2 octubre 2020

El partisano de la memoria

El jodido ictus le había borrado lo más íntimo de su
memoria partisana, aquella parte heroica de cuando “El canario” galopaba entre
los tanques nazis con los bolsillos de la raída chaqueta repletos de granadas.
Parecía un leopardo indomable con su gorra y su barba cana, corriendo ágil, a
una velocidad imposible de descifrar por los genocidas, aquellos fascistas que
saltaban en pedazos entre la metralla y las humaredas de las calles rojas de
sangre del bulevar parisino.

Le costaba recuperar el movimiento de la parte
izquierda de su cuerpo, postrado en su cama en el sur de Tenerife, recordaba
aquellos años de lucha por la libertad, donde junto a sus camaradas fueron
capaces de arrinconar nada menos que a los ejércitos de Hitler en la Francia
ocupada.

Allí en Las Galletas el olor del mar inundaba la
blanca habitación, las sabanas frescas que cada día cambiaba la joven y bella
Rocío, con la que mantenía conversaciones interminables sobre lo divino y lo humano,
mientras recuperaba la entonación de su voz, la precisa colocación de sus
labios y su lengua en cada palabra, tras el huracán de coágulos que destrozaron
la parte más racional de su cerebro.

Miguel miraba por la ventana y pensaba en cuando decidió
desaparecer sin honores ni medallas tras la operación en la batalla de las
Ardenas, meses después de entrar victoriosos en Paris junto a La Nueve en
agosto de 1944, liberando Francia de la “escoria nazi” como la llamaban entre
sus compañeros libertarios.

El sueño guerrillero de volver a España para tumbar
al franquismo se vio truncado, desilusionado y muy decepcionado después de
haber dado lo mejor de su vida, de haber luchado heroicamente, para que luego
los aliados le dieran la espalda y se negaran a ayudar a su país, arrodillar al
fascismo español, liberar a tantos compañeros presos, torturados y asesinados
durante la sangrienta dictadura.

Sabía que todo el mundo lo daba por muerto, era
dulce esa sensación, como un cosquilleo agradable en la mente infinita de un
anarquista, aquel que solo quería seguir viviendo en libertad los años que le
quedaban en la Tierra.

Después de la visita y la charla interminable aquel
sábado de abril fue el último que lo vimos, supimos meses después que había
partido solo hacia la isla de La Palma, ahí se perdió la pista para siempre,
quizá se disolviera como la niebla del atardecer entre los bosques infinitos,
rememorando entre la brisa las sonrisas, los rostros de la esperanza.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Despedida de la madre del hijo partisano (Unión Soviética)
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