3 diciembre 2020

El polvo y la sangre

Esteban Guerra, jamás imaginó que el pueblo de
Puntallana, en la isla de La Palma, se llenaría de asesinos vestidos de azul. Traían
varios camiones con los cuerpos de los guerrilleros muertos, acribillados a
balazos. Pronto comenzarían el resto de las ejecuciones. El falangista Francisco
De Lugo esperaba las órdenes del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife,
María Mercedes, lloraba en la pequeña buhardilla el momento de la muerte de su
marido, el inminente estallido final de la esperanza.

La movilización de fascistas por la isla era masiva,
el cañonero Canalejas vino de Gran Canaria cargado de militares y falangistas,
el objetivo era claro, acabar con la resistencia palmera, el incipiente maquis
alzado en los montes de la isla desde Fuencaliente a Garafía, la buena gente
que no quería que se impusiera el régimen del crimen, que acabaran de un
plumazo con aquella República de la esperanza, de los derechos sociales, de la
prosperidad de los sectores más desfavorecidos de la población, de la educación
gratuita, de la incorporación de la mujer, de la igualdad y el progreso.

No les costó mucho, eran muy superiores en número y
armamento, solo algunas incursiones en la complicada orografía de la isla
contra aquellos guerrilleros heroicos, avanzando hacia un punto sin retorno,
sin posibilidad de huída, solo luchar hasta la muerte por la libertad y la
democracia, por los chiquillos y chiquillas harapientos/as, pero las muertes
llegaban, hombres fuertes, musculosos por las duras tareas de sus explotados
trabajos, caían atravesados por las balas, la laurisilva se tiñó de sangre,
sangre joven, sangre brava, la sangre de la gente de bien, la que lucha por la
fraternidad y la ternura de los pueblos.

María Mercedes, la maestra de Los Llanos, la joven y
dulce anarquista casada con el abogado libertario grancanario, Ernesto Luján,
el defensor de las causas nobles, el que no cobraba las minutas de las personas
humildes, las que llegaban a su despacho de la Calle Real con el alma rota,
víctimas de las injusticias de una oligarquía corrupta, terratenientes sin
escrúpulos que ejercían el derecho de pernada, que explotaban en condiciones de
semiesclavitud a miles de obreros/as de aquella hermosa isla, casi un paraíso
natural en medio del dolor y la brutal represión.

El capitán Soria ordenó entre arengas incrementar
las incursiones por aquellas montañas repletas de bosques milenarios, de
dragos, pinos canarios, palmeras y retamas, quería acabar cuanto antes, disparar
sobre cualquiera que no vistiera de azul. El viejo y cojo militar vino de Gran
Canaria, vecino de Telde, conocido cacique del sureste de la isla redonda, tomó
los galones de Franco en el primer minuto del alzamiento, participó junto a la
Iglesia Católica en la elaboración de las listas negras, las que pusieron
nombre a las miles de personas asesinadas desde que estalló el golpe de estado
de 1936.

La pobre María escondida en la casa de la calle Miraflores,
donde vivían las dos primas monjas, vio desde la ventana como traían atado con
las manos a la espalda a su Ernesto, la cara ensangrentada, cicatrices, los
labios partidos, la ropa impregnada de sangre mientras el teniente Manrique de
Lara lo golpeaba con la pinga de buey, hasta colocarlos a todos en fila de uno
en la explanada frente a la iglesia, la vieja plaza colonial, donde todo el
mundo creía que se iba a producir el fusilamiento de los insurgentes, pero no
sucedió nada, solo los fueron distribuyendo entre camiones y coches, sacándolos
del pueblo con destino a los lugares más apartado de la isla, donde los
asesinarían ese mismo día para luego desaparecerlos.

No se atrevían a fusilar en público –Por lo que
pudiera pasar en el futuro –dijo el Coronel Hermoso, el tinerfeño de buena
familia, conocido por los maltratos a los reclutas, el que asesinó de una
patada en la cabeza al soldado Pedro Martín en Santa Cruz de Tenerife.

Al mismo tiempo que se llevaban a los hombres para
asesinarlos, recorrían cada rincón de Puntallana buscando nuevos soldados,
campesinos humildes, analfabetos, que reclutaban para embarcarlos hacia la
península para combatir en la guerra civil. Pueblo por pueblo se llevaron a
cientos de hombres sin ninguna alternativa –O te alistas o te quitamos la vida.
-Llevándose a tantos jóvenes que ni siquiera apoyaban las ideas de esta banda
de asesinos.

María no dijo nada, solo miraba el andar triste de
su compañero, pasándole por la mente todos aquellos bellos momentos, cuando se
conocieron en la Asamblea tabaquera de Él Paso, como se enamoraron en pocas
horas, desde que lo escuchó hablar con aquel acento canario de las injusticias,
de la necesidad de cambiarlo todo. -Son ellos o nosotros –le dijo –Luchemos
hasta el final, no hay otra salida.

La niña le daba pataditas en el vientre, quizá sus
lagrimas también la hacían vibrar en aquella placentera oscuridad. Allí se
quedó por cinco años, escondida por las piadosas hermanas, la monjas de La
Caridad, las que nunca entendieron sus ideas, pero si supieron que si la
abandonaban la matarían nada más capturarla.

La madrugada del 15 de enero de 1941 embarcó en el
viejo barco para Venezuela, Rodrigo Acosta, la llevó escondida en la parte
trasera de la camioneta entre cajas de plátanos, luego el barco comenzó a
alejarse de las costas, salió a cubierta bañada en aquel sudor frío, el mismo
del momento de la partida de su Ernesto a ese lugar indefinido, cualquier fosa
común, la frialdad del fondo del mar, una sima volcánica, cualquier espacio de
tristeza, donde los huesos de lo que más amaba en el mundo reposaban. Margarita
la miró –Mamá que bonito es el mar, mira allí se ven varios delfines. -María
Mercedes la abrazó, no dijo nada, se quedaron las dos varias horas mirando como
la islita se perdía en el horizonte más infinito del amor eterno.


Los heroicos «alzados» de La Palma en defensa de la República y la libertad
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