1 octubre 2020

El exilio y el vuelo de los sueños

Carlos Martín, “El canario”, el exiliado, estaba
encerrado en una pequeña celda, demasiado estrecha, sucia y pestilente,
encadenado a la pared, con el sueño inundado de sus propias defecaciones y
orines. En el centro de detención clandestino de Buenos Aires, “Garaje Olimpo”,
no había lugar para esperanza de salir con vida, lo sabía, por eso trataba de
que su mente navegara, cuando no lo torturaban, a sus islas amadas al otro lado
del océano, hacia su adorada madre, Carmelita Fumero, ya fallecida en aquel
pueblito del norte de Tenerife. Lo detuvieron en la oficina de la universidad,
era enero de 1977, cuando mantenía una reunión con varios profesores y dos
alumnas de la Facultad de Medicina. Se los llevaron a todos en varias
furgonetas militares, los golpearon salvajemente en el hall de entrada,
mientras el alumnado miraba atónito como se llevaban con las manos atadas a sus
profesores, a sus jóvenes compañeras Silvina Moldavia y María Inés Ambrosetti.

Aquellos años de la huída cuando comenzaron a
detener masivamente a todo el mundo en La Palma, en Tenerife, en La Gomera…, a sus
compañeros de la Universidad de La Laguna, tantos amigos y amigas de aquella
lucha por la libertad, la brutal represión que asesinó a miles de personas en
toda Canarias, orquestada por la oligarquía, por la Iglesia Católica, por los
sectores más reaccionarios de la desgraciada colonia española, personajes que
jamás perdonarían a quienes contribuyeron a la construcción de la República, a
la esperanza de los pueblos, de aquel humilde pueblito donde el drago milenario
aún seguía vivo, resistiendo los embates brutales del tiempo. El mismo árbol
gigante que vio la sanguinaria conquista, la de las espadas, las cruces, el genocidio
sobre el pueblo indígena, el mismo ser casi eterno, florido, amante del sol y
de la inmensa lluvia de invierno, veía ahora la misma represión, el mismo odio
contra quienes solo querían vivir con dignidad, disfrutar de aquel pedazo de
tierra mágica en medio del Atlántico.

Los guardias vinieron de nuevo, en el resto del
Garaje Olimpo reinaba el terror, los gemidos, los llantos, los gritos de dolor,
el sonido eléctrico de la “picana”, los chillidos de las ratas para las vaginas
de las mujeres prisioneras, todo tipo de técnicas atroces de tortura que los
militares argentinos aprendieron de la dictadura española, los cursillos en El
Escorial en los 60, en la Dirección General de Seguridad en Madrid antes del
golpe de estado del 76.

“Levántese doctorcito”, dijo “El ruso”, Julián
Vasíliev, el conocido brigadier y torturador del taller nacido en Rosario. Carlos
lo miró, era consciente que por sus heridas, la deshidratación por la falta de
agua y comida, que no le quedaba mucho tiempo: “¿Vienes de nuevo a maltratarme?
No tienes cojones boludo para soltarme las cadenas hijoeputa”.

Se lo llevaron a la sala de tortura, ya no le
preguntaban nada, lo sabían todo sin que el canario hablara nada, torturaban
por torturar, por dañar, ejerciendo el siniestro arte del represor, siguiendo
la consigna de la Junta Militar: “Asesinar, desaparecer, no dejar resto de las
hordas marxistas y anarquistas en todo el territorio nacional”.

A lo lejos, quizá en la sala de las mujeres, alguien
escuchaba un partido de fútbol por radio, la clasificación para el mundial del
78, la gloriosa forma de celebrar que más de 300 personas estaban siendo
torturadas, asesinadas, conducidas a una situación extrema de dolor y sufrimiento.

Lo colgaron de boca, las piernas ensangrentadas
apretadas por la cadena, el hierro candente por el ano, los golpes, las
patadas, los insultos y vejaciones. Carlos escuchaba sobre todo las chillidos
de las mujeres mientras la violaban, le pareció la voz de sus alumnas de menos
de 20 años, las delegadas estudiantiles del sindicato, las combativas
chiquillas que vinieron de Tucumán a estudiar medicina, las mismas pibas a las
que les contaba como era su tierra, aquellas islas perdidas tan cerca del Sahara,
del brazo de mar que une los continentes del dolor y la penuria.

De repente se escuchó bullicio en los pasillos, la
voz de Tabaré Camacho Pastorino, el Mayor de infantería que venía varios días a
la semana a dirigir las torturas en el viejo taller clandestino: “Hay que sacar
otra remesa, 20 más, el avión espera, apúrense”.

“El ruso” paró, bajaron a Carlos, casi no podía
mantenerse en pie, lo sacaron al pasillo, allí estaban las dos niñas, el resto
de profesores, compañeros de la facultad, varios obreros de más de 60 años, una
joven con aspecto extranjero, rubia, con la sangre cayéndole por los muslos,
varias personas más al fondo de la oscuridad del pasillo a las que no pudo ver
las caras.

Camacho habló con voz solemne: “Vamos a llevarles a
otro centro de detención, tómense las pastillas con el vaso de agua, el viaje
será largo hasta La Plata, es bueno que descansen en el camión”. Carlos Martín
por su experiencia médica vio que eran sedantes, se los tomó junto al resto,
mientras un oficial los inyectaba con una jeringuilla. El viaje fue corto hasta
el aeródromo, no más de dos horas, allí como zombis los bajaron, atados con las
manos atadas a la espalda los subieron al viejo avión. El médico canario sabía
lo que pasaría, las niñas lo miraban asustadas desde los asientos de enfrente,
una cabina sin butacas, fría como las noches de invierno en Buenos Aires.

Sobre La Plata a la media hora de vuelo los
militares abrieron las puertas, el aire frio congelaba los recuerdos, casi
todos estaban semidormidos, Carlos se mantenía despierto, lo veía todo,
recordaba el vino de Tacoronte, las tardes de fiesta con sus compañeros de
clase en La Laguna, María José, el amor de su vida, la muchacha de Candelaria,
la que lo enamoró para siempre hasta el momento de la huída en el barco venezolano,
las noches de fiesta, los paseos abrazados por la ciudad colonial, los besos
salados en la clandestinidad del bosque de sauces. Todo eran recuerdos mientras
iban tirando del avión uno a uno a sus compañeros, a las compañeras, a los
camaradas del partido, a los profesores, en un ejercicio pormenorizado de
crueldad los milicos se reían, se burlaban de una situación dantesca, del vuelo
de los héroes y heroínas hacia el abismo.

Carlos cayó con dignidad, estremecido por los
recuerdos de su amada tierra isleña, su madre aparecía en cada paso que daba
por el habitáculo de hierro, sabía que no habría nada más allá de aquella
cabina repleta de sangre. Su vuelo en la oscuridad fue uno más de los miles,
abajo el inmenso rio de los sueños, la fraterna esperanza de la memoria
perseguida cuyo cementerio es el olvido.


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