2 diciembre 2020

Cuando la iglesia manchó de sangre la madrugada

El viejo cura del pueblo, en el Valle de las
palmeras, los esperaba en la puerta de la parroquia, los recibió sonriente,
dando la bendición, a los cuatro señores que venían en el lujoso coche de
Eufemiano. Conversaron un rato en la puerta sobre las novedades en el obispado,
el nombramiento de nuevos sacerdotes para la zona centro de la isla, el tiempo
caluroso que hacía en el aquel junio del 36.

Pasaron presurosos al viejo salón de Don José, un
Cristo ensangrentado presidía la estancia y una foto encuadernada de Alfonso
XIII. Comenzaron hablando de cómo había cambiado el municipio de San Lorenzo
desde que gobernaban los rojos, del joven alcalde comunista, Juan Santana Vega,
de cómo se organizaban potenciando la agricultura, desarrollando una especie de
reforma agraria al margen los terratenientes de la zona, del reparto de la
tierra, de las banderas rojas, la tricolor republicana, con las que habían
salido a las calles la noche de las elecciones municipales.

En la sala de al lado junto a un reclinatorio y una
vieja imagen de la virgen del Carmen, la joven Josefita Travieso limpiaba como
cada día la casa del cura, no le gustaba ese trabajo, lo hacía por necesidad, el
anciano con sotana la miraba demasiado, le había tocado el culo varias veces y
a ella le daba mucho asco, la necesidad la obligaba a acudir cada día a
desarrollar unas tareas que detestaba.

Escuchaba los comentarios de los hombres reunidos en
la habitación contigua, no pudo resistirse a poner el oído mientras hablaban de
un alzamiento inminente, de la necesidad de acabar de una vez con la República,
con las hordas marxistas que estaban destruyendo el orden establecido. Escuchó
nombres y apellidos que desconocía como un tal Francisco Franco, Yagüe, Mola,
García Escámez y otros que le sonaban como los Del Castillo, De Lugo, Manrique de
Lara, Bonny, el conde, la marquesa. No se imaginaba la chiquilla lo que iba a
suceder en su pueblo varias semanas después de ese encuentro.

El cojo Acosta daba los nombres de las personas que
asistieron a los actos electorales, de quienes solían visitar el ayuntamiento,
las reuniones de trabajo en el salón dorado, las asambleas sindicales en las
fincas de tomateros o plataneras, las casas que visitaba el alcalde, hasta que
bares frecuentaba cada uno para tomarse unos rones y fumarse un Virginio.
Eufemiano tomaba notas en su vieja libreta con herrumbrosos aros metálicos, una
escritura medieval, como de niño de párvulo, demasiado lenta y precisa, preguntando
por los cabecillas, por los que habían hablado más en tal o cual reunión, donde
vivían las novias de cada uno, las madres, de que calle, de que barrio, de que pueblo
procedían.

El cura se subió la sotana para sentarse más cómodo,
repollinado sirvió las copas de vino y encendió un cigarro de tabaco negro.
Miró a los ojos de Eufemiano y con una complicidad antigua le dijo: “Yo tengo
más nombres, más datos, que me dieron sus mujeres en la confesión. Por la
grandísima misericordia de nuestro señor Jesucristo, en este caso se puede
hacer una excepción al secreto que nos obliga el santo padre”.

Los hombres se miraron y Ventura se estiró el bigote
animado. Don José comenzó a hablar, a rebelar tantos secretos, tantas reseñas,
que se llevaron inmensas sorpresas sobre personas de las que desconocían lo que
pensaban. A quien habían votado en las municipales, las andanzas amorosas de
muchos republicanos, lo que habían dicho en cualquier cena de sus humildes
casas, los abortos clandestinos, las opiniones políticas, lo que comentaban
sobre los terratenientes de la zona, como habían acusado entre amigos al cojo
Acosta de haber abusado de varios niños en el pueblo.

Eufemiano no daba abasto, la libreta se le llenaba
de nombres, de frases, de días, de horas concretas, de chismorreos, de lo que
pensaba medio pueblo, testimonios con fecha donde se había dicho cualquier
cosa, cualquier opinión banal, cada militante, anarquista, comunista,
socialista, de los que desconocían hasta ese momento. Todo gracias a Don José
que sonreía orgulloso ante la satisfacción del peculiar grupo.

Casi entrando la noche y después de varias horas levantaron
la sesión, al otro lado Josefita lo había escuchado todo, casi no se lo creía,
como el obeso y sudoroso sacerdote había violado de esa forma secretos tan íntimos,
confesiones de tantas personas buenas del pueblo. Se apresuró a salir con la
bolsa de los trapos de cocina, la ropa sucia del cura para lavarla en la
acequia de la presa. Ventura le miró el culo, intentó tocarle el pecho,
diciéndole una especie de piropo sexual, ella giró, percibió su asqueroso
aliento, aceleró el paso mientras el resto se reían a carcajadas, salió a la
calle con la brisa en su pelo rubio, con llantos en sus ojos verdes, un sabor
en la boca a sangre, a hiel, a premoniciones terribles.

El cura les dio de nuevo la bendición, un “Nuestro
señor Jesucristo y la Virgen del Pino vaya con ustedes”. Subieron al coche de
Eufemiano y fueron directos a la sede de Falange en el Puerto, cerca del
muelle, allí los esperaban varios dirigentes de la organización fascista.
Eufóricos hicieron una última parada en el prostíbulo de Arenales, para casi de
madrugada, comenzar a elaborar las listas de las más de 5.000 personas que
serían asesinadas en toda Canarias, que comenzarían la madrugada de julio de
1.936, encabezadas por las “Brigadas del amanecer”.

Dividieron cada listado metódicamente por zonas de
la isla, a quienes fusilarían tras consejo de guerra, a quienes desaparecerían,
quienes serían arrojados a la Sima de Jinámar, a los pozos de Arucas, Tenoya, al
Barranco de Guinigüada, a La Marfea, a los agujeros volcánicos de los Giles y
Tafira.

Ya se habían reunido en cada municipio, de norte a
sur, se habían sentado con todos los caciques, con cada cura que estuviera
dispuesto a hablar, a contar con detalle la vida de sus feligreses, solo dos se
negaron.

Al día siguiente de aquel encuentro, Josefita lavaba
la ropa de su amo, con el resto de las mujeres del pueblo, allí en el naciente
de la presa, no dijo nada, rumiaba pensamientos tristes, el agua fría le
quemaba las manos, la ropa interior del cura casi la hace vomitar. El silenció
inundó a los pocos días aquella zona del mundo, aquellos paramos isleños
olvidados por el dios de los enriquecidos.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


Síguenos y comparte:
error17
Tweet 20
fb-share-icon20