29 septiembre 2020

Del sueño y de la ausencia

Aquel lunes de octubre del 36 cuando arrojaban a la
fosa del cementerio de Las Palmas a setenta hombres más, el jefe falangista del
barrio de San José pidió que le apartaran un cadáver.

-Quiero ese, el moreno, para mí, sáquenmelo parriba.
–Dijo el conocido criminal fascista, Lorenzo El Jaber Cardona, de origen árabe,
más conocido como Chencho “El moro”-

Era un joven fornido acribillado a balazos, Domingo
Cruz Espino, vecino de San Roque, herrero de profesión, miembro de la CNT, al
que el psicópata carnicero había elegido para llevárselo en el viejo Ford negro
del Conde de la Vega.

Nadie podía imaginar para que quería aquel cuerpo,
aunque sabían de sus perversas desviaciones sexuales, los niños que se llevaba
del orfanato de las monjas para violarlos.

-Los hijos de los rojos solo sirven para darles por
el culo, entre más pequeños mejor. –Decía mientras se emborrachaba en la tienda
de Rosarito en el pueblito marinero de San Cristóbal, muy cerca de los
acantilados de la Mar Fea, donde cada madrugada arrojaba junto a sus compinches
a cientos de hombres y mujeres atados de pies y manos-

Todo el mundo comentaba que gozaba con el dolor
ajeno y la dominación, como cuando se llevó a las tres hijas del capitán
conquense republicano asesinado, Carlos De la Barreda López, sacándolas a la
fuerza junto al tabaquero Eufemiano Fuentes, Borja Benítez De Lugo, el hijo de
la Marquesa de la ciudad de la piedra de cantería y Pelayo Del Castillo,
sobrino del Conde del sur de la isla, para llevarse a las tres menores a la
finca de La Mayordomía en San Lorenzo, donde el cacique, José Rivero, les cedió
dos habitaciones para violarlas durante tres días.

No se supo jamás de las adolescentes, se cree que
las arrojaron, después de asesinarlas, en un agujero volcánico de Los Giles, Tamaraceite,
en la conocida finca de “Las maquinas” de los caciques conocidos como “los Betancores”.

Entre varios falangistas sacaron el cuerpo masacrado
de Domingo Cruz, la sangre dejaba un reguero rojo hasta el coche, estaba
todavía caliente, lo acababan de fusilar en el campo de tiro de La Isleta, lo
colocaron en el maletero envuelto en una manta y partieron hacia el sur de la
isla, entrando en la finca de “El Cortijo” en Telde según pasaron la playa de Bocabarranco
en la costa de Jinámar. El Jaber ordenó que lo sacaran y lo colocaran a cuatro
patas en un viejo catre con las sabanas revueltas, el mismo espacio donde
acaban de abusar durante una semana de cinco mujeres esposas e hijas de varios
sindicalistas de la Federación Obrera, asesinados en la finca de La Noria, también
propiedad del Conde, arrojados luego a la furnia donde tiraban los animales
muertos o malheridos cuando ya nos les servían.

El Jaber Cardona comenzó a penetrar al cadáver,
detrás sus amigos se burlaban de su “mariconería”.

-Siempre te gustó Mingo eh cabrón, le pegas a todo
hijo de puta, carne y pescado, hasta muerto te lo follas. –Le decían los
miembros de la nobleza criolla isleña que siempre lo acompañaban en sus crímenes,
vejaciones y abusos sexuales-

Al rato el cuerpo comenzaba a oler mucho, la
putrefacción se aceleró por el inmenso calor bajo el techo de madera de tea. El
viejo alpendre del cacique teldense se inundó de un olor fétido a muerte, pero
El Jaber seguía, le tocaba el musculoso pecho al muerto, sonreía y seguía
tomando ron del charco, el más fuerte, casi alcohol puro, el resto de hombres
fue abandonando la estancia poco a poco, mientras Chencho «El moro” se quedó
abrazado al joven asesinado, besaba sus labios mientras le decía al oído algo
ininteligible, una especie de declaración de amor a quien ya no podía
escucharle, dos cuerpos rotos, uno de odio, otro de amor a su patria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Civiles ejecutados por los escuadrones de la muerte, 1988 -El Salvador
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