30 septiembre 2020

El pozo de la lluvia incandescente

Juana
Montenegro llegó al centro comercial Los Alisios en Tamaraceite
media perdida, no encontraba la salida ni la entrada, solo luces,
música, glamour, chicas muy guapas con minifaldas en patines, mucha
gente joven recorriendo cada rincón, riendo, muchachas y muchachos
con los pelos de colores, familias enteras de tienda en tienda, otras
haciendo cola en el gigantesco multicine, la mujer vecina del barrio
de Casa Ayala iba del brazo de su marido Antonio Alcántara,
que tenía algo de demencia senil, había momentos que estaba lucido
y otros en que se desconcertaba, no sabía dónde estaba, incluso a
veces no conocía a sus nietas.
La
pareja recorrió gran parte del nuevo templo del consumo auspiciado
por políticos del ayuntamiento de Las Palmas, por constructores
“amigos” de quienes recalífican suelo agrícola de alta
protección, para todo tipo de pelotazos a cambio de maletines y
sobres repletos de billetes.
Se
encontraron con un seguritas, un tipo gordo y sudoroso de las multi
empresas del presidente del equipo de fútbol más importante de la
isla, un cacique también antiguo vecino de Tamaraceite, muy conocido
por ciertas “actividades” muy mal vistas por las vecinas y
vecinos del pueblo desde que era muy joven, cuando se le veía cada día
aparcando coches a cambio de alguna moneda en la entrada del
Polideportivo junto a los Institutos de Secundaria.
El
guarda se les quedó mirando medio asombrado, percibió su
desconcierto, que no venían a comprar, que buscaban sin encontrar,
como dos gnomos salidos de un cuento entre la decoración navideña y
la molesta estridencia de los villancicos:
-Quiero
hablar con el encargado de este lugar por favor- dijo Juana que era
muy bajita, con su pelo blanco y un luto ancestral, que parecía ya
parte de la piel de su alma.
El
segurita la miró un rato y no sabía que decirle hasta que se
decidió:
-Vengan
conmigo, acompáñenme, les acerco a las oficinas y quizá allí
puedan ayudarles-
Subieron
por las escaleras mecánicas, Juana agarrada del brazo del guardia en
su otro brazo Antonio que miraba al suelo, nunca había usado esa
tecnología, en su pueblito bastaba con acercarse a la tienda de
aceite y vinagre de Mariquita para comprar la comida del día, el
champú, los productos de limpieza, hasta alguna botellita de vino
tinto para su querido Toño.
Estuvieron
más de media hora en una inmensa sala de espera con sillones
enormes, de esos que te sientas y parece que te engullen, Antonio
miraba al vacío, Juana a las chicas que pasaban con su tacones imposibles, eran muy altas, con
peinados muy extraños, las faldas muy cortas, algunas con escotes
tan pronunciados que pensó que casi era mejor que no llevaran nada,
la mayoría no saludaban, los ignoraban, otras, las menos los miraban
con desdén o con alguna una sonrisa por ver seres tan pintorescos en
medio de aquel espacio para la codicia y la falsedad.
Hombres
trajeados con teléfonos permanentemente pegados a sus oídos
caminando de un lado a otro, parecían malhumorados, miraban con
odio, les recordó a los falangistas que se llevaron a su padre y a
su tío el 9 de octubre de 1936 de su casita de Tinoca.
Al
rato vino un hombre de unos cuarenta años con un chaleco amarillo
fluorescente y una camisa verde con corbata azul, les preguntó que
deseaban con un gesto muy serio, casi despectivo, Juanita se levantó
como pudo, el sillón la absorbía, Antonio la ayudó, el se quedó
sentado no podía levantarse:
-Mire
señor hemos venido porque ustedes han construido este edificio sobre
un pozo donde está enterrado mi padre, nos avisó ayer la nuera de
Chanita y no entendemos como no nos consultaron, teníamos la
esperanza de que los de la memoria histórica algún día nos
ayudaran a recuperar sus restos y los de cinco compañeros más del
Partido Comunista, los que también están tirados como perros en ese
agujero del crimen, a mi tío lo arrojaron en el pozo de Tenoya y ya
el Cabildo ha sacado quince de los cuerpos- dijo la anciana con una
voz tan suave y dulce pero que no cambió la cara de piedra congelada
del ejecutivo que la miraba desconcertado.
-Señora
esta construcción se ha ejecutado con total legalidad, con el
respaldo del ayuntamiento capitalino, de su alcalde, de su concejal
de urbanismo, sin ningún voto en contra, ni siquiera de Podemos que
siempre suelen estar jodiendo cualquier proyecto urbanístico, hubo
un periodo de alegaciones, se indemnizó a las familias propietarias
de los terrenos, así que haya lo que haya en ese supuesto pozo que
usted dice no hay nada que hacer. Además no entiendo como vienen
aquí a molestar y a remover mierda de algo que sucedió hace ochenta
años, si no se han enterado estamos en una democracia, así que les
ruego que abandonen esta oficina y dejen de estar jodiendo a quienes
hacemos nuestro trabajo por el bien de la sociedad, generando puestos
de trabajo y progreso para esta isla- acabó el enchaquetado con
acento peninsular y un tono muy enfadado, dándoles la espalda
bruscamente y llamando por una emisora a seguridad.
Juanita
ayudó a Antonio a salir del sillón donde estaba casi enterrado, le
costó trabajo levantarlo, el viejo ya tenía problemas de movilidad,
se quedaron allí los dos un rato sin saber que hacer, adonde acudir,
hasta que llegó el mismo segurita que parecía compadecerlos al ver
la cara de la señora que lloraba en silencio.
Los
acompañó a la salida, esta vez por los ascensores panorámicos
donde se veía la multitud, todo aquel espacio para el negocio y el
mercadeo, los dejó en la puerta y se fueron andando, desolados,
tristes hacia Tamaraceite, por una calles infectadas de coches y
atascos, mucho humo y ruido:

-Vamos
mi niño, al menos sabemos que están ahí enterraditos, quizá bajo
aquel parquito donde los niños saltaban en los castillos hinchables,
vamos pa casa, camina tranquilito, cogemos la guagua frente a la casa
de Fefita.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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