28 septiembre 2020

El circo de los tiros en la nuca

Los cinco hombres estaban en la pequeña celda del
cuartel de La Isleta, solo la brisa del mar entraba violentamente por la
ventana de rejas y movía la destrozada cortina, un trozo de bandera del
regimiento de artillería. Afuera se escuchaba el bullicio de los falanges que
venían como cada día a ver el “espectáculo” de los fusilamientos masivos,
aquellos muchachos de Telde se abrazaban los unos a los otros, Juan parecía
encabezar el inmenso manantial de sentimientos, ayudaba a que aquella tristeza
pareciera como un oasis de lucha guerrillera, la que imaginaron en cada huelga
contra los criminales terratenientes agrícolas, esos sueños se habían
extinguido aquella tarde, cuando el pelotón preparaba sus armas sobre aquella
lava apagada del volcán de La Isleta.

Afuera el olor a pólvora y sangre hacía presagiar
algo terrible, unos días antes habían asesinado a los cinco de San Lorenzo,
camaradas inolvidables en aquella alborada de una isla acribillada a balazos,
donde de repente todas las injusticias de siglos se juntaron, las de los
tiempos de la llamada “Conquista”, cuando hombres de armadura, barbas, cruces y
espadas exterminaron a los pueblos originarios, la esclavitud de cientos de
años, el hambre, las migraciones a territorio americano, el derecho de pernada,
los abusos de poder, hombres y mujeres arrojados al mar, a los pozos, a los
agujeros volcánicos por aquellos fascistas, los que tenían la misma mirada de
odio de los hombres que vinieron del otro lado del mar, las del presagio ancestral
de la mágica harimaguada conocida en Fuerteventura por Tibiabín.

Cuando los sacaron con las manos atadas a la espalda
los hicieron caminar por un sendero de picón, los cientos de falangistas y sus
familias los recibieron con insultos y silbidos, parecía el ruido atronador de
la luchadas en el Campo España, cuando el “Faro de Maspalomas” conseguía tumbar
a cualquier bregador.

Juan pidió tranquilidad a los compañeros que no
podían evitar venirse abajo y llorar como recién nacidos.

-Será solo un momento camaradas, no les demos el
gusto de morir como cobardes, arriba las cabezas, caemos por una causa
invencible.

En las laderas que rodeaban el lugar de ejecución
había banderas azules de la Falange, pancartas que decían ¡Arriba España! ¡Viva
Franco!, también caras conocidas, algunos hasta antiguos vecinos de los barrios
de Valsequillo, La Herradura y San Juan, gente ansiosa de más sangre, de celebrar
como seguían asesinando a lo mejor del pueblo canario.

Los muchachos que no superaban los veinticinco años
se colocaron en una sola línea, mirando los cañones del máuser desde donde
bramaría fuego, ninguno agachó la cabeza, Juan dio varios vivas a la República,
Generoso lanzó un grito casi inaudible honrando a la clase trabajadora.

Se hizo el silencio después del estruendo y las balas
que atravesaron aquellos cuerpos fuertes, ahora destrozados por las torturas de
meses, forjados con el duro trabajo de sol a sol en la haciendas de los
caciques que los habían condenado a muerte.

A los pocos segundos de caer al suelo el cura conocido como Don
Domingo Cúrvelo, hijo de Mariquita la de la tienda de “aceite y vinagre” de la
calle Faro, les dio la extremaunción, mientras les daba el tiro de gracia en la
nuca entre los vítores del público asistente, varios niños saltaban de alegría
arengados por sus madres vestidas de negro y crucifijos al cuello.

Allí quedaron los cinco entre varios charcos de
sangre antes de llevarlos a la fosa común del cementerio de Vegueta, los militares y falangistas se fueron a la cantina de oficiales donde
había preparado un tenderete con sancocho con papas y cherne, vino de El Monte
y ron aldeano.

El viento que venía de alta mar parecía jugar con
los pelos negros de los hombres asesinados, un águila ratonera elevó mucho el
vuelo, casi no se le veía en la lejanía de la altura, parecía contemplar la
soledad, la brutal desolación desde un cielo sin nubes de abril del 37.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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