29 septiembre 2020

El baile de las brujas

El
sabor de la carne del conejo asado estimulaba las glándulas salivales como un
manjar desconocido, varios días sin comer nada, hasta que lograron sacar con el
viejo hurón gallego al desgraciado roedor de la tubería. Los tres hombres,
Anastasio Vega, Rubén Bencomo y Pedro Cabrera, llevaban evadidos dos meses por
los montes cercanos a la Aldea de San Nicolás, Pino Gordo, Linagua, Tirma,
pinares frondosos, casi vírgenes con una orografía dificultosa para quien no
conociera el terreno. Tacho como le llamaban los amigos había trabajado en los
hornos de brea, conocía cada rincón perdido de aquella maraña de vegetación,
riscos, cuevas prehispánicas, agujeros volcánicos y acantilados inaccesibles
por las veredas de los antiguos indígenas.
Mientras
comían la baja temperatura de noviembre del 36 se hacía más soportable, la
pequeña hoguera nocturna los protegía de la exhaustiva vigilancia de los falanges
y la guardia civil. El olor de la pinocha y los piñones, la jugosa carne que
saboreaban como si hiciera siglos que no probaban bocado, solo frutos del
bosque, la leche de las cabras que el pastor de Tasarte, Pedro “El peso” les
dejaba bajo el peñón del barranquillo de La Perra, muy cerca del sagrado
bailadero donde no crecía la hierba, un suelo seco, endurecido, de color
azulado como la toba basáltica que originó el nacimiento de la eterna isla de
Tamarán.
Se
compartían cada trozo de carne de forma equitativa, los huesos que chupaban
hasta secarlos, mojaban los mendrugos de pan duro en la grasa que corría por la
madera de tea, no hablaban, sus ojos parecían mirar al infinito, al fuego de la
esperanza que les hacía viajar, volar a los tiempos de la infancia cuando sus
abuelas preparaban el caldo de cilantro, los sancochos en Semana Santa, la
tortas de carnaval en Cuaresma, siempre regadas con miel de palma, aquellos
años donde no imaginaban que el terrible monstruo los esperaba agazapado en la
otra esquina del invierno.
Más
abajo, por la carretera de Mogán pasaban los camiones cargados de hombres
detenidos, custodiados por falangistas armados hasta los dientes, seres sin
destino, cabizbajos, con el cuerpo destrozado por las brutales torturas, varias
mujeres aparte, con las manos atadas a la espalda, rapadas, los vestidos rotos,
el pecho fuera, violadas durante días en los centros de detención del Conde de
la Vega.
Desde
la intimidad del borde del gigantesco acantilado los tres hombres veían todo,
los viejos prismáticos del jovencísimo Rubén servían para avistar lo que les
esperaba si eran detenidos, la muerte segura, el maltrato, las vejaciones, la
desaparición en cualquier chimenea volcánica, pozos o ser enterrados tras el
tiro en la nuca en cualquier fosa común de aquella estremecedora frondosidad de
tierra fértil y pura, regada con la sangre de sus camaradas, sembrada de
semillas de dignidad, de ese coraje que solo puede proceder de seres nobles,
volcados en la invencible causa de la libertad y la justicia.
Terminaron
de comerse el exiguo conejo, se tumbaron junto al fuego, hacía mucho frío en
aquella altura, donde el viento y la tenebrosa niebla hacían vibrar cada rama,
un ruido fantasmagórico que arrulló el profundo sueño de unos jóvenes sin
esperanza, conscientes de que no tenían salida de aquel laberinto insular de
terror y genocidio.
Mientras
soñaban con el calor de sus camas, el amor de sus parejas, las noches de pasión
entre las bambalinas del misterio.
De
repente se escucharon unos pasos, alguien se acercaba lentamente,
sigilosamente, entre los pinos se divisaron unas sombras, los chicos no
escuchaban nada, acurrucados unos contra los otros, descansando de las
caminatas interminables.



En
ese instante el ruido de las pisadas se hizo más intenso, Pedro se despertó,
alzó la cabeza y vio a un grupo de mujeres, varias mayores, otras más jóvenes
que caminaban entre ellos casi sin mirarlos, avanzaban hacia la degollada de
Linagua lentamente, el muchacho no digo nada, solo miraba el deambular misterioso
hasta que desaparecieron en lo profundo del bosque. 

Supuesta Danza del arco de Balos

Tacho
se despertó, le preguntó a Rubén lo que pasaba, que porqué estaba incorporado
mirando la profundidad del pinar asombrado. El chico le dijo lo que había
visto, el grupo de mujeres. El hornero lo miró con una media sonrisa.
-No
te preocupes compadre, son las brujas, no hacen daño a nadie, vienen cada
noche, las he visto muchas veces, estaremos protegidos, mientras ellas estén
cerca.



Los
dos se quedaron en silencio, la noche estaba tan estrellada que parecían viajar
en una inmensa nave celestial con el techo de cristal, se durmieron de nuevo
mientras al otro lado, en la ladera del sur, sombras negras subían la montaña,
la oscuridad inundó el sueño y el latir de sus corazones libertarios.


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Bailaderos (Cabildo Insular GC)
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