6 diciembre 2020

El corazón del alba

En la hacienda de Don Pedro Rivero era obligado
tener un comportamiento impecable, el cacique le exigía trabajar de sol a sol,
limpiar de forma constante, preparar la comida, limpiarle el culo a su vieja madre
cuando se hacía sus necesidades, además de mantener relaciones sexuales con un
personaje que le resultaba repulsivo, sentía mucho asco, pero el viejo sabía cómo
chantajearla al ser un miembro destacado de Falange en Tamaraceite.

Desde un principio Manuela Travieso tuvo que acatar
las exigencias del cacique, su hermano estaba preso en el campo de
concentración y exterminio de El Lazareto en Gando, su militancia en el Frente
Popular tenía su vida constantemente pendida de un frágil hilo. El fascista
usaba ese argumento:

-O jodes conmigo o esta madrugada tu hermano Juanjo
desaparece para siempre.

La muchacha de no más de diecisiete años se dejaba
tocar por las manos pegajosas del amo, le levantaba el vestido, le chupaba los
pechos, hasta que la poseía durante horas sin que ella se inmutara, sin notar placer,
solo ganas de vomitar, asqueada de aquel personaje cuyo cuerpo olía a orines,
humedad y sudor, mezclado con un perfume caro que se le incrustaba en la piel y
aunque se bañara, se restregara con el estropajo de la loza, no había forma de
erradicarlo, de eliminar cualquier resquicio de aquellos momentos terribles, de
violencia extrema, cuando el fascista la violaba sin que sus lamentos y gritos
de dolor fueran escuchados por nadie.

Una mañana de abril se acercó al campo de exterminio
con su madre y su abuela, andando desde Tamaraceite hasta Telde, para luego
bajar la ladera hasta El Carrizal. Un militar de guardia les dijo que Juanjo ya
no estaba allí, al ver sus caras extrañadas, horrorizadas, les comentó que lo
habían soltado, que si no había vuelto a casa quizá se hubiera ido para
Venezuela como hacían tantos presos.

Las tres mujeres salieron desconcertadas, no entendían
nada, hasta que llegando a una pequeña tienda de aceite y vinagre en la dura subida
hacia Ingenio se les acercó un hombre mayor, los ojos llorosos, la cara muy
arrugada, muy flaco, con los brazos repletos de cicatrices.

-No digan nada mis hijas, yo estaba con Juanito en
el mismo barracón hasta hace dos semanas, me soltaron porque tengo Mal de San
Vito y ya estoy muerto, al chiquillo se lo llevaron para matarlo y
desaparecerlo, según le escuché al Capitán Samsó y al hijo del Conde de la Vega,
lo tiraron por la Mar Fea dentro de un saco con piedras dentro.

Las mujeres se abrazaron una a la otra, un abrazo
largo, un llanto silencioso para no levantar sospechas, pasaba una camioneta
cargada de falangistas que las miraba curiosos. El anciano se quedó quieto
azotado por el viento, la barba cana, el pelo blanco largo, que le llegaba por
los hombros, también por sus ojos brotaban lágrimas.

Manuela comenzó a vomitar y le dolía mucho el
vientre, la acostaron bajo una higuera centenaria, salía mucha sangre de su
vagina, un ser informe en la mano de su madre, una especie de monstruo de
reducidas dimensiones, caliente, inmóvil, pero que parecía observarlas.

La muchacha comenzó a aullar como un animal herido cuando vio lo que
hubiera sido su futuro bebé, los restos, lo que había quedado de los abusos de
Don Pedro el dueño de parte de las tierras de la Vega de San Lorenzo. Allí
mismo lo enterraron abriendo un agujerito en la base del tronco, donde manaba
agua grisácea y olía a romero.

Ya en Tamaraceite al día siguiente la chica no fue a
trabajar,
  a media mañana el
terrateniente mandó a Carlos Trujillo, su mayordomo y asistente, a buscarla, para
que se presentara urgentemente en su puesto de criada. El esbirro vestido de
Falange con correajes y pistola golpeaba la puerta, nadie respondió, solo Adita
la vecina le dijo que no había nadie, que se habían marchado aquella misma
madrugada, que llevaban muchos bultos de ropa y enseres hacia un destino
desconocido.

Esa misma tarde la joven Manuela veía perderse en el
horizonte su isla amada, como su madre y su abuela la despedían en el muelle
cuando partía destino a La Habana, a casa del padrino de bautizo, Cosme Tejera,
huyendo de la esclavitud sexual y el maltrato de aquel psicópata asesino.

El horizonte era rojo, la chica lloraba y sentía en
su pelo la brisa marina de la libertad desconocida, las pardelas parecían volar
acompañando el exiguo barco, se tocaba la barriga, le dolía en lo más adentro,
en las entrañas del sueño, allí donde jamás se olvida y se repara el corazón
del alba.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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