25 septiembre 2020

El exilio de los sueños

Los dos jóvenes subieron presurosos al barco con destino
a Venezuela, el miedo los tenía atenazados tras las horas de espera, fueron varios
días con sus noches escondidos entre los bultos del muelle de Las Palmas. Sintieron
una enorme sensación de alivio cuando vieron que el velero de vapor se alejaba
de la costa, dejando atrás el amado litoral isleño, adentrándose en el inmenso
Atlántico, entre niebla y lluvia de un triste octubre, huyendo de una muerte
segura, forjando una nueva esperanza al otro lado del mundo.

Nicolás Medina, y Fulgencio Álvarez no se lo creían,
había sido muy difícil burlar todos los controles, la vigilancia permanente de
los falangistas y militares en cada rincón de Gran Canaria. Aquellos tres años
escondidos entre los montes de Galdar, Artenara, Tamadaba, Inagua…, alimentándose
de lo que podían, de la leche que los pastores de Juncalillo les dejaban a
escondidas, oculta en ganigos de barro entre las retamas, en cada cueva por
donde pasaban, durmiendo de día y moviéndose de noche, el gofio amasado de millo era su única fuente de
alimentación, algún queso tierno, mucho dolor, demasiadas penurias en aquellos
calurosos meses de agosto y septiembre del 36.

Fue el mismo 18 de julio cuando comenzaron las detenciones,
los coches y camiones de uniformados recorrían cada municipio, desde San
Lorenzo a La Aldea de San Nicolás, Mogán, San Bartolomé de Tirajana, Aguimes,
Telde, Ingenio, no quedaba ni un espacio sin revisar, encerrando a miles de
hombres y mujeres, asesinando, torturando, desapareciendo, simplemente por
pertenecer a cualquier organización anarquista, comunista, socialista, por
defender la democracia y la legítima República.

Fulgencio, de apenas 24 años, miembro de Partido
Comunista y de la Federación Obrera, estudiante de derecho en la Universidad de
La Laguna, respiraba hondo, suspiraba tranquilo cuando la isla se perdía en el
horizonte, en el momento en que las olas de alta mar amenazaban aquel viejo cascarón
repleto de pasajeros, comentaba con Nicolás lo terrible que hubiera sido que
los hubieran capturado, la acertada decisión de no esperar como hicieron otros,
esperanzados en que el golpe de estado no fuera tan cruel.

La dificultad de sobrevivir una persecución en un
territorio tan limitado, tan controlado por una oligarquía sin escrúpulos para
asesinar, violar, saquear, destruir, una patronal, caciques y terratenientes, que
habían elaborado meses antes del alzamiento cientos de listas de las personas
que había que detener y represaliar, una estrategia pormenorizada de quienes
serían asesinados, encarcelados, las propiedades que se quedarían, el reparto
de un pastel de muerte, todo tipo de crímenes horrendos, en unas islas que
nunca habían vivido una represión tan fuerte, comparable a la que llevaron a
cabo los conquistadores castellanos con el antiguo pueblo indígena.

Nicolás, también muy joven, no pasaba de 22 años,
jornalero, anarquista de la CNT, estudiante de inglés en sus horas libres, jugador
de fútbol, incansable lector y defensor de las personas desfavorecidas, le
contaba a Fulgencio que los días previos al golpe una energía negra inundaba
las calles, que se presentía que algo terrible iba a suceder, que jamás pensó
que fuera algo de tanta magnitud, no lo imaginaba, decía, mientras se comían el
trozo de pan y queso bajo una de las barcas salvavidas, apenas tuvo tiempo de
despedirse de Luisa Macías, la joven de Acusa Seca que trabajaba limpiando la
casa de un terrateniente en el Valle de San Pedro.

Fue todo tan rápido, tanta sangre derramada, tantos
compañeros asesinados por el terror fascista, la información sesgada que les
llegaba cuando lograban hablar con algún pastor, que les decía a quien se
habían llevado, a quienes habían desaparecido, los lugares de la muerte: La
Sima de Jinámar, la Mar Fea, los pozos de Arucas y Tenoya, los masivos
fusilamientos en el campo de tiro de La Isleta.

Esos datos estremecedores les generaban más miedo,
les hacían tomar más precauciones, ese fue el momento en que decidieron caminar
de noche, no encender fuego aunque hiciera frio, alejarse de cualquier grupo de
casas, adentrarse en aquellos inmensos y mágicos pinares, orientándose por las
estrellas, tratando de buscar el momento, el instante adecuado, para que ese
barco los sacara de aquella isla, de aquel archipiélago desgraciado, arrasado,
en manos de brutales seres sanguinarios.

En medio de aquel océano ya casi oscurecía, los dos
hombres miraban el horizonte, no se veía tierra, solo un cielo rojo, el sol que
casi se ocultaba, las mantas viejas les protegían de aquel viento helado, los
dos se quedaron callados, a pocos metros se apreciaba el movimiento del mar,
una ballena con su cría avanzaba lenta hacia otra migración, los hombres no
dijeron nada, los ojos humedecidos, pensamientos innombrables, solo el silencio
abrazó cada instante de aquella noche interminable.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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