23 septiembre 2020

Del sabor de los besos

«Amada, supón que en el olvido la noche me deja prisionero».

Silvio Rodríguez – El dulce abismo

En su mundo impregnado de recuerdos, recorren este tramo angosto de vida
rodeados de rostros, de voces, de risas, de un tiempo donde todavía estaban
cerca los seres más queridos, madres y padres y hermanos, ese extenso universo
de amor incondicional, el que ahora desconcertados observan, mientras la joven Loba
se tumba adormilada entre sus sillones y la televisión, les encanta el programa
de folklore, algunos concursos, el fútbol, en algunos momentos parece que están
todos presentes, que nadie ha partido.

Ella prepara la comida, los olores más ricos inundan el patio, por un instante
parece que oye la linda voz de su hermano Javier cantando desde el otro lado de
la vida, mira por la ventana hacia el jardín y observa los pájaros palmeros
retozando entre las ramas de la higuera centenaria, busca sin suerte a la
pajarilla de la que un día se hizo amiga, que nunca se dejó agarrar, pero que
se posaba y revoloteaba a pocos metros, cuando le daba los restos de la alpiste
que sobraba del pequeño jaulón de los canarios y mosquitas.

Junto
a la valla de madera la vieja Estrella tumbada, estirada sobre las baldosas,
parece absorta mirando hacia los helechos, Luna la acompaña como siempre, negra
como el azabache, sentada, parece sentir el devenir canino del tiempo
implacable, un cúmulo inalterable de sensaciones que le acarician las orejas
como una brisa fría y ancestral.

Siguen
esperando que vuelva de nuevo alguien tan especial en sus largas vidas, la
siguen sintiendo acurrucada en sus brazos, están tan acostumbrados al
sufrimiento que parecen inmunes a la tristeza, aunque la lleven incrustada en
sus corazones como una llaga, una herida que viene de atrás, de cuando se
llevaron a sus padres a los campos de exterminio, los días de fusilamientos,
torturas y desapariciones.

Los
fantasmas están siempre presentes en cada rincón de la vieja casa, el olor de
aquel asadero, las papas con huevos fritos, el ron de Arucas, las risas de
Frasquita, de Manolo, de José, de Juan, las conversaciones a media voz del
viejo Tejera con sus camaradas en los tumultuosos años clandestinos.

¿Quizá
todo sea un sueño?

Se
que lo piensan cuando pasean del brazo cerca del mar, los atardeceres son más
rojos con el tiempo, como el deambular silencioso de las aves en el cielo,
lejanas, atravesando el viento hacia aquel remoto espacio de ternura.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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