29 septiembre 2020

Desde el dolor diseminado

Era
tanta la tristeza que al caminar se la notaba encorvada, una viejita
de veinte años, como si la gravedad le hubiera ceñido la cintura
contra la profundidad del núcleo de la Tierra, no tenía nada que
decir Rosalía Izquierdo, prefería callar
y seguir viviendo aquella vida tan dura, como si hubieran ametrallado
su corazón mil veces una madrugada de octubre, cuando los asesinos
de azul fusilaron a su prenda amada.

Solo
le venía a su mente el recuerdo en forma de música, de canciones,
boleros y tangos de amor, poesías a la luz de la luna, los años
juntos en el barrio del Trapiche, la vieja casa bajo el pino gigante,
las piñas que caían en el techo de madera cuando menos lo
esperaban, en muchos instantes de amor y pasión, como si fueran
bombas de vida, el canto de los pájaros, miles de aves que rondaban
aquel trocito del casi extinguido bosque de laurisilva.

Las
crías de los canarios del monte perseguían a sus madres con el pico
abierto, era lo habitual cuando llegaba la primavera, todos aquellos
pequeños seres alados saltando de rama en rama alegres, felices, de
piedra en piedra, en busca de los granos y semillas, de algún bicho,
un trocito de fruta, de ciruela, de durazno, alguna uva negra tan
sabrosa como las moras del pico de Osorio.

La
tarde más triste de su vida supo que habían encontrado a Julio en
las cuevas del barranco de Tenoya, llevaba varios meses evadido,
justo desde la noche que comenzaron a matar a sus compañeros, se
enteró por casualidad, cuando venía de comprar el pan y había una
celebración en el local de la Falange de Arucas:

-Ya
lo atrapamos gran puta, ya lo tenemos a buen recaudo, ten cuidado con
lo que haces porque te vamos a follar entre todos- le dijo eufórico
el guardia de asalto apodado Ventura, conocido asesino fascista en la
comarca norte de Gran Canaria.

Ella
se estremeció, no se lo podía creer, la gente la evitaba cuando
avanzaba por el parque de San Juan llorando y corriendo hacia su
casa, nadie se atrevía a hablar con ella en público, todo el mundo
tenía miedo de ser acusado, relacionado con la República, con las
organizaciones de izquierda y los sindicatos.

Ese
día dejó de alimentarse, la verdura recolectada en su pequeño
huerto se la comieron la gallinas y los lagartos en la fresca
despensa, se quedó sentada en la enorme piedra donde se enamoraron
con menos de quince años, no había más nada que el recuerdo,
aquella memoria que olía a los perfumes sagrados de dos cuerpos
abrazados cada noche, el sabor de los besos y la saliva de quienes
sabían que se amarían eternamente.

Que
ni siquiera la muerte podría separarlos, pero ahora estaba sola,
escuchaba sus pasos
ágiles, como cuando en
vida venía del trabajo poniéndose el sol, el corazón se le
aceleraba, todavía pensaba que podía venir, que todo había sido
una mentira de aquellos criminales, que a lo mejor lo habían
perdonado en el último instante ante el pelotón, que quizá algún
militar noble y bueno se hubiera apiadado de un muchacho tan joven,
que habrían descubierto la verdad, la inmensa verdad, de alguien que
no había cometido ningún delito, solo que estuvo con sus compañeros
la mañana del domingo 19 de julio del 36, custodiando el único
teléfono público del pueblo, que recibía órdenes, que no
molestaron a nadie, que defendieron la legalidad.

Todo
eso se desvanecía cuando por el caminito entre los acebuches no
llegaba nadie, solo algún conejo cruzaba al otro lado, alguna
lechuza blanca cuando anochecía y aparecían en el cielo las
primeras estrellas curiosas, las más luminosas, quizás planetas,
como decía Julito, mundos como el nuestro donde tal vez exista la
libertad, donde las mujeres y los hombres tengan derechos, educación,
techo, trabajo, pan, cultura.

Soñaban
juntos, siempre soñaban, no se separaban ni para comer, hasta en
esos momentos estaban abrazados o de la mano, pero ahora Rosalía
estaba sola, se quedaba fuera hasta que el sueño la derrotaba, allí
sobre la piedra, esperando que se acabara su vida después de jurar,
de prometer, de decirle con los ojos cerrados a su amor ante la fosa
común de Vegueta que jamás estaría con ningún hombre.

Caminaba
lenta hacia la casa con la vela en la ventana, siempre la encendía a
las seis de la tarde, iluminaba el camino de Julio, pensaba, por si
podría regresar de donde estuviera, andaba hasta la cama con el
colchón de paja, nunca se acostaba en el lado de su amado,
acariciaba la almohada, suavemente, imaginando, soñando despierta
con el momento mágico de reencontrarse.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Gustav Klimt El Beso
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