3 diciembre 2020

El rumor de suplicios indefinibles

Los
niños no dejaban de llorar, mientras abajo en el calabozo de Tamaraceite
apaleaban a sus padres. Eran golpes secos, gemidos sordos, algo así como voces
muertas hacía siglos, lamentos de años y luces, el fragor lejano de aquel
universo olvidado por el Dios de los sicarios.

Los
falangistas y miembros de Acción Ciudadana habían detenido a medio pueblo,
hombres y mujeres comprometidos con la República, con aquella legalidad
constitucional ahora cercenada, pisoteada, vejada por aquellos seres sin escrúpulos
para matar y torturar. Pancho, Manuel, Antonio, Rosa, Matilde, Matías, Juan el
alcalde y muchos más estaban detenidos, encerrados en los sótanos de la Casa
Consistorial convertido en centro de tortura, desde allí les sacaban cada noche
para golpearles en los inmensos descampados de Los Giles, en los tomateros de
los Betancores, donde el verdugo de Tenoya destrozaba sus cuerpos con la pinga
de buey bajo la atenta mirada de los terratenientes, de los guardias civiles y
curas de Arucas, Moya y Firgas, que se unían a la fiesta de la sangre, donde
las botellas de ron del charco y de caña dulce pasaban de mano en mano entre
los asesinos, que gozaban viendo sufrir aquellos hombres, violando a las
mujeres luchadoras, las que habían liderado las luchas contra la explotación
obrera durante los últimos años antes del golpe de estado fascista del 36.

Dieguito,
Carmita, Luiso, Estani, Tomasa, Laurita, Antoñillo, escuchaban en la carretera
general los golpes, los gritos de los hombres y mujeres encarcelados en lo que
fue hasta hacía unos día la casa del pueblo, el lugar donde resolver los
problemas administrativos, donde pedir consejo para cultivar las tierras,
asesoramiento sobre la Reforma Agraria, las clases de alfabetización, salud
comunitaria, igualdad de género, derechos civiles. Un espacio de luz y color
reconvertido en recinto de la sangre, el dolor y la muerte.

Los
chiquillos veían entrar y salir a los requetés, falangistas, policías de tricornio
con los uniformes manchados de la sangre de sus padres y madres, como entraban
cajas de ron y cerveza, cherne guisado, papas sancochadas con mojo para la
celebración en el viejo patio central junto a los despachos de los concejales
republicanos condenados a muerte, la oficina de Carlos Mortes Rufino, el funcionario
catalán encargado del fomento del empleo en el municipio de San Lorenzo, hombre
de bien casado con en Tamaraceite con una vecina de La Montañeta, desaparecido
a los pocos días del alzamiento, arrojado vivo como otros miles a la Sima de
Jinámar.

Niños y niñas que se aciago día no jugaban, seguían apostados enfrente del recinto, del
frontis repleto de banderas fascistas, pintadas con Vivas a Franco, a la Santa Cruzada,
mientras abajo los hombres y mujeres sufrían las vejaciones. A Rosa y Carmen se
las llevaron en un coche negro al centro de detención y violación de mujeres en
la finca de la marquesa de la ciudad de la piedra de cantería, allá en el
norte, donde serían víctimas de las violaciones colectivas de la soldadesca, de
los falanges, que no tenían otra forma, aparte de matar, de desfogar su odio y
satisfacer sus instintos criminales.

En ese agosto, de calor marino, los chiquillos no jugaron al tejo, a reconca,
al trompo, a la cogida, al espadeo con tablas de madera, solo miraban con los
ojos abiertos, escuchaban cuando el grito sonaba a la voz de sus amados
progenitores. La calle era un hervidero, decenas de niños pequeños y grandes,
niñas descalzas, desarrapadas, morenas como tizones, despeinadas, desnutridas,
niños altos y bajos, sufriendo por primera vez en sus vidas el azote de una
tristeza de la que jamás podrían librarse, incrustada en sus corazones puros
para siempre.

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Franco en coche descubierto atraviesa Santa Cruz de Tenerife en 
1950./ FOTO ANTONIO BENÍTEZ (AFHC-FEDAC)
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