26 octubre 2020

El hombre de barro

La
madrugada se enredaba con sus fragancias por el camino viejo de San Lorenzo, a
esas horas tempranas parecía como si el tiempo estuviera estancado, los minutos
pasaban mucho mas lentos en el mítico deambular de Santiago Cubas Tejera hacia
ninguna parte, solo tratando de no ser también detenido como el resto de sus compañeros
de Tamaraceite.
Los
estanques formaban toda una red lagos artificiales con una estructura de
cantoneras, acequias, tuberías, bombas de agua, que conformaban un espacio
repleto de vegetación que las aves utilizaban como refugio, además de lugar
para depositar sus huevos y criar.
Eso lo
aprovechaba el fugitivo de los fascistas para rectar como una serpiente sin
hacer ruido, había aprendido a escurrirse sin que se moviera una rama, de
repente se encontraba con un nido de fochas comunes y los poyuelos se le
quedaban mirando, no reaccionaban, parecían conocerlo y que solidariamente no
piaran para evitar delatarlo de la búsqueda de la turba asesina.
Santiago
sabía que estaban matando en toda la isla, lo escuchaba desde sus silencios
entre la maleza en las conversaciones de los caminantes, la gente hablaba en
muy baja voz, casi un susurro:
-Anoche se
llevaron a 30 de La Montañeta, vino el camión de los betancores con quince falangistas,
a sus esposas les dicen que no saben donde están, que los llevaron al centro de
detención y tortura de la calle Luis Antúnez, que allí estuvieron varios días y
que los soltaron un día indeterminado- dijo una pareja de ancianos que se
desplazaba andando a la misa San Lorenzo un domingo a las seis de la mañana.
La vida de
Cubas era monótona, ya se sentía un animal más en las charcas de barro
construidas por niños esclavos en el siglo XVII, conocía cada rincón, la
fisonomía del terreno, cada refugio, hasta debajo de la tierra solía meterse en
los momentos duros en las tuberías interminables, toda una red, un laberinto
que cualquier persona hubiera sido incapaz de sobrevivir y encontrar la salida,
dentro se encontraba con lagartos canariones, los más grandes, que también lo
miraban a los ojos que le brillaban, se quedaban quietos, a veces les
acariciaba el lomo y los reptiles se quedaban quietos, como que le gustaban las
caricias del hombre de barro.
Tenía todo
el cuerpo cubierto de la arcilla expansiva que le servía para que la treintena
de pequeños embalses no se vaciaran del agua de la lluvia que venía de las
montañas, eso lo camuflaba y podía estar quieto sobre una ladera y los
falangistas no lo detectaran, era parte del paisaje, casi imposible de
identificar, a pesar de que los sediciosos sabían que andaba por el antiguo
valle de Atamarazayt.
Aprendió a
dormir dos o tres horas cada día, de noche salía a recorrer el paraje, le
encantaba ver jugar a los conejos, en el lugar que elegían para retozar,
defecar, hacer el amor, saltar con el rabo entre las patas, Santiago se reía en
silencio a pocos metros de aquellos animales tan graciosos que ya también lo
conocían y no se asustaban de su presencia.
En invierno
se alegraba con la llegada de las aves migratorias que venían del norte de
Europa, las garzas reales majestuosas, la garcetas, algún martín pescador, el ánade
rabudo, el pato cuchara, la cerceta común, el ánade real, el porrón moñudo, la
cerceta pardilla, el tarro canelo, el zampullín cuellinegro…, todas iban
apareciendo desde el cielo a principios de noviembre con las primeras lluvias,
menos las nidificantes que vivían con Santiago en la pequeña selva de juncos,
tarajales, acebuches, guaydiles, palmeras canarias…
El hombre
de barro un día desapareció, nadie lo volvió a ver, aunque hay gente que dice que
a veces 80 años después lo sienten escurrirse entre la maleza, incluso
zambullirse hasta el fondo de la única charca que queda con agua en un paisaje
desolado, repleto de basura, destrozado, deseado por la mafia de la construcción,
por sus políticos amaestrados con los mismos apellidos de los asesinos
franquistas, expertos en robar y tramitar licencias ilícitas de urbanización a
cambio de sobres y maletines.

Cuando se
visita la zona se percibe su presencia, parece que te mira tierno desde su invisibilidad,
como si aún buscara el mundo nuevo desde la resistencia inmortal.
http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Espacio natural de los Estanques de barro de San Lorenzo (Gran Canaria)
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