29 septiembre 2020

De Gáldar a Paterna, el proceloso viaje del médico popular

El
doctor Luis Ojeda fue detenido en La Albufera junto a cinco militares
republicanos, trataban de llegar andando de noche a Catalunya para
intentar pasar la frontera francesa, pero el cerco era demasiado
grande, rodeaban todo, no había espacio material para escapar, hasta
que los atraparon en la misma playa, cerca del mar que el médico
canario tanto quería cuando extrañaba su pueblito de pescadores en
El Agujero de Galdar, allá en su añorada isla de Gran Canaria, de
la que partió para hacer el servicio militar en Valencia.

Los
militares fascistas junto los pistoleros falangistas los torturaron
salvajemente durante varios días para sacarles información, “no
había nada que decir” les repetía, “solo tratábamos de huir,
somos soldados”, pero los falanges no entendían de medias tintas,
los colgaron por las piernas en el centro de detención en una
hacienda de las afueras de la ciudad, para golpearlos con palos y
barras de hierro que les introducían por el ano tras calentarlas al
rojo vivo en una fragua.

Varios
de los muchachos, Jordi Catalá de Girona, Eduardo Morejón de
Zaragoza y Pablo Iniesta de Albacete murieron en las sesiones de
tortura, Francesc Puig y Luis Ojeda sobrevivieron y fueron
trasladados la mañana del 20 de marzo de 1939 directos al paredón
de Paterna para ser fusilados tras consejo de guerra sumarísimo.

De
origen cubano-canario Luis se había sumado al ejército rojo para
combatir al fascismo, estaba en el destacamento sanitario y nunca
entró en combate, tenía una cruz roja en la parte izquierda de su
uniforme, pero no lo libró de la inmediata condena de muerte por un
jurado militar integrado por oficiales sediciosos, que no escucharon
sus suplicas de que era sanitario.

Lo
trasladaron en un camión con doce hombres y cuatro mujeres, todas
con graves secuelas de torturas brutales, la mujeres con los vestidos
rotos tras haber sido violadas por los conocidos como “moros de
Franco”, chicas jóvenes de no más de 25 años, todos se miraban
en silencio mientras atravesaban la vía principal de Paterna y se
tropezaban con otros camiones cargados de republicanos muertos a los
que paseaban por el pueblo dejando un reguero de sangre, el objetivo
era claro, fomentar el miedo en la población, que madres de hijos,
hermanos de hermanos, vieran a sus familiares acribillados a balazos
para evitar cualquier sublevación popular.

En
el paredón había cientos de personas, en su mayoría mujeres y
hombres que iban fusilar, los bajaban de los camiones a patadas,
muchos se quedaban aferrados al fondo del vehículo, agarrados a las
barras de hierro, pero los sacaban a culatazos en la cabeza y
puñetazos, para colocarlos en la fila de la ejecución con las manos
atadas a la espalda con una soga que les cortaba las muñecas.

A
Luis Ojeda lo colocaron en una de las filas enmedio de un pequeño
bosque, junto a el varias mujeres que lloraban y gemían, una casi
una niña de unos 15 años abrazada a otra compañera, un señor
mayor de unos 60 años que aguantaba firme y resignado el momento de
la muerte.

Se
escuchaban fuertes estruendos de disparos y según avanzaba la fila
el médico canario comenzó a ver los fusilamientos, lo que le iba a
suceder a el en unas horas, quizá minutos, dependía del ritmo de
los asesinatos masivos.

Los
llevaban en grupos, Ojeda por su estado de nerviosismo no pudo
calcular la cantidad exacta de hombres y mujeres, pero seguro que
eran más de cinco, los ponían frente al paredón en paralelo, pero
enseguida se rompía la formación porque casi todos se abrazaban y
lloraban, trataban como niños pequeños de buscar el amparo y la
protección en muchos casos de personas que no habían visto en sus
vidas.

Solo
unos pocos mantenían la entereza dando vivas a la República o a la
libertad, pero sonaba de nuevo el trueno de fuego y caían fulminados
al suelo, había mucho público, eran falangistas, militares de alta
graduación y guardias civiles que aplaudían con sus familias,
incluso niñas y niños a los que llevaban a ver el “espectáculo”
de las ejecuciones.

Llegó
el momento de Luis tras varias horas, las muñecas las tenía
paralizadas, como médico entendía lo que le sucedía por la
obstrucción de la circulación en su brazos, caminó resignado
cabeza gacha, solo tuvo fuerza para animar a la muchacha tan joven
que iban a fusilar, el señor mayor del que jamás supo su nombre lo
miró con una leve sonrisa, “canario, linda tierra company”, lo
identificó por el acento.

Lo
pusieron en el mismo grupo junto a la chicas y el señor logró
decirle que era de Gandía y maestro de escuela de la CNT, todos
avanzaron lentamente hacia la muerte, las muchachas se abrazaron
llorando, no había forma de separarlas pese a los golpes de los
soldados y falangistas, en el pelotón gente muy joven, algunos con
la cara desencajada y muy pálidos, fue rápido, en un momento los
disparos al pecho, Luis cayó con fuerza hacia atrás por el impacto
de varias balas, se quedó mirando al cielo, veía los árboles
bailando con el viento, unas nubes rosadas que tapaban el sol, hasta
que se acercó un militar y le dio el tiro de gracia en la nuca.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Familiares de tres fusilados en Paterna con las botellitas que contenían un papel
 con sus nombres (TANIA CASTRO).
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