25 septiembre 2020

El invierno más negro

El
teniente Otto ordenó en su español rudimentario golpear a los presos que
acababan de traer del norte de la isla, las buenas relaciones de los golpistas
españoles con los nazis hicieron llegar a cada punto del estado a mandos del ejército
de Hitler, pocos años antes de la Segunda Guerra Mundial.

En
el grupo de reos iba Raimundo Carrasco, trabajador de correos en Las Palmas
natural de Lorca (Murcia), casado con Remedios Noguera, costurera del barrio de
San José.

El
hombre sintió los golpes en su cuello y espalda que le propinaban los “Cabos de
vara”, presos vendidos a los fascistas que en su afán de agradar a sus “amos”
podían ser mucho más crueles que los propios falangistas.

Notó
que la sangre le corría por sus nalgas y muslos, golpes secos en aquella
madrugada del 37 en el campo de exterminio de El Lazareto en Gando, guardaba
silencio, no quería darle el gusto a aquellos asesinos de verlo quejarse, se
refugiaba en un rincón de su mente en los buenos recuerdos, como el hermoso día
de septiembre cuando conoció a Remedios en la fiesta de Teror, arropados por
las parrandas de los devotos a la Virgen de El Pino. Le venía el sabor de los
besos clandestinos cuando la visitaba en su casa en las laderas cerca de la
Batería de San Juan, aprovechando los momentos en que el hermanito de la chica
se despistaba desenvolviendo los papeles de los pegajosos caramelos de
chocolate y nata.

El
alemán lanzaba maldiciones y arengas en aquel idioma ininteligible, mezclaba
las blasfemias en castellano y en su propia lengua materna, los verdugos parecían
entender la intensidad que debían mantener en cada golpe, en cada latigazo con
las pingas de buey o las varas de azebuche.

Raimundo
levantó la cabeza unos segundos y vio a sus compañeros destrozados en el suelo,
algunos ya no respiraban, otros gemían de dolor, las lágrimas parecían
mezclarse con la sangre que inundaba el suelo del patio de armas, un espacio lúgubre
y sucio, desde donde se escuchaba el sonido de algún avión militar que
aterrizaba en su llegada desde el Sahara Occidental.

El
militar nazi se fijó en que no se quejaba y se le acercó, le agarro por los
pelos de la nuca y le dijo algo con su cara desencajada de odio, “parecía un
perro ladrando contagiado de rabia”, pensó el joven murciano, que solo se le
quedó mirando debilitado por el efecto de las graves heridas, la piel
desgajada, la carne que ya parecía adaptarse a cada golpe, como si siempre
hubiera estado allí detenido, como si nunca hubiera existido otra vida más allá
de las alambradas del campo de concentración.

Observó
el pelo rubio del teutón, las dos medallas en su pecho, una con forma de cruz
deformada, “gamada”, le había dicho el anciano profesor Reyes, la misma tarde
que lo asesinaron de un tiro en la nuca cuando se negó a golpear a otro
prisionero.

El
alemán le pareció muy joven, casi un niño, pero le llamó la atención la forma
marcial de moverse, que en ningún momento perdiera la compostura ante la
dantesca escena de sus compañeros muertos, de su propio cuerpo destrozado y su
mirada desafiante ante la barbarie ilimitada.

Sacó
del cinto su pistola y se la metió en la boca, notó el cañón frío, el daño que
le hacía en su garganta, que le asfixiaba y le generaba aquella tos hasta que
salió el vomito y el teniente comenzó a darle patadas en su estómago
enrabietado, muy molesto porque le había manchado los pantalones de sangre y
restos de comida, apenas unos mendrugos con agua sucia que le habían dado la
noche antes de comenzar la matanza.

El
joven anarquista no tuvo tiempo de más, sintió como lo inundaba la oscuridad y el sueño,
se dejó marchar y en un instante parecía que no existía el dolor, una especie
de placer infantil parecía recorrerle la piel cada centímetro, como cuando la
abuelita Frasca lo acogía en sus brazos en las noches veraniegas de la ciudad
barroca, allí en los Altos del Guadalentín, unos años donde nadie era capaz de
barruntar el invierno más negro, el túnel sin salida del infame genocidio.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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