28 septiembre 2020

El guardián de la memoria

-Que
bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas, debajo de esas dos
cejas, que bonitos ojos tienes, ellos me quieren mirar, ellos me
quieren mirar, pero si tu no los dejas ni siquiera parpadear…-
Cantaba Manuel López en los escasos momentos de tranquilidad del
campo de concentración de Gando.

El
resto de compañeros lo acompañaban haciendo palmas con sus manos
desnutridas, casi huesos, triste canción entre la desolación de
aquel espacio para la tortura y el exterminio, entre ellos Roberto
Rubio, abogado tinerfeño que llevaba internado cinco años.

El
letrado socialista y miembro de la UGT, había visto sacar a cientos
de hombres que nunca volvió a ver, se los llevaban de madrugada,
cuando llegaban los coches y los camiones de las Brigadas del
Amanecer, grupos de falangistas, en su mayoría miembros de la
oligarquía isleña, acompañados de siniestros sicarios que les
hacían el trabajo sucio de torturar y asesinar.

En
una libreta pequeña que llevaba escondida en sus genitales anotaba
los nombres de los que sacaban, eran muchos hombres de todas las
edades, de todas las profesiones, jornaleros, albañiles, maestros,
médicos, funcionarios, oficinistas, deportistas de renombre, sobre
todo del fútbol y la lucha canaria.

Allí
no había restricción desde el día que los trajeron a todos desde
el campo de La Isleta, en aquel terrible viaje por barco bordeando la
isla durante tres horas, las horrendas condiciones en las bodegas del
correillo, más de dos mil hombres hacinados, encadenados, otros
atados con las manos a la espalda, los vómitos por los mareos, las
heces provocadas por el miedo a la muerte en una diarrea constante,
el pestilente olor que todavía tenía metido en lo más profundo de
sus narices.

A
Roberto le partieron el tabique nasal cuando se llevaron al doctor
Monasterio y se quejó al teniente Lázaro, la amistad que los unía
era muy grande, sabía que si se lo llevaban a la península lo iban
a matar con total seguridad, el largo abrazo de los dos en la entrada
del cuarto barracón, los golpes de los cabos de vara, de los
falanges, para disolver el pequeño conato de cariño hacia el
conocido como “médico de los pobres”.

No
se supo nunca quien trajo aquella guitarra española que tocaba el
rubio López entonando sus boleros, tangos y canciones canarias, el
caso es que de alguna forma casi mágica allí estaba el instrumento,
que sonaba en los momentos más tristes, entre el hambre, las
epidemias, la muerte, los malos tratos, la comida en mal estado, las
ratas gigantes, las cucarachas y las pésimas condiciones higiénicas.

Entre
aquel horror siempre había un espacio para la música, para las
inolvidables letras que les recordaban a los presos aquellos tiempos
del amor, de la libertad, de la República, de la esperanza de un
mundo mejor:

-Adiós
muchachos, compañeros de mi vida, Barra querida de aquellos tiempos-
sonaba en el rincón oscuro, allí donde casi nunca llegaban los
verdugos, donde iban a morir los enfermos sin que les siguieran
pegando con las varas de acebuche, con la pingas de buey, con las
porras de madera de los guardias del campo. Allí podían sonar en
los pocos instantes de descanso las canciones de Manolo “El
isletero”, siempre risueño que levantaba la moral de los camaradas
encarcelados.

Una
tarde de lluvia, después de los trabajo forzados, el jefe falangista apellidado
Cambreleng de Berlaimont lo vio anotando en su libreta, Roberto no
tuvo tiempo de deshacerse de ella y el fascista se la arrebató,
dándole un fuerte golpe en la cabeza con una barra de hierro, el
cacique pidió que lo ataran al palo de la bandera entre varios
uniformados, la libreta pasó de mano en mano por todos los mandos
del campo, que vieron el peligro que suponía que se supiera a
cuantos hombres habían desaparecido por toda la isla, una lista
interminable donde estaba reflejado el día, la hora en que se los
llevaban, la procedencia de cada uno, su lugar de nacimiento, su
profesión, la organización política o sindical a la que
pertenecían, incluso los nombres de los que integraban la brigada de
asesinos de cada una de las madrugadas.

Al
día siguiente, cuando el resto de compañeros salieron a las seis de
la mañana a picar piedra en la cantera junto a la playa, Roberto ya
no estaba, todos miraron la base del palo de la bandera rojigualda
con el aguilucho fascista, el abogado había desaparecido, por un
momento los hombres pararon mientras los cabos de vara los seguían
golpeando, no se movieron durante unos treinta segundos, como
paralizados, congelados, a pesar la violencia inusitada de los
sicarios, era su pequeño homenaje a un hombre bueno, al guardián de
la memoria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Campo de concentración de El Lazareto de Gando (Gran Canaria)
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