6 diciembre 2020

Desde el corazón de lo sagrado

Kopenawa y Kapana miraban asustados como cruzaba el
cielo otro carro de los dioses, los niños observaban atentos como su abuela Rakidana
mordía la cabeza de los peces adormecidos por las hojas mágicas, la sombra
eterna de la selva profunda les protegía de los grandes monstruos herrumbrosos
de los hombres blancos.

A pocos kilómetros del espacio ancestral Saulo
Veloso iniciaba la expedición financiada por la Corporación de la gran nación
de la muerte, la que llevaba años devastando bosques enteros, buscando gas,
petróleo, oro, caucho, las entrañas de la madre tierra eran violadas por miles
de hombres cegados por la codicia, destruyendo la vida de sus hermanos,
parientes cercanos de cada comunidad indígena, desaparecidos por el fuego que
salía de aquellos tubos de hierro que hacían tanto ruido, que espantaban los
animalitos, contaminando las aguas con un veneno mortal que mataba en menos de
dos lunas a pequeños y mayores.

La vieja sin casi dientes habló, pidió a los niños
que se acercaran con el pequeño mono mascota, les pidió prudencia, no salir de
la zona sagrada, del lugar donde habitaban, aquel que nunca había sido pisado
por los hombres de los ropajes extraños, donde vivía el misterio más remoto y
desconocido de su larga historia. Les habló de los antepasados, de cómo llegaron
del norte, atravesando el hielo durante siglos, para luego sufrir el calor
sofocante, el desierto donde nunca llovía y había extrañas figuras gigantescas
en el suelo, solo visibles desde las más altas montañas o desde las naves de
fuego.

Los dos escuchaban curiosos, en silencio, Rakidana reía,
bromeaba sobre la mucosidad que rodaba por los labios y barbilla de los
pequeños, de repente se ponía seria, alzaba los brazos arrugados, sus pechos moldeados
por la antigua lactancia se movían, parecían latir cuando hablaba de su hombre,
de cómo lo conoció en el gran rio, cuando todavía la madre selva estaba libre y
se podía recorrer sin miedo, los tiempos en que visitaban a sus hermanos de más
allá del horizonte, los que cultivaban la tierra y no necesitaban abandonar el shabono 
(1) como ellos cada cierto
tiempo, parecían habitar desde siempre aquellas tierras fértiles, desde cuando
los invasores retrocedieron hacia las costas del agua salada, allí en el lugar
donde los poblados no eran de madera y ramas, rocas inmensas repletas de
agujeros y humo, la del sueño del anciano que hablaba con los muertos, que
avisó antes de morir de la llegada de los tiempos más terribles, el arribo de
otros como el sicario Veloso, las epidemias, el genocidio, las violaciones de
las mujeres y las niñas, el alcoholismo, el desarraigo, el derrumbe de su
universo, el que la anciana trataba de mantener vivo mirando el fondo de
aquellos ojos puros, la claridad de la resistencia.



(1) Cabaña utilizada por los pueblos Yanomamis de la Amazonía, de forma cónica o rectangular, rodean un espacio central abierto.

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Mujeres y niños Huaorani inspeccionando el pelo en busca de piojos. Vince Smith
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