26 noviembre 2020

El rastro de la sangre

La pobre Pilar bajó presurosa la cuesta del barrio
de San Juan y ya sabía que habían fusilado a su marido Pablo, iba directa al
cementerio de Las Palmas con la esperanza de llegar a tiempo para ver el
cadáver antes de que lo arrojaran a la fosa común, la habían avisado de que el “camión
de la carne” ya salía del campo de tiro de La Isleta cargado de hombres
asesinados, dejando un reguero de sangre por toda la calle Faro, avanzando por
Triana mientras todo el mundo veía el liquido rojo como una especie de marca,
de señal de que lo más siniestro y brutal de la especie humana ahora tomaba las
riendas del poder, seres sin escrúpulos para asesinar masivamente, para
destruir la esperanza de todo un pueblo.

En la entrada del recinto mortuorio estaba la
guardia civil y numerosos falangistas armados hasta los dientes custodiando la
entrada, Pilar dijo que era la mujer de Pablo Martel, uno de los sindicalistas
fusilados hacía solo unas pocas horas, que quería ver su cuerpo antes de que lo
enterraran. Uno de los guardias muy alto y gordo con acento penínsular la
increpó algo que no entendió, ella siguió insistiendo y uno de los falangistas
la golpeó por la espalda en la cabeza con la pistola, al momento todo se le
oscureció, notó el golpazo, la sangre que salía a borbotones, mientras en el
suelo era golpeada por el obeso miembro de la benemérita con una vara de
acebuche.

En la acera de enfrente otras familias miraban
asombradas, todas esperaban ver llegar
  a
sus muertos, una señora de Tamaraceite comenzó a insultar al guardia, a pedir a
gritos por su marido también fusilado,
 siendo
detenida de forma inmediata, introducida en un coche negro con dos hombres bien
vestidos dentro, arrancando a toda velocidad hacia un destino desconocido.

Pilar desde el suelo no sabía que harían con ella,
observaba todo, las manos atadas a la espalda con la soga de pitera, la ropa
destrozada, tirada boca abajo sobre un charco de su propia sangre vio la
llegada del camión, como iba dejando la estela roja y brillante, 50 cuerpos
dentro amontonados unos sobre otros, un fuerte olor a muerte que inundó al
instante el barrio de Vegueta, las familias no se atrevían a decir nada, solo
miraban desde la otra acera, oteaban esperanzadas con ver un rostro conocido entre
los muertos, encontrar al ser querido, la posibilidad de despedirlo, al menos
con una mirada clandestina, antes de que lo enterraran para siempre bajo la
tierra salada al lado de la playa.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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