25 septiembre 2020

De la semilla del quebranto

Jacinto
Barrios aprovechó el momento de la limpieza de su habitación para
escaparse, salió sigilosamente por el pequeño jardín donde
deambulaban sus ancianos podencos retirados, nostálgicos de las
madrugadas de los jueves y domingos, cuando la noche olía a flores
de mayo, el viaje hasta el cazadero andando por los caminos perdidos,
viendo amanecer el rojo sol, desde donde casi nadie había tenido la
suerte de contemplarlo.

Triste
Jacinto con sus 94 años acarició la cabecita de los perrillos, les
dijo en un susurro que no ladraran, los canes lo miraron cómplices,
movieron el rabo, guardaron silencio, el negro con una mancha blanca
en el ojo derecho le lamió la mano izquierda con dulzura en señal
de cariño.

El
viejo avanzó calle abajo, sintiendo el aire de la libertad en su
rostro repleto de arrugas, sus ojos puros parecían más brillantes
que nunca, anduvo sin parar hacia el pueblo, como quien busca lo
escondido durante siglos, sabía que en algún lugar estaría el
lugar donde reposaban sus compañeros asesinados, quizá en los
pozos, en el mar, en la chimenea volcánica, donde miles fueron
arrojados al abismo del genocidio isleño.

La
noche lo amaba despierta, sabía que avanzaba hacia la libertad, no
podía seguir en manos de las cuidadoras de la ayuda a domicilio,
era demasiado humillante depender de los servicios sociales, un
revolucionario, un maquis, un luchador, un resistente antifascista.

Caminó
por lugares que ya no conocía, todo estaba construido donde antes
había cultivos y casas con tejados de barro, enormes centros comerciales, mucha gente entrando y
saliendo como hormigas en busca de la comida días antes del comienzo
del invierno.

Desconcertado
no sabía dónde estaba, aquel mundo ya no era el que había vivido,
no quedaba nada, la gente vestía de otra forma, los jóvenes
llevaban el pelo de colores, solo los niños parecían niños,
algunos lo miraban sonrientes al ver a un señor mayor en pijama
andando por la calle.

Era
triste pensar que todo su mundo había muerto, que no quedaba nadie,
ninguno de sus amores apasionados, ninguno de sus camaradas ni siquiera los que
lo persiguieron, aquellos fascistas que sembraron la tierra canaria
de muerte, de fosas comunes, de espacios para el exterminio de lo
mejor de un pueblo.

Recordó
cuando ya le faltaban las fuerzas los años de juventud en aquellas
tierras repletas de vida, sin las inmensas construcciones que
inundaban todo, sin toda esa gente desesperada por comprar, personas
sin identidad que iban cargadas de paquetes y regalos navideños.

No
podía más y se sentó en un pequeño parque junto a un grupo de
jóvenes con peinados extraños, las chiquillas con los vestidos muy
cortos, no tenía nada que decirles, era todo tan extraño, los
carteles luminosos inundaban la noche, miles de coches, motos, ruidos y humo:

-¿Esto
es lo que hemos construido con nuestra derrota?- pensó. ¿Es este es
el mundo nuevo por el que entregamos nuestras vidas, por el que
luchamos hasta el final?

No
sintió tristeza porque sabía que había que seguir levantándose
tras cada derrota, se acordó de los días de exilio, la inmensa
alborada, el instante preciso en que escuchó a Fidel Castro en la
Plaza de la Revolución de La Habana y su “si pierdo comienzo de
nuevo”.

Lo
había aprendido todo en la lucha clandestina, varios de los jóvenes
se le acercaron y se sentaron a su lado, uno le acarició su mejilla, mirándolo extrañados, tenía frío y una de las chicas lo abrigó
con su chaqueta verde de lana.

El
viejo los miraba cómplice, se hablaban en silencio sin decirse nada, como si
no entendieran sus lenguas pero si sus almas, supo que era la misma
juventud de los gloriosos años del combate, que solo aquella
eternidad había paralizado por unos segundos universales el tránsito
rebelde de los sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Maquis en la la «Operación Reconquista de España» (Crónicas a pie de fosa)
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