30 septiembre 2020
Cuando se
tropezó en la Avenida de Las Canteras con el jefe falangista apellidado Samper
la piel se le erizó, el viejo lo miró y trato de agachar las cabeza, llevaba
gafas negras, chaqueta y corbata y el grasiento pelo peinado hacia atrás con
gomina, Manuel Romero lo miró fijamente, no le quitaba la vista y el fascista
acompañado por su nieto de unos quince años, se fue hacia la valla del paseo,
se le notaba el corazón acelerado y la cara pálida:

-¿Abuelo
que te pasa? Dijo el muchacho al ver el rostro amarillento de su abuelo.

Por la
mente de Manuel pasaron en unos segundos como una película a la velocidad de la
luz miles de escenas, las mujeres atadas en la lúgubre habitación del centro de
detención de la calle Luis Antúnez, sus piernas abiertas, encadenadas por donde
iban pasando los falanges, guardias civiles y curas uno a uno para violarlas,
muchachas muy jóvenes hijas y nietas de los asesinados y desaparecidos, incluso
niñas menores de diez años, la fila de fascistas borrachos solía ser
interminable, Samper dirigía según decía entre chascarrillos “la sección
femenina del centro de tortura”.

Romero fue
testigo de todo tras pasar quince días colgado por las muñecas en el techo del
siniestro recinto entre golpes, patadas y corriente eléctrica en sus genitales,
nunca supo como pudo resistir aquello, el no haber muerto como cientos de sus
compañeros que no pudieron aguantar las terribles aberraciones.

Recordó en
aquellos minutos mientras el falangista Samper parecía intentar coger aire
mirando el mar de la Playa de Las Canteras las mujeres que llegaban en los
coches negros, atadas con las manos a la espalda, el recibimiento por parte de
los jefes falangistas que consistía en desnudarlas a golpes, destrozarle los
vestidos y atarlas en “los colchones del folleteo”, como solían llamarle
aquellas bestias inmundas a ese espacio del horror.

El fascista
se sentó en un banco del paseo con el nieto, el muchacho le daba aire con un
pañuelo, parecía que le faltaba aire, sus 92 años no le ayudaban y el parkinson
le agudizaba los temblores.

Manuel se les
acercó pausadamente:

-¿Necesita
algo jefe? Le dijo con una media sonrisa.

El nieto lo
miró, tenía ese aspecto de los niños ricos, rubio, ojos azules, seguramente
hijo de los muchos niños y niñas que Samper robó en el hospital de San Martín
de Las Palmas, el viejo seguía con la cabeza agachada, Manuel no le quitaba la
vista:

-¿Te
acuerdas asesino de todo el daño que hiciste?

Samper no
levantaba la vista en su crisis nerviosa.

Manuel
Romero recordó cuando lo descolgaron tras las dos semanas de torturas y estuvo
dormido sobre un saco de plátanos tres días seguidos agonizando, como al
recuperarse le encargaron durante un año entero de la limpieza de la sangre,
las vísceras, los orines y excrementos de las cámaras de tortura.

En ese
tiempo recibía ordenes de Samper, de Eufemiano Fuentes, de Rubio Guerra, de
varios de los hermanos Rosales, los hermanos Padrón N. y de otros jefes falangistas, los que se
encargaban de la masacre en el inmundo edificio junto a la Playa de Las
Canteras.

Como
limpiador obligado sopena de ser asesinado vio de todo, las brutales
aberraciones, a quienes ahorcaron, a quienes colgaron por los ojos en los
afilados anzuelos gigantes colgados del techo, las violaciones múltiples de
mujeres de todas las edades, las torturas infantiles delante de madres y padres
detenidos para que cantaran, para que viendo sufrir a sus hijos delataran a los
compañeros escondidos en cualquier punto de la isla.

Manuel le
puso la mano en el hombro a Samper:

-Mírame
hombre, no voy a hacerte nada, solo quiero que sepas que estoy vivo y que jamás
te perdonaré-

El nieto y
el viejo partieron hacia la calle Padre Cueto, se adentraron en el laberinto de
gente que iba y venía de la playa, Manuel se quedó en el paseo mirándolos,
contemplando el ocaso de uno de los mayores asesinos que había conocido.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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