1 octubre 2020

El escarnio de las amantes en Semana Santa

-¡Caminen
putas marimachas! ¡Rojas de mierda! –Bramaba el jefe requeté, Sebastián Jiménez
Sánchez mientras llevaban a las dos muchachas rapadas, encadenadas por el
cuello, destrozadas por la tortura y la violación múltiple al pozo de la finca
de Los Betancores en Los Giles-

Las
sacaron a golpes de la cama esa madrugada cuando dormían abrazadas en su
humilde casita de la abuela Matilde en La Milagrosa, tras el chivatazo del cura
de Tenoya a los falangistas de que “vivían en pecado y eran afiliadas a la CNT”,
fue un lunes muy lluvioso, olía a tierra mojadas y a tabaco Virginio.

Rosa
y María del Pino no imaginaron jamás que se verían en aquella situación, solo
tenían el carné de un sindicato, nunca habían estado en manifestaciones o
huelgas, solo se afiliaron para que defendieran sus derechos como aparceras en
los tomateros de aquellos caciques, los que después del sábado 18 de julio del
36 habían puesto sus propiedades y personal al servicio de los fascistas.

Veían
como iban desapareciendo a cientos de compañeros, como el rugido de los camiones
se escuchaba en las horas nocturnas, el sonido de los pasos de las botas
militares, los gritos de quienes eran sacados de sus casas a patadas y
culatazos, por eso, por precaución, se encerraron en aquel refugio que les
prestaba la anciana abuela de Pino, solo salían para tomar el sol cuando sus últimos
rayos inundaban aquel paraje arbolado, perdido entre las montañas de los Altos
de San Lorenzo.

Amasaban
el gofio cada noche con leche de cabra o hacían queso tierno para acompañar el
potaje hecho con los berros de la galería de agua que venía de Ariñez, un líquido
frío que parecía aliviar las penas, remozar el alma en aquellos momentos tan
tristes, donde parecía que todo el universo libertario se venía abajo, que las
esperanzas de un futuro mejor se habían convertido en negros presagios de
sangre y muerte.

La
mañana del 15 de marzo habían fallecido de tuberculosis las dos niñas pequeñas
de los Viera, por eso aparecieron subiendo la cuesta los monaguillos de
Tamaraceite junto al viejo y seboso cura tenoyero, parecía un desfile del
terror, olía a sahumerio y sintieron la mirada inquisidora del sacerdote con el
sucio bonete en su cabeza sudorosa, la sotana negra como el color de los
cuervos más siniestros, una de las viejas que atendía la ermita de la virgen
del pueblo le había dicho que “estaban juntas”, que “no eran familia” y “dormían
en la misma cama”.

Ante
el pozo de la finca de “Las máquinas” el conocido como “Verdugo de Tenoya” las
seguía golpeando con la pinga de buey, el esbirro de los terratenientes obedecía
ordenes del que llamaban “Don Ezequiel”, en el centro de detención ilegal de la
calle Luis Antúnez ya les habían hecho de todo, la soldadesca de falangistas,
guardias civiles y requetés hicieron el trabajo sucio con aquellas casi niñas
que no pasaban de 19 años, era lo habitual con las mujeres más jóvenes, la
violación como instrumento de alienación y humillación.

Con
las manos atadas a la espalda primero tiraron a Rosa ante los gritos de su
amada, esperaron un buen rato para disfrutar de los alaridos de dolor de Pino,
los fascistas brindaban con las botellas de ron de caña.

-Malditos
cobardes asesinos. –Balbuceó Pino en el momento en que los hombres de azul la
alzaban para lanzarla violentamente al vacío-

En
lo profundo se escuchó el chasquido del agua, tardó en llegar al fondo, luego
el silencio y la lenta retirada de los hombres satisfechos, a pocos kilómetros
en Tenoya el cura se acababa de despertar para comenzar los preparativos de una
nueva Semana Santa a mediados del 37.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Mujeres presas rapadas por los franquistas revisadas por un cura
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