1 octubre 2020

Diego resiste el embate de la desmemoria

Solo
hay dos cosas que Diego recuerda nitidamente, que ni siquiera las
nubes negras de la desmemoria le pueden destruir: Su hermano Braulio
González García, asesinado por los fascistas en su cuna el 24 de
diciembre de 1936 a las doce de la noche y a su nieta Famara, quizá
lo que más ha querido y quiere en su vida.

Cuando
alguien visita la humilde casa de Diego es de lo primero que le
habla, de su hermano, de su nieta, no lo olvida, no puede, es lo que
lo mantiene en la Tierra, se aferra luchando contra la demencia
senil, hay espacios en su mente forjados desde los parámetros
desconocidos del amor eterno, ese espacio de ternura que nunca
desaparece pase lo que pase.

Cualquier
amigo, cualquier periodista, cualquier persona que venga a su casa
conocerá su historia, la historia de su hermano de cuatro meses
arrojado de cabeza contra la pared por un miembro de la criminal y
falangista “Brigada del amanecer”, el recuerdo infinito y tierno
de su nieta, no se olvida, no quiere olvidar, se resiste a pesar el
embate de los años, ya casi 92, un cerebro afectado por este mal que
transforma, que cambia, que destruye lo más maravilloso que podemos
tener en nuestras almas: Los recuerdos.

Se
le ve desde muy temprano atareado en el jardín, rodeado de árboles,
de la araucaria gigante, de la higuera centenaria, de las plataneras
a punto de parir sus racimos inmensos, hace cada día lo mismo, abre
el buzón, busca las cartas sin remite como si esperara algún
regreso, algún reencuentro, mira a los perros, recoge la hojas, se
enreda entre la tierra volcánica, la misma que lo vio nacer en
Tamaraceite un noviembre lluvioso, se para por un momento ante la
foto de su padre, Francisco González Santana, fusilado por los
fascistas el 29 de marzo del 37, parece mirarle a los ojos, algo
extraño, como si lograra comunicarse, como si escuchara su acento
canario, recordar cuando era un pequeño niño con dificultades para
crecer por el hambre, como si en su boca se recuperara el sabor de
las golosinas que le traía Pancho “La Mahoma”, el comunista
asesinado, las caminatas por la montaña de San Gregorio mirando el
mágico espectáculo de los podencos cazando, buscando el rastro de
los conejos de abril.

Por
un momento lo observo y se queda mirando a los pájaros, me pregunta
cuando me ve por la fosa común:

-¿Por
fin sacan los huesos de mi padre?- A mi ya me da vergüenza ajena
contestarle, busco alguna evasiva que lo tranquilice, tampoco
entiendo que políticos indecentes que ganan sueldazos no hayan
facilitado algo tan justo, tan noble, tan lógico, como haber
exhumado ya esa fosa común del cementerio de Las Palmas, donde no
solo reposa mi abuelo, sino cientos de fusilados, acribillados,
ejecutados con tiros en la nuca por defender la democracia y la
libertad.

Lo
veo partir lentamente, quizá me vaya yo antes, no lo sé, pero él ya
es consciente del escaso margen de vida que le queda, que cualquier
achaque lo llevará a la nada, al silencio de la noche eterna, amasa
con sus manos el viejo álbum de fotos, las imágenes de su pasado,
la nietilla agarrada de sus dedos en el patio de los helechos rodeada
de perras y perros nobles, tiempos felices de risas infantiles, el
pequeño viaje a Tenerife de la humilde luna de miel, las avenidas
arboladas de La Laguna, el cúmulo de recuerdos, los rostros lejanos
de tantos familiares muertos, tantos amigos, hasta los del Sporting
de San José donde fue veloz extremo
derecho,
los niños y la monjas de la Casa del Niño donde lo internaron junto
a su hermano tras asesinar a su padre.

Diego
se resiste, ejecuta cada día ese inmenso ritual de seguir vivo, de
esperar el abrazo de lo que más quiere antes de partir, se aferra,
no al pasado, porque no lo recuerda, sino a la dignidad, al sueño
remoto, a la música que reposa en alguna parte de su sordera, las
banderas lejanas, la prueba de ADN, el dolor, la muerte, las
lágrimas, la desesperación, el brutal camino de la injusticia.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Diego, Famara, Lola y el histórico luchador social Domingo Valencia
durante el rodaje del documental «La Memoria Interior» de Reyes Lima
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