29 noviembre 2020

El líquido veneno

Dijo Santiago a los ojos brillantes de Jane, que si
no hubiera dejado de amar a Teresa, Lucía no hubiera nacido, que si aquella
noche de lluvia no hubiera partido llorando por la playa desierta, invadida por
las olas más terribles, seguramente Nereida no hubiera conocido en el rastro
del puente a Pablo, del que años después tuvo a Carito, el niño dorado de la
selva encantada.

Escuchaba a Lennon tanto tiempo después de su muerte,
en su exilio interior no dejaba de recordar cómo empezó todo, que la vida no
es más que un sortilegio de sueños, una enredadera de sentimientos, tenues,
abrazados al recuerdo de los viejos amores. Jane, Teresa, Lucía, Nereida, la
madeja infinita del destino, acorralada bajo el manto color ceniza, el olor de
las flores.

Los tiempos terribles de la dictadura, cuando todos
se marcharon y lo dejaron solo, la brutal tortura de la esperanza, el instante
preciso en que la perdió para siempre, allí refugiada, escondida en la isla
encantada, la que libraba del dolor y las duras sesiones de los verdugos.

Jamás se arrepintió de no haber dicho nada, ellas
los sabían, prefirió dejarlo todo, no escapar, afrontar la muerte y los
afilados fuegos de la corriente, la que recorrió su frágil cuerpo en el centro
de detención, donde los años y el tiempo dejaron de existir, el liquido veneno
del silencio, la arrolladora claridad en los ojos limpios de la mujer de sus
sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pintura de Mario Albarracín (Tucumán, Argentina)
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