25 septiembre 2020

El día de los muertos

Frasquita
González, salió con sus chiquillos aquel 1 de noviembre cuando todavía no había salido
el sol a buscar plastas de vaca en la montaña de San Gregorio,
caminaban por el camino viejo de San Lorenzo y se tropezaban con los
conejos que retozaban en sus lugares de encuentro, a los niños les
hacía mucha gracia, luego comenzaron a subir la pronunciada cuesta
entre los cardones y tabaibas.
Manolo,
José, Juan y Lola ayudaban a su madre, ninguno llevaba zapatos,
subían descalzos la empinada ladera, había que buscar mucho, el
hambre de los años 40 era brutal, los efectos de la guerra en la
península hacían que en la isla todo fuera desolación, no había
comida, las haciendas agrícolas estaban vigiladas por los sicarios
fascistas, los mismos que estaban asesinando de forma masiva a miles
de canarios, desde la misma noche del golpe de estado, el sábado 18
de julio del 36.
Bajando
del morro venía un grupo de falangistas que salían cada día para
tratar de cazar a los escasos rojos evadidos, el pelotón lo
encabezaba el miembro de Acción Ciudadana apellidado Penichet, el
resto eran jóvenes de Tamaraceite, San Lorenzo y Guanarteme, cuando
vieron a Frasquita con los niños hicieron una parada, el fascista se
le acercó y le dijo:
-Mucho
cuidado con lo que hacen estas son tierras del Conde y más tu que
eres una puta casada con un maricón comunista-
Frasquita
lo miró en silencio pero no agachó la cabeza a lo que el fascista
reaccionó con un fuerte golpe con la palma de la mano en la cara de
la mujer.
Los
chiquillos lloraban y se abrazaron a sus piernas, Penichet cruzó los
brazos con el máuser al hombro y un brazalete con el yugo y las
flechas en su brazo derecho:
-Ya
sabes bien que en esta tierra no tienen sitio las putas y bastardos
de los rojos separatistas, lo mejor que puedes hacer es coger un
barco y marcharte, aquí solo admitimos a gente de bien que respete
la inmensa misericordia de nuestro señor Jesucristo. No cabes ni tu
ni tu escoria de marido en la patria de la Santa Cruzada- exclamó en
una especie de arenga que retumbaba en el eco de la Barranquera
Honda.
La
mujer que tenía un labio roto del brutal golpe, por el que le
brotaba la sangre por su barbilla y cuello se mantuvo entera, solo
consolaba a los chiquillos y les tapaba los ojos para que no vieran
al energúmeno plantado en medio del sendero:
-Parece
mentira que nuestras familias se conozcan de toda la vida en nuestro
pueblo y tu nos hagas esto a una mujer y a unos niños indefensos que
no te han hecho ningún daño- le dijo Frasquita mirándolo a los
ojos y sin flaquear ante las amenazas del criminal:
Vayámonos
Pepe, déjala ya , no vez que los chiquillos están viendo todo- le
dijo Santiago Bravo, uno de los falangistas, en el momento en que
Penichet ya estaba sacando la pistola para disparar sobre la mujer y
los niños.
Enfundó
la Astra en su cartuchera mirando a Frasquita con unos ojos de odio
que le penetraron el alma:
-Ya
te cogeré hija de puta, ya te cogeré, te voy a mandar la polla
antes de matarte y cortarte a cachos perra asquerosa- gritó el jefe
con las venas hinchadas en su cuello.
La
mujer recogió el saco con las escasas bostas y con sus hijos
agarrados a su falda negra bajó la montaña, no miró para atrás,
llegó a temer que les dispararan por la espalda, como ya era
habitual en aplicación de la siniestra “Ley de fugas”, pero no
se escuchó más que las maldiciones de Penichet que resonaban a lo
lejos, las palabras de Bravo que parecía estar agarrándolo.

Llegaron
a la humilde casita-cueva de Tamaraceite y quemaron la bosta seca para
preparar un caldo de cilantro, con solo dos papas para cinco
comensales, unas pencas de tunera cortadas en trocitos y un tomate
podrido que encontraron por el camino, luego se acostaron en el
colchón de paja, los niños y la niña se le abrazaron por todo su
cuerpo, los tranquilizó hasta que pararon de llorar y se durmieron
en un sueño que pareció como un viaje, un vuelo de paloma herida
hacia el territorio remoto de la paz y la querencia.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao «O paraiso feixista»
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