18 septiembre 2020

Diego y la luna de sangre

Dentro
de la caja de tomates el niño Diego González no había empezado a caminar con
cinco años, su madre Lola García le daba los plátanos maduros que tiraban a la
basura en la hacienda de los Molina, tenía esperanza de que pudiera andar, de
que no se quedara pequeño, que alcanzara una altura al menos parecida a los
demás chiquillos de Tamaraceite. Temía que cuando empezará a salir a la calle
se burlaran de su discapacidad, de no ser como los demás.
La
miseria arrasaba las vidas de las humildes familias del pueblo de San Lorenzo
en las medianías de Gran Canaria, trabajos de sol a sol cobrando cantidades ínfimas
de dinero, abusos de los terratenientes, un derecho de pernada encubierto bajo
amenaza de despido, inexistencia de seguridad social, nula asistencia
sanitaria, altos índices de mortalidad infantil, un mundo de tristeza cuya única
salida parecía ser la llegada de la República, la esperanza de una sociedad
destruida y esclavizada por la criminal oligarquía isleña.
Desde
el humilde espacio de la cajita los perros se acercaban a lamer cariñosamente
las manos de Diego, lo miraban con instinto protector al ver que sus piernas no
respondían, su desnutrición similar a la de los canes callejeros, el hambre
generada por una monarquía corrupta que hacía estragos en la colonia de
ultramar, muchas familias habían embarcado para Cuba y Argentina, Pancho y Lola
habían decidido quedarse, luchar por lo que consideraban suyo, contra aquella
represión ancestral que venía de los tiempos del genocidio indígena.
No
lo sabían, pero en los próximos años se avecinaban tiempos terribles, en la
otra esquina de un verano terrible venía el terror viajando entre nubes negras,
Diego vería morir a su hermano Braulio que todavía no había nacido, sería
sacado de su cuna con cuatro meses y arrojado contra la pared por los miembros
de la “Brigada del amanecer”, sus ojos brillantes de niño hambriento serían
testigos directos del asesinato fascista, los meses del campo de concentración
cuando iba a ver a su padre, el fatídico día de la noticia del fusilamiento de
su padre.
La
cajita de tomates fue un universo invisible, un sueño perdido, aquel balcón de
la muerte, mirador de la injusticia.



Ochenta
años después sigue esperando por recuperar los huesos de su padre, todos le
niegan la exhumación de la fosa común del cementerio de Las Palmas, en su casi
desmemoria ve como los mismos criminales siguen ejerciendo el corrupto poder,
tapando el genocidio, pisoteando los derechos ancestrales de la inminente luna
llena, roja de sangre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Diego González García (Foto: Carlos Reyes Lima)
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