1 octubre 2020

Desde el frescor de la madrugada

La
lluvia cae y el mirlo llega cuando todavía no ha amanecido, hoy estaba, siempre
viene, quizá sus padres y abuelos también venían al viejo jardín, lo aprendió
cuando perseguía a sus progenitores con el pico abierto y batiendo las alas en
busca de comida, apenas una pequeña cría negra como el azabache.

Yo
lo escucho cuando a las seis de la mañana comienzo el ritual para afrontar un
nuevo día, se le escucha cantar, delimitar su territorio aéreo, cada rama, cada
árbol, cada metro del suelo volcánico que un día mi abuelo convirtió en
vivienda, lecho de amor, universo de sueños de esas vidas que pasan un tiempo
en la tierra.

Cuando
casi llega la noche aparece de nuevo, cada tarde crepuscular como anunciando
que llegó la hora del descanso, no logro por mucho que lo observe ubicar donde
duerme, territorio sagrado, escondite ideal de cualquier lechuza o búho chico.

Allí
se oculta agazapado, abrigado entre las ramas invencibles al viento y las
tormentas de un invierno de cemento, ruido y vehículos infernales.

Cada
día lo espero, me preocupa que le suceda algo, pero aparece valiente, cantando
entre el humo de las obras que construyen centros comerciales, esos
siniestros templos de una nueva «religión» que llena bolsillos de políticos
corruptos.

Mañana
estoy seguro que cuando abra los ojos lo extrañaré unos segundos, agudizaré mis
oídos, cada sentido y aparecerá de la nada con ese sonido alegre, la armonía más
tenaz de lo salvaje y libre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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