1 octubre 2020

De aquel vuelo en la alborada

«No puede morir jamás quien de esclavo se libera, rompiendo para ser libre con su vida, las cadenas».

Cantata del Mencey Loco (La raza, Los Sabandeños)

Acostumbrada
a las largas caminatas desde muy niña acompañando a su padre con el
ganado de cabras y ovejas, Lorenza Trujillo subía y subía, no
paraba ni un instante, serpenteando de lado a lado el barranco de
Tocodomán para hacer más leve el
esfuerzo, en algunos momentos se paraba y bebía agua del minúsculo
riachuelo que venía de lo más alto de la montaña, la falda
remangada por encima de las rodillas mostraba unas piernas fuertes,
bellas, morenas, musculadas.

La
noche anterior se habían llevado a su novio Tomas Hernández de la
vieja casa del barranco de Tasartico, dos guardias de La Aldea de San
Nicolás guiaron hasta la humilde vivienda a la brigada de
falangistas, el muchacho dormía cuando tocaron a la puerta gritando
su nombre, salió y fue apresado, no imaginaba los motivos, estaba
tan aislado que ni siquiera sabía que había estallado un golpe de
estado en España.

Cuantos
recuerdos tenía Lorenza de aquel refugio de amor, cuantas noches
juntos mientras la lluvia caía, haciendo que el cauce se convirtiera
en un río temporal por donde subían las anguilas.

Le
venían de repente todos aquellos recuerdos tan bellos mientras
trataba de escapar de la segura detención, la habían avisado de que
después de Tomas irían a por ella, que ya habían asesinado a sus
compañeros de la Federación Obrera de Agaete, que cientos de
fascistas estaban haciendo el trabajo sucio a los terratenientes
matando, desapareciendo, torturando, violando a las mujeres que
tuvieran cualquier vinculo con las luchas obreras.

Ella
sabía que se la tenían jurada, que si la detenían no escaparía de
los brutales abusos sexuales de aquella horda de criminales, sobre
todo del guardia civil, Damián Curbelo, al que había rechazado
varias veces cuando la seguía, avanzando muy despacio a su altura
con el coche policial, sobre todo en las madrugadas en que la
muchacha iba a trabajar con varias compañeras las tierras medianeras
de su padre.

El
guardia mucho mayor que ella estaba casado y obsesionado con su
belleza, la seguía, conocía cada uno de sus movimientos, se metía
con ella, no la respetaba y le decía cosas relacionadas con su
cuerpo, con su sensualidad:

-No
se que haces con ese maricón de mierda que escribe hasta poesía,
aquí tienes un macho de verdad y lo rechazas, no sabes lo que te
pierdes hija del diablo- le dijo muchas veces y Lorenza se le
enfrentaba, no permitía que la insultara, que la humillara, que la
vejara.

En
la Degollada de Peñón Bermejo la muchacha estaba agotada y decidió
sentarse a descansar, sacó de su bolso de piel de cabra un poco de
queso, pan duro y unas sardinas saladas que devoró en unos
instantes, el viento se enredaba en su pelo negro y largo, miraba al
infinito, al horizonte marino, se divisaban las islas de Tenerife, La
Gomera y La Palma, a su derecha el barranco repleto de tabaibas tan
grandes como árboles, gruesas, repletas de vida y energía natural.

Siguió
avanzando por el macizo de Guguy, ya no había tanta cuesta y
comenzaba a salir el sol, el suelo estaba mojado, impregnado de
rocío, se encontraba con los conejos que todavía retozaban y
jugaban aprovechando la oscuridad de la noche, en la montaña de los
Hogarzos había un grupo de unas doce cabras guanilas que pastaban
tranquilas, ni siquiera se espantaron a su paso.

Llegando
a la Montaña de los Cedros notó la terrible presencia, miró a su
alrededor y no veía nada, escrutó cada piedra, cada gigantesco
cardón, pero su instinto de mujer aferrada a la tierra supo que algo
anormal la rodeaba, hasta que escuchó los gritos de los hombres, un
grupo numeroso, de más de cuarenta falangistas y guardias civiles
que subían corriendo por el barranco de Amurgar, entre ellos vio
claramente a Curbelo que gritaba:

-Ya
te tenemos hija la gran puta, ahora vas a saber quienes somos los
hombres de bien de la Santa Cruzada, aparate por hay que va a ser lo
mejor pa ti-

Lorenza
tiró su bolso todavía con abundante comida y comenzó a correr
hacia la Montaña de Aguasabina, el suelo volcánico le destrozó las
alpargatas, corrió y corrió durante más de de una hora sin parar,
miraba hacia atrás y veía al grupo de fascistas a unos cien metros
lanzados hacia ella.

No
lo pensó mucho, solo imaginó lo que iban a hacerle antes de
matarla, las famosas violaciones múltiples que ya se estaban
cometiendo en cada rincón del triste archipiélago, se soltó el
lazo rojo del pelo, se quitó aquel calzado destrozado, avanzando a
una velocidad de vértigo hacia el abismo junto a Montaña Bermeja,
lanzándose al vacío por un precipicio de más de mil metros.

Notó
en unos segundos la violencia del viento en su cara, su vestido
abierto, roto, volador, como una vela de barco en la tempestad, no
sintió casi nada, solo los brotes de amor, las caricias eternas de
su amante, los mimos de su madre, la risas y los juegos de su padre
cuando era niña, incrustados en lo más hondo de su corazón
empapado de lluvia libertaria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao (Denantes morta que Aldraxada)
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