1 octubre 2020

Del que caminara con la muerte

Cuando se metieron en la cama Raquel sintió aquel
cuerpo cálido en la oscuridad, venían de cenar de aquel bosque perdido, por
encima de la costa mediterránea, el pueblo desconocido donde llegaron con el
viejo coche de Carlos en un recorrido de curvas y lluvia sosegada, aquel
restaurante invadido de vegetación donde comieron al aire libre en su primera
cita, devorando con hambre inmensa la gigantesca ensalada, los pimientos
asados, el queso frito, el pan con tomate y aceite, la jarra de vino de la
tierra, un sabor afrutado como los besos que se dan en las puestas de sol.

Ella enseguida comenzó a gemir, un sonido que se confundía
con el canto de las lechuzas que comenzaban el viaje nocturno, las caricias eran
una nueva aventura, un descubrimiento de cada centímetro de piel de aquellos
cuerpos entregados al amor y el salitre, sumergidos en ese viaje del
sentimiento primerizo, el que no se sabe hasta donde será capaz de sobrevivir en
ese acantilado infinito de sueños y raíces.

Se besaban, besos largos, lenguas enredadas, saliva,
entre sabanas frescas y un olor a rocío, a tierra mojada y leña recién quemada,
el fuego de dos cuerpos abrazados, algo así como el incienso que aroma los años
felices, los que jamás se vuelven a repetir.

A pocos metros de la humilde casa rural de la señora
de las rosas, del jardín inclinado sobre la ladera invisible, en el bosque de
sauces descansaban los huesos, el legado de los guerrilleros del incipiente
maquis, el pequeño grupito de hombres y mujeres que vinieron de Francia en los
años 40, cuando los nazis perdieron la guerra, allí mismo fueron acribillados a
balazos ante la hoguera. Ni siquiera se los llevaron, los enterraron donde
murieron, un espacio más, uno de los cientos de miles que inundan las tierras de
esa España irreal, ficticia y construida con sangre inocente y tortura.

Sobre los restos de Marga, Jordi, Laia, Samuel,
Ricardo “El Bierzo”, Antonio “El Gomero”, los heroicos combatientes de la
resistencia francesa. 



Meses antes habían entrado en Paris triunfantes junto a
la unidades móviles de La Nueve, para luego morir en la humilde selva de
Arenys, más allá de la montaña de Can Puig, cerquita del riachuelo donde la
noche antes se bañaron desnudos.

Allí cerquita se amaron toda la noche Raquel y
Carlos en la cama de caoba de la abuela Rosalía, la novia de Ernest Ricard, el joven
alcalde republicano desaparecido del pueblito sin nombre, el que quemaron los
fascistas la misma noche de la masiva ejecución.

La pareja se quedó abrazada, silenciosa, ensimismada,
agotados de amarse, de sentirse, de navegar uno dentro del otro en un universo
interminable, entre las mantas revueltas y mojadas del liquido del amor,
desnudos, mirando al techo oscuro, donde parecían dibujarse caras y perfiles de
seres desconocidos, abocados a la nebulosa estrellada de la parte más tierna de
la historia.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Columna del maquis. Imagen: «Crónicas a pie de fosa»
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