos indígenas
del sur del sur.

Eran
casi las doce de la noche y seguían hablando, Germán tenía que irse, era la
hora de turnarse con su primo Fernando en el cuidado de su abuela enferma, los
tres se levantaron, se dieron un abrazo.

–Salud
y libertad –dijeron-

Antonio
enfiló hacia el barrio de San José, los dos jóvenes se quedaron viendo como se
perdía por las intrincadas calles de Vegueta, no lo vieron más, al día
siguiente volvieron a la misma hora, nunca más supieron de aquel combatiente, a
los pocos años en una exposición sobre el movimiento libertario en la casa
ocupada lo encontraron en una foto junto a Durruti, parecía sonreír entre
hombres armados, resistían al fascismo en las calles repletas de barricadas de
la Barcelona liberada.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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