25 septiembre 2020

El ADN de los sueños

Su madre
murió de cáncer sin superar la treintena, su padre alcohólico no supo estar a
la altura de las gravísimas circunstancias, al poco tiempo Rafael comenzó a
respirar pegamento en los rincones más oscuros del Risco de San Nicolás, sus
apenas nueve años no fueron óbice para que acabara en las calles del barrio
probando todas las nuevas sustancias que llegaban, corrían los años 70 y la
policía del post franquismo introducía todo tipo de drogas, como estrategia del
estado español para alienar a la juventud que luchaba por la libertad y la
democracia en Canarias.

Luego ya
todo fue un constante periplo por las cárceles de las islas, un tortuoso camino
que comenzó cuando con 18 años ingreso en la antigua prisión de Barranco Seco,
donde con la complicidad de policías y carceleros los internos violaban a la
mayoría de los jóvenes, juegas nocturnas regadas de alcohol y estupefacientes
con abusos sexuales múltiples, agresiones salvajes, la absoluta permisividad
del corrupto sistema a pocos años de pasar de una dictadura criminal,
sanguinaria, a otra disfrazada de una supuesta democracia que jamás ha sido
real.

Rafael supo
siempre que jamás podría salir de esa vorágine terrible, de la espiral del
consumo, de la delincuencia, los pequeños hurtos de radio casete de coches, algún
tirón en la calle Triana, en la Plaza de Santa Ana, condena tras condena hasta
acumular más de 40 años de cárcel, sufrir el síndrome ansioso de verse
encerrado, de que la puerta de la celda se cerrara en sus narices como cuando
un universo estalla, cerrando la oscuridad a la esperanza la luz infinita.

Una tarde
de mayo de 2015, en uno de los escasos días de libertad vagabundeaba pidiendo
dinero en la calle Primero de Mayo, sucio, desnutrido, buscando alguna moneda
para la papelina de “caballo”, a la altura de Correos se encontró con aquella
mujer, unos ojos conocidos, perdidos en la nebulosa de los años, era igual que
su madre, quizá lo fuera, ya no sabía diferenciar la realidad. La constante
alteración de sus sentidos le hacía concebir un mundo distinto, coloreado en
tonos grises y negros, un paraje nocturno habitado por sombras de distintos
tamaños, seres desconocidos que hablaban, gesticulaban, paseaban, le denegaban
la mayoría de las veces sus desesperadas peticiones, ya no le quedaba fuerza
para robar, solo andar sin rumbo antes de cometer un nuevo delito y regresar a
prisión.

La mujer se
le acercó, percibió una ternura indescriptible, un sabor a leche
materna en su boca, una sensación ya casi desconocida de sentirse arropado, cuidado,
protegido. Rafael no podía hablar, solo sentía, notó que algo se le caía de las
manos, el bote de vino, los cigarros, su cuerpo se desvaneció entre las sombras
inconexas, fantasmagóricas que volaban a su alrededor, nadie se paraba, daba
igual, era un pedazo de miseria. Se fue marchando hacia un lugar desconocido
entre nubes de colores, muñequitos y juguetes de los ancestrales Días de Reyes,
en su mano unos dedos cálidos que le apretaban con suavidad, la presencia del
amor en cada poro de su cuerpo muerto entre el humo de los coches, un viaje
desde fuera hacia la claridad de aquel espacio remoto más allá de la
conciencia.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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