27 noviembre 2020

El brillo del odio

El incendio
comenzó a extenderse a una velocidad endemoniada por la Degollada de Becerra,
subiendo hacia la Cruz de Tejeda, Dionisio y Luis veían como las llamas corrían
como venados huyendo de alguna bestia de colmillos gigantes, se internaron en
el bosque en dirección contraria al viento, la experiencia de Luis en el bosque
era un grado, decidieron avanzar hacia el pinar de Linagua, no se veía el cielo
de septiembre por la inmensa vegetación, pinos centenarios, algunos no podían
ser abrazados ni por veinte hombres, pinos viejos que había, vivido la
conquista castellana, la vida de los indígenas de Tamarán, los volcanes más
terribles que los hicieron resistentes al fuego siempre que no se quemaran sus
copas.

En aquella
soledad se podía escuchar el silencio, los dos hombres lo sentían, agotados por
las cuestas interminables de las montañas, se sentaban sobre la pinocha, no
hablaban, se escuchaba el graznido de los cuervos que parecían seguirlos
curiosos, alguna aguililla revoloteaba acechando a los lagartos, los picapinos
percusionaban los troncos secos, el olor a madera noble y flores de retama parecía
endulzar la angustiosa evasión, perseguidos durante meses, refugiados en la espesura
gracias a la tenacidad del joven leñador de Santa María de Guía.

Desde la
oscuridad enterrados en la vegetación veían las cuadrillas de falangistas y
guardias civiles rastreando como perros de presa, el brillo de las pistolas al
cinto, de los fusiles, de las insignias, yugos y flechas, mirando cada rincón,
cada piedra, cada cueva, cada hueco en la tierra seca de aquel verano terrible
del 37.

Arriba en
la cumbre se veían las llamas que arrasaban por todo, el olor a quemado, el
humo que subía hacia el cielo azul formando una especie de chimenea natural,
como si la tierra invocara al dios sol Magec, para que aquellos seres demoníacos
dejaran de torturar, de matar, de desaparecer, de generar un sufrimiento solo
comparable a los sangrientos años del exterminio indígena, cuando los hombres
de hierro entraron por la Playa de Triana y comenzaron la brutal invasión, la
guerra de resistencia que duró cinco años, hasta la derrota en la fortaleza de
Ansite, los suicidios tirándose por los riscos de quienes no querían perder la
esperanza y la libertad.

Dionisio y
Luis no querían perder sus jóvenes vidas, preferían seguir surcando los bosques
sin salida de aquel laberinto insular, beber la leche de las cabras guaniles,
la carne de los conejos que cazaban con sus rudimentarias trampas, los higos de
las viejas higueras abandonadas en las laderas del barranco de Guguy.

En un punto
concreto del pago de Pino Gordo se encontraron con un hombre acribillado a
balazos, en el bolsillo de la camisa llevaba el carné de la CNT, ni siquiera lo
habían enterrado en alguna de las miles de fosas comunes lo que era muy extraño,
era un señor mayor con un bigote blanco muy poblado, de más de sesenta años,
con el pecho ensangrentado y la boca abierta.

Avanzaron,
corrieron tratando de alejarse de aquella trampa mortal hasta que comenzaron
los disparos, las ráfagas de ametralladora, primero cayó Dionisio, luego Luis,
estaban rodeados por la camada de asesinos fascistas, los dos se arrastraron
heridos hacia el fondo del barranco donde divisaron una pequeña cascada, luego
vieron botas que los rodeaban, risas de los falanges que los interrogaron entre
patadas y culatazos durante varios minutos antes de dispararles en la nuca.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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