27 septiembre 2020

El aliento de las flores

La bandera roja la guardaron en el fondo de la caverna
del negro barranco, bien doblada sobre la cajita de madera con las listas de
afiliación al partido, allá en la selva de laurisilva de Valsendero, donde el
agua destilaba de las ramas verdes de la foresta, Alicia Granados, la más joven
del grupo, quiso abrazar a los camaradas que partían hacia las montañas de
Valleseco, pasando Lanzarote (1),
camino de la incierta cumbre de la isla redonda, los tres muchachos tenían el
pecho fuerte, los brazos de acero de una vida entera trabajando la piedra en el
noble oficio de pedreros, constructores de sueños en las canteras de Arucas y
San Lorenzo.

Trémula la chica se quedó abajo, quieta, paralizada, temblorosa,
frágil, como esperando que todo aquello fuera un sueño terrible, la pesadilla
de la que solía despertarse en su casita de tejado en el peor momento, cuando
la negra bruja estaba a punto de agarrarla, el tierno abrazo para llevársela,
la noche hechizó en un instante el bosque universal, la brisa venía del mar más
helada que nunca, el presagio comenzaba a envolverla, inundando de dolor lo más
profundo de su alma.

Los instantes felices se diluían en una nube de
tristeza, los fascistas comenzaban a matar a miles de canarios, casa por casa
sacaban a los hombres y mujeres para desaparecerlos después de brutales
torturas. Alicia solo miraba, ya no se veía a sus camaradas, probablemente ya
hubieran alcanzado las altas montañas entre retamas y pinos, oliendo a incienso
moruno, al romero salvaje de la libertad perdida.

Caminó despacito, sin rumbo, hacia el pueblito,
pensando en todo lo que habían vivido aquellos años, las luchas sindicales, las
huelgas en las haciendas de los terratenientes, los pequeños triunfos con la
llegada de la República, la esperanza de cambio, los avances sociales, el
reparto justo de la tierra, la reforma agraria, el voto femenino, aquella
libertad que inundaba cada rincón de aquel abismo de esclavitud y miseria.

Triste la muchacha atravesó el umbral de la puerta, allí
estaba su abuela Rosa, sentada con la mente en un mundo desconocido, el
semblante alegre de verla llegar, como si supiera que algo terrible estaba a
punto de suceder, la noche más terrible, la sangre bajando por la calle del
agua, signos indescriptibles que anunciaban la llegada por la carretera vieja
de los camiones repletos de falangistas.

Alicia se sentó junto al fogón con el caldo de
cilantro al fuego, su madre no le dijo nada, solo se miraron calladas a los
ojos verdes, calcados como si fueran gemelas. En silencio esperaron que los hombres
armados golpearan la puerta, lo importante era seguir juntas hasta el instante
de la separación definitiva, la tenue luz azulada seguía entrando por la
pequeña ventana, la del olor a flores y café mañanero. En un instante
imprevisto la niebla inundó el barranco más oscuro, las campanas de la iglesia
sonaban más fuertes que nunca, la intensidad del sueño imposible, como inacabado,
se llevó para siempre la linda sonrisa de la muchacha, solo quedó el libro
arrugado de Lorca sobre la mesa del patio bajo la higuera centenaria, las
lagrimas de la abuela besaron el suelo de tierra colorada, regando la tierra de
sus ancestros.

(1) Barrio de Valleseco, isla de Gran Canaria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pintura incluida en la exposición ‘Memoria y sexualidad de las mujeres
 bajo el franquismo’ exhibida en 2010 en Madrid.
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