28 septiembre 2020

El amor eterno de Pablito

Pablito se aferraba a la
mano de su padre Roberto Domínguez del barrio del Trapiche, los falangistas se
lo iban a llevar pero no tenía con quien dejar a su hijo, el “niño chico” de 25
años no dejaba de llorar, sus ojos rasgados por el Síndrome de Down impregnados
de lágrimas por que le quitaban lo que más quería en su mundo de amor y
fantasía.
Demetrio el guardia de
Arucas dirigía la brigada del amanecer que llenaba los camiones de hombres
inocentes esa madrugada, el criminal se reía a carcajadas por los llantos de
Pablito:
-Cállate jodío bobo de
mierda, te vamos a tirar a la Sima Jinámar jediondo-
El resto de falanges no podía
aguantar las risas mientras abrían la sexta botella de ron de caña, el requeté
conocido como Juan “El madrecita” empujó violentamente a Roberto contra la
pared de picón, desprendiéndosele la carne de la mejilla derecha, su hijo se
aferró a su pierna, tenía que avanzar y arrastraba a Pablito, ante los violentos
golpes de los fascistas con las pingas de buey y las varas de acebuche.
El jefe falangista Francisco
Rubio dio la orden de retener al “niño chico”, entre dos falangistas lo
levantaron en volandas y lo lanzaron al patio de la casa contra la pila de agua
que se hizo añicos.
Pablito se incorporó con la
cabeza abierta por una brecha y la sangre le corría por la cara, lloraba a
gritos, chillaba, era tan estremecedor que hasta una parte de  los criminales fascistas se quedaron helados,
paralizados, los vecinos cerraban puertas y ventanas, sabían lo que estaba
pasando en la humilde vivienda de los Domínguez.
Su padre lo miraba y le
decía “tranquilo, tranquilo mi amor, yo volveré pronto, no tengas miedo, vete a
casa de Frasquita, vete a casa de Frasquita”. Pero el pobre Pablito no lo
entendía seguía llorando, gritando, “yo me quiero ir con mi papá, yo me quiero
ir con mi papá», hasta que Francisco Rubio sacó la pistola del cinto y la
descargó en la cabeza del “niño chico”, Roberto partió el hilo de pitera y se
lanzó al cuello del fascista de Firgas, agarrándololo por el cuello, estrangulándolo
con sus dos manos grandes y encallecidas de campesino.
Al momento el falangista de
Moya Antonio Naranjo le disparó con el máuser en la nuca destrozándole la cabeza.
El jefe falangista se había
meado encima y quedó transpuesto en el suelo mientras decía con una voz apagada
y ronca:
-Hijos de puta asesinos
rojos de mierda, bien muertos están, llévenlos al pozo de Azuaje y jinquenlos
al agua a estas mierdas andantes-
En las calles del Trapiche
no había nadie, no se escuchaba nada más que el sonido de la lluvia, la neblina
comenzaba a fluir entre los castañeros, el silencio auguraba un día más de
genocidio.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Desfile fascista en Arucas (Gran Canaria, 1937)
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