1 octubre 2020

El desahucio del amor

A la chiquilla no se le quitaba la tos desde que
vino el agente judicial con la notificación de desahucio, se le había
cronificado, una tos que no paraba en toda la noche, que la hacía llorar, que
la asfixiaba, teniendo Julia que tenerla en los brazos, abrazarla suave,
tranquilizarla en las madrugadas del dolor y la desesperación.

Guacimara solo tenía cuatro años, apenas había
tenido contacto con su padre cuando lo ingresaron en prisión por varias causas
pendientes, Ayoze estaba en el centro penitenciario de Juan Grande en Gran
Canaria con una condena indefinida, pendiente de más juicios por agresiones y
peleas, trapicheos de drogas en el barrio de Jinámar.

La tos no se quitaba, era imposible pararla, la casa
no se podía pagar, a la joven madre la habían parado de aquel trabajo de cajera
en el Hiperdino. En el Centro de Salud le habían mandado ya dos veces en un mes
antibióticos pero era imposible, no sanaba y aquella noche que
Ayoze estaba de permiso de fin de semana salieron hacia el Materno Infantil,
antes en el consultorio del barrio un médico cubano le había mandado un nuevo
jarabe que le hizo mal efecto, no paraba de vomitar, de gemir y casi había
perdido el conocimiento en el taxi en plena autopista del sur de la isla.

Nada más llegar los enfermeros la metieron en la
sala, solo pudo entrar su madre, allí le hicieron un lavado de estomago para
después entubarla, dejarla en una camilla en un espacio recóndito de aquel
espacio repleto de enfermitos

A las tres horas llamaron al padre por megafonía, el
hombre estaba sentado con la cabeza entre las rodillas, desesperado, sin saber
que pasaba dentro, la información era nula, no le daban datos en ventanilla, su
aspecto carcelario generaba rechazo en parte del personal sanitario que esa noche estaba de turno.

Ayoze entró taciturno, se equivocó de habitación
varias veces, hasta que una enfermera lo guió hasta la camilla. La niña estaba
consciente con un muñequito de Mickey abrazado, la madre con la cara
desencajada: “Parece que está mejor, fue el jarabe”, dijo. Los ojos de la niña
hablaban, sus labios resecos se abrieron: “¿Papi te vas a quedar conmigo, no te
vas a marchar?”.

El hombre llorando la abrazó: “¡Mi niña, mi amor, mi
tesoro!”, con las lagrimas cayéndole por aquel rostro moreno y curtido en mil
tristezas.

La chiquilla sonreía: “¿Jugamos un poco a los
animales?” “Tú haces con tu mano el perrito, yo soy la ratita del cuento”.

La felicidad inundaba el corazón de aquella pareja
destruida, la vida se llenaba de esperanza, los tres se quedaron tranquilos,
jugando entre risas silenciosas, los ojos de Julia brillaban más que nunca, el
resto no importaba, estaban juntos, se amaban como siempre, la lluvia caía
fuera en San Cristóbal, cantaros de agua corrían por el asfalto, barranqueras
hacia el cercano mar, ganas de desaparecer, de huir, no tener que entrar en la
cárcel el lunes a primera hora de la mañana, que el desahucio anunciado del
martes no se produjera, que la fantasía los enredara para siempre, los hiciera
volar entre nubes de algodón hacia la ansiada libertad.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Desahucio de Rufina en Cáceres sin ingresos y con seis hijos, el menor de un mes
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