28 septiembre 2020

Diego y la libertad

El niño Diego observaba
atento desde la ventana de la Casa del Niño que daba al pasillo de la Madre
Superiora el juego de los conejos al atardecer, sonreía al ver las cabriolas y
divertidos saltos, recordaba a su padre los días que iban al barranco de
Tamaraceite a entrenar a los podencos jóvenes, le venía a la mente el
movimiento alegre del rabo de los canes cuando encontraban un rastro fresco, el
olor agradable del orín del mamífero lagomorfo que daba pistas de su cercanía,
quizá agazapado en las tuneras, en el agujero del risco junto al bosque de Los
Dragos, tal vez encerrado en la tubería que venía de la fuente de la finca de
Los Molina.
En el hospicio de los huérfanos
de los asesinados por el franquismo no había lugar para la diversión, se pasaba
hambre y sed cuando tardaban en cocinar la escasa comida o por castigo no los
dejaban beber de la manguera custodiada por el falange Machín, aquel viejo
gordo maloliente y pederasta vinculado a la Catedral de Las Palmas, que siempre
se metía en las duchas colectivas a mirarles el pene y los culos a los
chiquillos.
A Diego lo separaron de su
hermano Paco nada más llegar al orfanato, echaba de menos el calorcito, la
ternura de dormir en el mismo camastro de colchón de paja junto al pequeñín
Lorenzo, escuchando los gorgojitos de Braulio que soñaba en su cunita de cereto
con un mundo de fantasía.
Los conejos jugaban hasta
que oscurecía y Diego los miraba siempre con cuidado de que no lo viera alguna
de las monjas, le podía costar una paliza y pasarse de rodillas en el pasillo
varias horas, pero aquel vinculo con lo natural lo acercaba a los meses pasados,
antes de que los fascistas fusilaran a su padre en el campo de tiro de La
Isleta.
Sentía el mismo olor de la
Montaña de San Gregorio entre la pequeña selva de acebuches, tabaibas, cardones
y tajinastes, la fragancia de la libertad en los años felices de la República,
todo aquel universo que de repente se hundió en la siniestra nebulosa negra de
la tristeza y de la muerte.

Nadie se atrevía a rondar
por la torre, donde muchos decía haber visto la figura de una mujer ataviada
con hábitos religiosos, como una silueta que subía las escaleras hasta lanzarse
al vacío siempre a la misma hora y punto exacto. Una especie de bucle en el
tiempo, un acontecimiento trabado entre los lienzos de la desesperación.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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