30 septiembre 2020

El árbol santo

La
comitiva subía por el barranco de Azuaje encabezados por Tahona, la
harimaguada
(1) que llevaba el cuerpo diminuto de un bebé
recién nacido en sus brazos, entre cánticos ancestrales atravesaban
la niebla, el bosque sagrado, todavía no había nacido desde
el horizonte el padre sol al que llamaban Magec.
Detrás
iban varias mujeres llorando y dando alaridos de dolor, cubiertas de
pieles de cabra resistían el duro invierno y el agua nieve que
parecía cortarles la piel, el niño tenía los ojos abiertos y
parecía mirar al cielo que comenzaba a encenderse, al otro lado del
mar y cuando las nubes se abrían se divisaba la montaña gigante,
desde donde veían en las noches claras la luz de las hogueras de
otro pueblo que habitaba al otro lado de su universo.
La
joven Fayna cargaba en la espalda una saca de hierbas aromáticas que
iba impregnando el duro camino de una fragancia mágica, subieron y
subieron sin parar, el llanto de las mujeres espantaba a los
cuervos, que volaban entre la arboleda emitiendo graznidos que
parecía voces, como si Achamán
(2) les
transmitiera a través de las aves la negrura de la muerte, lo que tenían que
hacer en cada momento.
En
un llano repleto de árboles que destilaban agua sin que lloviera
llegaron al gran Garoé
(3),
sentándose en un perfecto círculo, escucharon las palabras de
Tahona mientras colocaba al bebecito junto al gigantesco tronco, tan
grande que no lo podían abrazar doce hombres:
-Sed
bienvenidos hermanos junto al gigante sagrado donde vamos a entregar
el cuerpo de nuestro hijo entre sus raíces de luz- dijo la mujer con
las manos alzadas al cielo.
Dos
hombres cavaban una pequeña fosa con hachas de piedra donde Tahona
metió al pequeñín, todos los presentes se levantaron, se tomaron
de las manos y formaron un circulo alrededor del árbol de la vida,
iniciando un baile circular sin soltarse, girando y mirando las ramas
que parecían mezclarse con el cielo donde todavía brillaban algunas
estrellas trasnochadoras.
Siglos
después otra comitiva subía por el mismo barranco en el mismo frío
mes, esta vez presidida por un hombre vestido de azul con flechas y
yugos en su pecho, avanzaban entre los restos de un bosque de
laurisilva talado, arrasado por la codicia de quienes conquistaron
las islas para convertirlas en territorio para la esclavitud.
Nueve
falangistas rodeaban a tres hombres y a una mujer, los cuatro muy
jóvenes, con las manos atadas a la espalda con alambres, avanzaban
mientras les golpeaban y llegaron al mismo árbol que ya estaba seco,
sobreviviente de la tala, quizá muerto de tristeza al sentir como en
pocos años tras la invasión acabaron con la inmensa selva de
Doramas
(4).
Ya
la tierra no estaba mojada por el agua que caía de cada hoja,
de cada rama, la misma madrugada, el mismo padre Teide al otro lado
del mar, pero una brisa triste que calaba las almas de quienes iban a
ser asesinados.
El
falange Santiago Rosales ordenó a los detenidos Antonio Guzmán y
Manuel Izquierdo que abrieran la fosa donde iban a ser enterrados
tras la ejecución. Fabiola Aguiar y Lorenzo Travieso observaban
arrodillados, ambos bañados en sangre por las brutales torturas en
la sede de Falange del municipio de Galdar.
Los
dos hombres cavaban bajo la atenta mirada de los falangistas, Manuel
temblaba de frío por las heridas abiertas producidas por la pinga de
buey, casi no tenía fuerzas, pero seguía picando la arcillosa
tierra, el barro repleto de unas raíces gruesas y secas que casi
partían los palos de la asada en cada impacto:
-Aquí
hay un cráneo pequeñito mi amo- dijo el falange de Agaete, Esteban
Damaso, a su jefe Rosales.
Siguieron
cavando y allí estaba el cuerpecito del niño junto a un gánigo
(5)
y un circulo de piedras que lo rodeaban, pieles de baifo (6) y
varias figuras muy pequeñas de animales, tal vez juguetes, junto a
varias pintaderas
(7), en un espacio diminuto pero que parecía
desprender un halo de magia, una energía tan fuerte que los hombres dejaron de
remover la tierra, los falanges se quedaron paralizados ante la
imagen que surgió a menos de un metro bajo el inmenso tronco:
-Saquen
esa puta mierda- dijo Rosales, mientras apuraba el liquido del fondo
de la botella de ron de caña.
Nadie
se atrevía a tocar aquella especie de altar enterrado, un legado
ancestral, la cabecita que todavía con las cuencas de los ojos
vacíos parecía seguir mirando al infinito, como buscando más allá
de la Tierra alguna esperanza para su pueblo.
El
jefe falangista montó en cólera, se metió en la fosa y destrozó
el espacio sagrado, lanzó los huesos del bebé y las cerámicas ladera abajo,
ordenando a los reos que siguieran cavando, los hombres se negaron y
dejaron las herramientas en el suelo, Rosales sacó la pistola y
disparó sobre ambos en el pecho.
A
Fabiola y a Lorenzo los baleó en la nuca el falange de Las Palmas
Fernando Barber, los cuatro cuerpos quedaron en el suelo entre varios
charcos de sangre, un viento helado vino de la costa, en un instante
todo se volvió oscuro por unos nubarrones tan negros como el carbón,
una lluvia intensa de gotas muy gordas comenzó a caer sobre los republicanos asesinados, sobre el grupo de fascistas que
comenzaron a temblar de miedo.

Parecía
escucharse un canto más allá de aquella superficie para la muerte,
voces que parecían bailar entre el viento, alaridos de mujeres que
lloraban y que no se les veía, palabras pronunciadas en una lengua desconocida entre el vendaval que se llevó al grupo de hombres de
azul que corrían despavoridos, dejando allí a los muertos, a la muchacha que todavía tenía los ojos abiertos y miraba al cielo
oscuro.

(1) Mujer encargada de la educación de las maguadas y participante en algunos rituales mágico-religiosos, siendo una figura muy respetada en el seno de la sociedad prehispánica de Gran Canaria.
(2) Entidades mitológicas de los antiguos canarios.
(3) Posiblemente un ejemplar arbóreo de Ocotea Foetens, conocido como til o tilo.
(4) Nombre castellanizado de un guerrero canario que vivió a mediados del siglo XV y que fue uno de los líderes de la resistencia indígena en la isla de Gran Canaria.
(5) Conjunto de recipientes de arcilla moldeados a mano y sin torno que utilizaban los indígenas de las Islas Canarias.
(6) Cría de la cabra en la lengua de los indígenas canarios.
(7) Sellos de barro, algunos en madera, elaborados por los aborígenes de Gran Canaria con formas geométricas. 

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

El árbol santo Garoé (Isla de El Hierro)
Síguenos y comparte:
error12
Tweet 20
fb-share-icon20